Por Diana Ruiz
A mil kilómetros de Valencia, 130 kilómetros al sudoeste de Sicilia y
160 kilómetros al sur de Cerdeña: allí se encuentra Túnez, un país mágico, como casi
todos los que componen el continente africano, quizás por su lejanía, tan próxima al
mismo tiempo, a la península. Pero la República de Túnez (cuyo nombre oficial es
Al-Jumhouriya at-Tunisiya) cuenta, además, con la suerte de haberse convertido en uno de
los destinos turísticos que han sufrido un mayor incremento de viajeros en los últimos
años.
Con casi 10 millones de habitantes, Túnez observa desde la costa
mediterránea de África las tremendas diferencias que vive su actualidad en comparación
con el resto del continente. Los valles profundos de tierra cultivable ofrecen a este
país la posibilidad de contar con recursos agrícolas como el trigo, la cebada, el aceite
de oliva, las frutas y el vino, y pese a carecer de la inmensidad de recursos naturales
con que cuentan países vecinos, la dirección económica del país ha permitido que
exista mayor prosperidad que en otros países de la zona. A ello hay que unir los recursos
mineros, con minas de hierro, zinc y fosfato, además de ser un pequeño exportador de
petróleo.
El gran tesoro de Túnez se encuentra sin embargo en el turismo,
creciente gracias a sus hermosos paisajes, que van desde los bosques del interior hasta
los acantilados de la costa, además por supuesto del misterio que supone la presencia
amenazante del desierto del Sahara. Los 1.100 km. de litoral de Túnez presentan numerosas
islas de pequeño tamaño, entre las que destacan Djerba en el sur y Kerkenah en el este.
La isla de Djerba es uno de esos destinos inevitables: costas con playas de arena fina y
palmeras, clima suave, las pequeñas aldeas con los típicos "menzeles" y el
pueblo bereber de Guellala, que ofrece la conocida cerámica tunecina. Además, se
encuentra en ella el barrio judío de Hara Sghirsa y la sinagoga de Grigha, lugar en el
que se guarda una de las Torás más antiguas del mundo.
La capital del estado, Túnez, alberga en su seno a más de 700.000
habitantes, gente hospitalaria y cortés, que han vivido y asimilado la profunda unión
entre dos mundos tan distintos como el árabe y el mediterráneo. Pese a ello, el 93% de
los tunecinos son árabes, mientras que el 5% son bereberes y tan sólo un 2% europeos. El
99% de la población del país profesa el islamismo sunnita como religión, aunque existen
pequeños grupos de judíos y católicos; el idioma oficial es el árabe, aunque no
resulta difícil hacerse entender en las ciudades más desarrolladas en francés e incluso
inglés. El resultado de todo ésto es un país que ofrece al viajero un encanto distinto,
una historia que encandila y un paisaje casi abrupto que sorprende por su belleza.
Permite Túnez al turista la posibilidad de conocer ciudades con magia,
con un sabor tradicional, como es el caso de Hammamet, a 60 km de la capital. Un
espectáculo de playas y jardines, en cuyo centro la Medina y las calles intrincadas
rodeadas por murallas sorprenden al que se adentra. La propia capital presenta sitios como
el Museo del Bardo, con una de las colecciones de mosaicos más importantes del mundo, los
zocos o la Medina de Túnez. Siguiendo una ruta típica no debe olvidarse la visita al
puerto pesquero de La Goulette, ni a las ruinas de Cartago, donde se pueden ver las termas
de Antonio, la colina de Byrsa y los Puertos Púnicos. Resulta especialmente recomendable
acercarse a Sidi Bou Said, pueblo situado en la colina que alberga las típicas casas
blancas con ventanas y puertas pintadas de azul y jazmines en la entrada, romántica
escena del Mediterráneo africano.
La tercera ciudad del país en importancia es Sousse, una ciudad
moderna que cuenta aún con el encanto mediterráneo de sus calles empedradas y clima
templado y con una Medina perfectamente conservada. Cerca de Sousse, en la costa oriental
se encuentra una zona típicamente turística, Port El Kantaoui, originada a partir de su
puerto deportivo, al sur de Hammamet.
Entre Sousse y Sfax aparece como surgida de la nada Mahdia, la antigua
capital fatimí, una ciudad alejada de las masificaciones turísticas, el primer puerto
pesquero de Túnez y un enclave de hermosas y apacibles playas.
Adentrándonos cada vez más en Túnez empezamos a encontrarnos con el
paisaje desértico y aquí comienza la parte de aventura que todo buen viaje, que se
precie de serlo, debe incluir: la cena con espectáculo en una Jaima (muy típica, pero
poco arriesgada), el paseo en dromedario por las dunas del Sahara (el riesgo aumenta,
aunque sólo sea porque ya hablamos del desierto) y la excursión en 4x4 por los oasis.
Esta última es una de las opciones preferidas por los turistas. El precio no es abusivo
en ninguno de los casos, y lo que parece claro es que el siguiente paso aventurarnos hacia
el desierto.