Nunca el
ser humano [sobre todo el occidental, claro] ha viajado tanto como ahora, sin embargo los
diferentes rincones de nuestro mundo nunca se han parecido tanto entre sí. Es paradójico
que ahora, cuando quizá las diferencias esenciales entre los diferentes lugares del
planeta sean menores, sea cuando más se viaje. Resulta difícil encontrar sitios
diferentes con modus vivendi diferentes y los lugares que son diferentes pronto empiezan a
ser iguales gracias precisamente a su condición de diferentes.
Pero no importa; ahora ya no se viaja,
ahora se hace turismo. Y con este cambio los valores del viajero han acabado siendo el
bosquejo invisible y lamentable de lo que fueron, de lo que para algunos todavía, menos
mal, siguen siendo. Y así frente a la emoción que al viajero le genera el hablar con los
habitantes coetáneos del destino que visita, el turista se emplea en hacer fotos con
desmedida fruición totémica, convirtiendo a las fotografías en fetiches con y de los
que presumir delante de sus compañeros de tribu de regreso a su pálida rutina. Frente a
la incertidumbre [con la que el viajero se siente siempre tan a gusto] de no saber dónde
ni con quién va dormir la noche que ya está acechando, el turista necesita no sólo
saber cuál es su habitáculo de pernocta sino tenerlo contratado con un par de meses de
antelación. Mientras el viajero se deleita conociendo los encantos y leyendas de sus
visitados, el turista mira acríticamente abstrusas representaciones de estíos
artísticos que ni comprende ni quiere llegar a interiorizar. La diferencia entre el
viajero y el turista es casi una cuestión de amor a la vida, de planteamiento vital; el
que acepta su entorno sin interpretarlo poco o nada le importará que le digan en una
viaje programado dónde y cuándo tiene que tomar la foto, máxime si así se evita la
siempre pringosa tarea de tener que escoger uno mismo sus propios itinerarios.
No es ningún secreto que ya no se viaja
para conocer personas, ni para compartir nuestra idiosincrasia, ni para ver cómo huelen
las calles o las tiendas de comestibles de allá. No, ahora lo importante es comprobar,
casi con pasión policíaca, que las imágenes de la enciclopedia de casa tienen
efectivamente un referente en la realidad, y ratificar así la sospecha de que aquellas
son un reflejo de un edificio que existe en otro lugar, y cuyo valor se incrementa de
manera exponencial a medida que su ubicación dista más de nuestro lugar de residencia
habitual.
Mientras el viajero es capaz de admirarse
ante la manera de interpretar la vida que tiene el otro, el turista lo único que hace es
comparar grotescamente las ausencias que con respecto a su entorno tiene su nuevo y
temporal paradero, en un desmedido acto de faloccidentacentrismo cultural.
Así que algo que en principio es
enriquecedor, se ha desnaturalizado y se ha acabado convirtiendo simplemente en un negocio
más que, y de rebote, se convierte en un fascinante modo de invasión cultural y de
ratificación, para los menos avezados, de que, tal y como ya pensaban antes, su parte del
globo es la mejor.
Pero para el viajero, que no sólo busca
rellenar momentos apolíneos de piedras, lienzos o monumentos, viajar siempre será un
placer que, convertido en medio, lo empleará para conocer y enseñar, para compartir,
para charlar. Y es que a lo mejor resulta que la actitud al viajar es simplemente una
prolongación de la vida cotidiana porque el que es viajero, como el que es turista o como
el que es joven, lo es toda su vida. Yo planteo la necesidad de ser viajeros permanentes
en nuestra diareidad y no dejar de sentirnos asombrados ni un sólo día por nuestra
ciudad, por nuestro entorno, por nuestra vida. Aunque en la vida no de tiempo a ser poco
más que un viajero aficionado deberíamos aficionarnos a gozar nuestros días con la
actitud del viajero. La existencia es mucho más jugosa si nos atrevemos a planteamos
rigurosamente la necesidad, la obligación de sacarle todo el jugo a lo cotidiano, y para
ello una actitud maravillosa es la de ser viajeros en todo momento y adoptar en todos los
momentos de nuestra vida esa predisposición favorable tan propia del viajero. Y
atrevernos entonces a ponerle cencerro no sólo a los grandes momentos sino a todos los
minutos.
Resulta que en este momento donde los
resquicios para la diferencia son cada vez más raquíticos y la globalización se impone,
donde el mundo va siendo progresivamente más uniforme, el turismo no deja de ser uno de
los sectores económicos que más aumenta su negocio año tras año. Como si a medida que
nos fuésemos pareciendo más, a medida que nuestras poluciones intelectuales se fueran
dirigiendo hacia las mismas metas y a los mismos objetos, el afán por emular a Marco Polo
más nos inquietara a todos, sedientos insaciables por conocer otras latitudes que,
irónicamente, se diferencian menos cada vez.
Y en el momento en que eso ocurra, en que
la catástrofe se haga verdad y vida y las diferencias entre unos lugares del mundo y
otros se parezcan tanto que visitar se limite tan sólo a verificar que efectivamente el
planeta se ciñe a ser una limitada colección de diferentes interpretaciones de lo mismo,
en ese momento el turista será feliz, porque ya no tendrá que enfadarse; en todos los
hoteles del mundo podrá saborear muy de temprano su desayuno continental viendo la Mtv
antes de regresar a casa en su clase turista. Sin embargo, en este contexto en el que la
similitud adquiere condición de irrevocable, una actitud cobra fuerza para el turista y
es la de valorar las cada vez más pequeñas diferencias como enormes. Sólo se puede
aceptar el turismo como medio de ver algo diferente a lo cotidiano si aceptamos como punto
de partida que las pequeñas diferencias son importantes.
Así que tendremos que acabar por aceptar
que no viajamos para ver aspectos diferentes sino simplemente para contemplar con ojos
sicalípticos venerables monumentos.
Y es precisamente bajo este planteamiento
de viajes prefabricados de aventuras garantizadas bajo el cual viajar pierde todo sentido
ya que si lo que andamos buscando cuando viajamos no son monumentos sino una especie de
esencia de lo humano lo cierto es que la podemos encontrar en cualquier pueblo del globo
sin necesidad de tener que padecer un suculento jetlang. Máxime cuando adoptamos la
actitud a la que antes hacia alusión de tener el coraje de ser viajeros todos los días
de nuestra vida. Sin embargo me temo que cuando viajamos lo que estamos haciendo no es
buscar una suerte de esencia humana [si es que en algún momento podemos dejar de hacerlo]
sino que más bien lo que estamos es satisfaciendo una curiosidad que le impele al humano
a querer saber más, más y mejor. O bien, por el contrario, quizá hacer turismo no sea
más que una muestra más de consumo ostentoso propiciado por una sociedad en la que el
consumo de productos o servicios va en detrimento del consumo de símbolos, consumo éste
donde se desenvuelve tan bien hacer turismo puesto que se convierte en un excelente modo
de demostrar ante los demás que la capacidad económica del que hace turismo es elevada
ya que se permite ausentarse del trabajo por largo tiempo, gastando además ingentes sumas
en algo tan superfluo, en una primera aproximación, como es visitar otras coordenadas
espaciales. Se convierte así el turismo en un modo de consumo ostentoso y simbólico.
No seré yo, sin embargo quien deje de
viajar siempre que pueda ya que creo que es una de las mejores fuentes no ya de
conocimiento sino de sabiduría que uno puede llegar a encontrar, y eso se agradece en
estos tiempos que corren en los que el conocimiento ha desbordado a la sabiduría. Aunque
lo haré escapando, eso sí, de esos viajes turistas sin creatividad que parecen
humillante burocracia . Al fin y al cabo, de amar y andar salen los libros.