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VIAJAR

 

 

 

 

Por Sergio Fernández López

 

Nunca el ser humano [sobre todo el occidental, claro] ha viajado tanto como ahora, sin embargo los diferentes rincones de nuestro mundo nunca se han parecido tanto entre sí. Es paradójico que ahora, cuando quizá las diferencias esenciales entre los diferentes lugares del planeta sean menores, sea cuando más se viaje. Resulta difícil encontrar sitios diferentes con modus vivendi diferentes y los lugares que son diferentes pronto empiezan a ser iguales gracias precisamente a su condición de diferentes.

Pero no importa; ahora ya no se viaja, ahora se hace turismo. Y con este cambio los valores del viajero han acabado siendo el bosquejo invisible y lamentable de lo que fueron, de lo que para algunos todavía, menos mal, siguen siendo. Y así frente a la emoción que al viajero le genera el hablar con los habitantes coetáneos del destino que visita, el turista se emplea en hacer fotos con desmedida fruición totémica, convirtiendo a las fotografías en fetiches con y de los que presumir delante de sus compañeros de tribu de regreso a su pálida rutina. Frente a la incertidumbre [con la que el viajero se siente siempre tan a gusto] de no saber dónde ni con quién va dormir la noche que ya está acechando, el turista necesita no sólo saber cuál es su habitáculo de pernocta sino tenerlo contratado con un par de meses de antelación. Mientras el viajero se deleita conociendo los encantos y leyendas de sus visitados, el turista mira acríticamente abstrusas representaciones de estíos artísticos que ni comprende ni quiere llegar a interiorizar. La diferencia entre el viajero y el turista es casi una cuestión de amor a la vida, de planteamiento vital; el que acepta su entorno sin interpretarlo poco o nada le importará que le digan en una viaje programado dónde y cuándo tiene que tomar la foto, máxime si así se evita la siempre pringosa tarea de tener que escoger uno mismo sus propios itinerarios.

No es ningún secreto que ya no se viaja para conocer personas, ni para compartir nuestra idiosincrasia, ni para ver cómo huelen las calles o las tiendas de comestibles de allá. No, ahora lo importante es comprobar, casi con pasión policíaca, que las imágenes de la enciclopedia de casa tienen efectivamente un referente en la realidad, y ratificar así la sospecha de que aquellas son un reflejo de un edificio que existe en otro lugar, y cuyo valor se incrementa de manera exponencial a medida que su ubicación dista más de nuestro lugar de residencia habitual.

Mientras el viajero es capaz de admirarse ante la manera de interpretar la vida que tiene el otro, el turista lo único que hace es comparar grotescamente las ausencias que con respecto a su entorno tiene su nuevo y temporal paradero, en un desmedido acto de faloccidentacentrismo cultural.

Así que algo que en principio es enriquecedor, se ha desnaturalizado y se ha acabado convirtiendo simplemente en un negocio más que, y de rebote, se convierte en un fascinante modo de invasión cultural y de ratificación, para los menos avezados, de que, tal y como ya pensaban antes, su parte del globo es la mejor.

 

Pero para el viajero, que no sólo busca rellenar momentos apolíneos de piedras, lienzos o monumentos, viajar siempre será un placer que, convertido en medio, lo empleará para conocer y enseñar, para compartir, para charlar. Y es que a lo mejor resulta que la actitud al viajar es simplemente una prolongación de la vida cotidiana porque el que es viajero, como el que es turista o como el que es joven, lo es toda su vida. Yo planteo la necesidad de ser viajeros permanentes en nuestra diareidad y no dejar de sentirnos asombrados ni un sólo día por nuestra ciudad, por nuestro entorno, por nuestra vida. Aunque en la vida no de tiempo a ser poco más que un viajero aficionado deberíamos aficionarnos a gozar nuestros días con la actitud del viajero. La existencia es mucho más jugosa si nos atrevemos a planteamos rigurosamente la necesidad, la obligación de sacarle todo el jugo a lo cotidiano, y para ello una actitud maravillosa es la de ser viajeros en todo momento y adoptar en todos los momentos de nuestra vida esa predisposición favorable tan propia del viajero. Y atrevernos entonces a ponerle cencerro no sólo a los grandes momentos sino a todos los minutos.

 

Resulta que en este momento donde los resquicios para la diferencia son cada vez más raquíticos y la globalización se impone, donde el mundo va siendo progresivamente más uniforme, el turismo no deja de ser uno de los sectores económicos que más aumenta su negocio año tras año. Como si a medida que nos fuésemos pareciendo más, a medida que nuestras poluciones intelectuales se fueran dirigiendo hacia las mismas metas y a los mismos objetos, el afán por emular a Marco Polo más nos inquietara a todos, sedientos insaciables por conocer otras latitudes que, irónicamente, se diferencian menos cada vez.

Y en el momento en que eso ocurra, en que la catástrofe se haga verdad y vida y las diferencias entre unos lugares del mundo y otros se parezcan tanto que visitar se limite tan sólo a verificar que efectivamente el planeta se ciñe a ser una limitada colección de diferentes interpretaciones de lo mismo, en ese momento el turista será feliz, porque ya no tendrá que enfadarse; en todos los hoteles del mundo podrá saborear muy de temprano su desayuno continental viendo la Mtv antes de regresar a casa en su clase turista. Sin embargo, en este contexto en el que la similitud adquiere condición de irrevocable, una actitud cobra fuerza para el turista y es la de valorar las cada vez más pequeñas diferencias como enormes. Sólo se puede aceptar el turismo como medio de ver algo diferente a lo cotidiano si aceptamos como punto de partida que las pequeñas diferencias son importantes.

Así que tendremos que acabar por aceptar que no viajamos para ver aspectos diferentes sino simplemente para contemplar con ojos sicalípticos venerables monumentos.

Y es precisamente bajo este planteamiento de viajes prefabricados de aventuras garantizadas bajo el cual viajar pierde todo sentido ya que si lo que andamos buscando cuando viajamos no son monumentos sino una especie de esencia de lo humano lo cierto es que la podemos encontrar en cualquier pueblo del globo sin necesidad de tener que padecer un suculento jet—lang. Máxime cuando adoptamos la actitud a la que antes hacia alusión de tener el coraje de ser viajeros todos los días de nuestra vida. Sin embargo me temo que cuando viajamos lo que estamos haciendo no es buscar una suerte de esencia humana [si es que en algún momento podemos dejar de hacerlo] sino que más bien lo que estamos es satisfaciendo una curiosidad que le impele al humano a querer saber más, más y mejor. O bien, por el contrario, quizá hacer turismo no sea más que una muestra más de consumo ostentoso propiciado por una sociedad en la que el consumo de productos o servicios va en detrimento del consumo de símbolos, consumo éste donde se desenvuelve tan bien hacer turismo puesto que se convierte en un excelente modo de demostrar ante los demás que la capacidad económica del que hace turismo es elevada ya que se permite ausentarse del trabajo por largo tiempo, gastando además ingentes sumas en algo tan superfluo, en una primera aproximación, como es visitar otras coordenadas espaciales. Se convierte así el turismo en un modo de consumo ostentoso y simbólico.

 

No seré yo, sin embargo quien deje de viajar siempre que pueda ya que creo que es una de las mejores fuentes no ya de conocimiento sino de sabiduría que uno puede llegar a encontrar, y eso se agradece en estos tiempos que corren en los que el conocimiento ha desbordado a la sabiduría. Aunque lo haré escapando, eso sí, de esos viajes turistas sin creatividad que parecen humillante burocracia . Al fin y al cabo, de amar y andar salen los libros.