Todo perfil de la yihad exige una
delimitación de la misma en el propio contexto islámico.
El Islam, como toda gran Tradición, y el Islam lo es, configura
un panorama heterogéneo y complejo del que no caben deducirse
simplificaciones precipitadas o generalizaciones toscas. La yihad expresa,
originariamente, el esfuerzo del creyente por adentrarse en la senda
de la vida religiosa y la realización espiritual. Esta sería
la gran Yihad. La pequeña yihad, en tanto acepción secundaria,
sería la guerra santa.
La Yihad en el Islam
Su declaración dependería de
determinados criterios tasados desde los tiempos más tempranos
del Islam y sobre la base de la interpretación fijada por las
escuelas de jurisprudencia. La guerra santa se justificaría en
el mantenimiento y establecimiento de una politicidad que permita la
práctica del Islam y ampare el modo de vida islámico.
De todo lo dicho, se deduce un cierto grado de discrecionalidad a la
hora de declarar la yihad que primará la perspectiva del intérprete.
Con todo y con eso, las diversas escuelas jurídicas islámicas
aseguraban ciertas condiciones y delimitaban un claro marco en el que
ciertas prácticas quedaban nítidamente excluidas de la
yihad, en virtud del propio ejemplo del fundador del Islam. Una de estas
prácticas será la costumbre árabe de la mutilación
y despiece de los cadáveres del enemigo y otra la matanza indiscriminada
de inocentes y población civil.
El Islam de entonces
Si bien es verdad que la yihad y la hegemonía islámica
no figuran como un mandato coránico lo cierto es que la configuración
de la politicidad islámica más temprana, desde sus deslumbrantes
éxitos militares, se terminó por auto-concebir a sí
misma como naturalmente hegemónica. En todo caso ese Islam temprano,
y esto creo que es importante remarcarlo, tuvo un carácter francamente
abierto e integrador, eso sí, desde su planteamiento hegemonista
e imperial. En este sentido es muy difícil no escuchar las resonancias,
en el modelo político del antiguo califato islámico, de
la politicidad imperial romana, de los viejos imperios helenistas y,
en general, del modelo político diseñado por Alejandro
Magno siglos antes. Tal Islam temprano, respetuoso, atento y articulador
de aquello que encontraba, será la génesis de una Tradición
Mediterránea, tremendamente culta y refinada por lo que se refiere
al arte, al pensamiento, la ciencia, la espiritualidad, y la hermenéutica
coránica. Me refiero al Islam medieval.
Un nuevo Yihadismo
La totalidad del pensamiento jurídico islámico tradicional
no consideraría, en ningún caso, como yihad las masacres
integristas. Al parecer esto no disuade lo más mínimo
a los musulmanes que deciden autoinmolarse en martirio. Así las
cosas, la pregunta que nos debemos hacer es quién gestiona el
integrismo emergente y quién lo alimenta doctrinalmente.
Lejos de lo que pudiera suponerse, el integrismo islámico contemporáneo
no pretende hacer valer la tradición islámica secular
frente al proceso de modernización. Contrariamente a lo que suele
suponerse aboga por una ruptura con tal tradición desde el retorno
a la pureza de los orígenes. Desde su perspectiva, la Modernidad
entendida esta como desarrollo científico, técnico y económico,
es completamente compatible con el Islam por lo que desplazan su objeto
de reflexión a las causas del secular atraso de las sociedades
musulmanas. Tal atraso se debería, desde su punto de vista, a
la pérdida de la pureza del Islam originario. Ésta sería
la causa fundamental de la postración y del subdesarrollo de
las sociedades islámicas en los últimos siglos. De ahí
su desconfianza hacia el Islam heredado y hacia sus escuelas jurídicas,
en tanto transmisoras de un Islam socio-políticamente decadente
desde la comparación con Occidente. Y de ahí la reivindicación
de la literalidad coránica como medio de discernir esa pureza
originaria.
La modernidad no suscita en ellos un rechazo sustancial, bien el contrario,
el desafío de la modernidad quedaría sobradamente respondido
desde la islamización de la misma a partir de la severa aplicación
de un derecho islámico revisado en la pureza. Así la cosas
no deberá sorprendernos la afición de los integristas
islámicos a intentar demostrar cómo el Corán anticipa
y predice todo tipo de descubrimientos científicos o a demostrar
cómo el Islam sería la religión más en sintonía
con el desarrollo científico (discurso éste muy querido
por los Hermanos Musulmanes), sin advertir ni de lejos como tal discurso
rompe con el modelo epistemológico unitario y sapiencial, de
conocimiento espiritual de la Unidad o Tawhid, que caracterizaría
al Islam tradicional y unificaría las ciencias islámicas.
En realidad, su percepción de la Modernidad no pasa de la mera
epidermis de desarrollo económico y tecnológico que la
acompaña.
El integrismo frente al Islam tradicional
La crítica radical que el integrismo hace de la tradición
islámica se deja muchas cosas en el tintero. Desde tal perspectiva
la religión musulmana quedaría reducida a un simple código
de habilitaciones jurídico-normativas explícitas que enunciarían
el modo de vida islámico. Todo el brillo del Islam medieval,
todo el sufismo y el pensamiento islámico (incluido el mismísimo
Algacel), serían un mero añadido que a la larga sólo
habría servido la decadencia del Islam desde la pérdida
de su integridad y pureza. Si a esto añadimos la distancia del
integrismo respecto de las diversas escuelas de jurisprudencia, y de
la seguridad jurídica que estas establecían, entenderemos
la tremenda ruptura que el integrismo muestra con el Islam tradicional.
Y es que desde su punto de vista se trata de despojar al Islam de todo
añadido y de reducir éste a la literalidad coránica
y a la praxis conductual del profeta del Islam como referente jurídico-normativo
de vida (sunna). De ahí la importancia que da el integrismo a
asuntos tales como el llevar barba, la vestimenta o a diversas notas
externas como eje único de la vida religiosa. Se abre paso así
un islamismo, intelectualmente empobrecido y espiritualmente escuálido,
que deliberadamente ignora y desprecia, en tanto innovación,
casi todo de su propia tradición.
Este será el marco desde el que surja el neo-yihadismo contemporáneo.
Desde tal marco el derecho islámico, desestructurado y puesto
al servicio de una sensibilidad irredentista respecto de Occidente,
ultrarigorista, intransigente y muy empobrecida intelectualmente, dará
coartada jurídica a una interpretación de la yihad que
ampare la masacre de civiles. Lo llamativo es que tales interpretaciones
integristas se difunden desde el fomento que de las mismas hacen países
como Arabia Saudita o Paquistán, a la sazón los dos grandes
aliados de USA en el mundo islámico. De esta manera no deberá
extrañar que sean imanes de formación wahabita, formados
en ámbitos de influencia saudí, los que sancionen a través
de fatuas el carácter de yihad de masacres como las del 11-S
o 11-M. Y es que son los saudíes los principales propagandistas
del integrismo wahabita a través de sus Universidades y del poder
de sus finanzas. El wahabismo es el principal rostro del integrismo
islámico y a la sazón el credo oficial de Arabia Saudí.
Saudíes y paquistaníes, sin embargo, son los principales
aliados de USA en el mundo islámico. ¿Alguien entiende
algo? ¿A qué juega la diplomacia americana? ¿A
qué se debe que los objetivos prioritarios en su cruzada contra
el terrorismo no tengan relación alguna con el terrorismo integrista?
El integrismo en Europa
Llevamos ya décadas de penetración integrista en Europa
Occidental ya que como es obvio las mezquitas están en manos
de quien las paga. El foco de la marea negra integrista que discretamente
ha inundado las mezquitas europeas no es otro sino el poder financiero
saudí y el maná ideológico del wahabismo, en connivencia
con movimientos como el de los Hermanos Musulmanes. ¿Acaso ya
se han olvidado del Imán de Marbella? Así las cosas, las
sociedades europeas parecen no ver, o no querer ver, el monumental problema
que este Islam irredentista y segregacionista, inintegrable en modo
alguno, representa en el seno de nuestras sociedades. Con todo el problema
es complejo y la islamofobia sólo legitima la dinámica
de choque de civilizaciones que tanto ansían integristas de todos
lados. En realidad son sólo los musulmanes los que realmente
pueden acabar con la marea negra del integrismo islámico y del
terrorismo wahabita. A nosotros nos compete perseguir a sus actores,
señalar a sus patrocinadores y facilitar el proceso de aislamiento
interno a que el integrismo debe ser sometido en el seno del propio
Islam. Y es que muy poco hay de reivindicación anti-imperialista
en el integrismo, y si mucho de complicidad con los regímenes
árabes más oligárquicos, más podridos en
petrodólares, más corruptos y más vulneradores
de los derechos humanos. Otro asunto prioritario que nos compete, y
que requerirá de los instrumentos jurídicos necesarios,
será la depuración del Islam europeo de la influencia
saudí. Y todo ello sin olvidar la necesidad de una paz en Oriente
Medio duradera, justa y capaz de conciliar intereses enfrentados. La
colaboración y el diálogo con el Islam es condición
necesaria de todos estos asuntos. La parcialidad de los USA por lo que
se refiere al conflicto de Oriente Medio es el gran cáncer existente
en la relación entre el Islam y Occidente. Tal parcialidad la
padece Occidente entero.
El seguidismo ciego de los USA hacia las políticas israelíes
más duras, capaz de dejar de lado sus propios intereses en favor
de las pasiones de la derecha religiosa israelí, sólo
se explica desde la influencia creciente del radicalismo protestante
en la derecha americana. Al parecer tal integrismo estima que la restauración
de Israel y la construcción del Tercer Templo anuncian la segunda
venida de Cristo. De ahí su apoyo incondicional a tales signos
apocalípticos y su sintonía con un choque de civilizaciones
que haga posible los anhelos milenaristas del integrismo hebreo. En
éstas son las manos en las que estamos. A la estrecha alianza
entre integristas protestantes y judíos se uniría la necesidad
de un enemigo capaz de orientar a la opinión pública en
el sentido de ese choque de civilizaciones. Tal enemigo no es otro que
el integrismo wahabita desde la monstruosa faz del Islam que nos presenta.
Sólo desde la perspectiva apuntada la irracionalidad de la política
exterior americana cobra sentido. Y es que sus clamorosos dislates sólo
se ensamblan desde la lógica inherente a la pujanza y la estrategia
de los círculos más espectrales de las tres religiones
del libro. Mientras la izquierda y la derecha se obstinan por mantener
unos parámetros de análisis heredados de la guerra fría
que sólo sirven para ocultar a los responsables de las matanzas
y a sus patrones ideológicos y financieros. La izquierda, identificando
las acciones de Al Qaeda casi como acciones anti-imperialistas, normaliza,
integra y justifica a los integristas en el seno del Islam y de la comunidad
árabe, negándose a delimitar el problema desde su dimensión
de islamismo integrista. La derecha, desde una islamofobia roma y sin
matices, no atiende a que se trata de una variedad específica
de Islam, precisamente la que hacen valer sus antiguos aliados saudíes
y paquistaníes durante la guerra fría, la que ampara masacres
como las de 11-M y 11-S. Mientras ese Islam supuestamente "yihadista",
xenófobo, segregacionista y hostil hacia todo lo que no les sirva
como espejo se predica libremente en una buena parte de las mezquitas
europeas. Ver para creer.