LA YIHAD DE UN TIEMPO CREPUSCULAR

Por Carlos Aguirre

Todo perfil de la yihad exige una delimitación de la misma en el propio contexto islámico. El Islam, como toda gran Tradición, y el Islam lo es, configura un panorama heterogéneo y complejo del que no caben deducirse simplificaciones precipitadas o generalizaciones toscas. La yihad expresa, originariamente, el esfuerzo del creyente por adentrarse en la senda de la vida religiosa y la realización espiritual. Esta sería la gran Yihad. La pequeña yihad, en tanto acepción secundaria, sería la guerra santa.

La Yihad en el Islam
S
u declaración dependería de determinados criterios tasados desde los tiempos más tempranos del Islam y sobre la base de la interpretación fijada por las escuelas de jurisprudencia. La guerra santa se justificaría en el mantenimiento y establecimiento de una politicidad que permita la práctica del Islam y ampare el modo de vida islámico. De todo lo dicho, se deduce un cierto grado de discrecionalidad a la hora de declarar la yihad que primará la perspectiva del intérprete. Con todo y con eso, las diversas escuelas jurídicas islámicas aseguraban ciertas condiciones y delimitaban un claro marco en el que ciertas prácticas quedaban nítidamente excluidas de la yihad, en virtud del propio ejemplo del fundador del Islam. Una de estas prácticas será la costumbre árabe de la mutilación y despiece de los cadáveres del enemigo y otra la matanza indiscriminada de inocentes y población civil.

El Islam de entonces
Si bien es verdad que la yihad y la hegemonía islámica no figuran como un mandato coránico lo cierto es que la configuración de la politicidad islámica más temprana, desde sus deslumbrantes éxitos militares, se terminó por auto-concebir a sí misma como naturalmente hegemónica. En todo caso ese Islam temprano, y esto creo que es importante remarcarlo, tuvo un carácter francamente abierto e integrador, eso sí, desde su planteamiento hegemonista e imperial. En este sentido es muy difícil no escuchar las resonancias, en el modelo político del antiguo califato islámico, de la politicidad imperial romana, de los viejos imperios helenistas y, en general, del modelo político diseñado por Alejandro Magno siglos antes. Tal Islam temprano, respetuoso, atento y articulador de aquello que encontraba, será la génesis de una Tradición Mediterránea, tremendamente culta y refinada por lo que se refiere al arte, al pensamiento, la ciencia, la espiritualidad, y la hermenéutica coránica. Me refiero al Islam medieval.

Un nuevo Yihadismo
La totalidad del pensamiento jurídico islámico tradicional no consideraría, en ningún caso, como yihad las masacres integristas. Al parecer esto no disuade lo más mínimo a los musulmanes que deciden autoinmolarse en martirio. Así las cosas, la pregunta que nos debemos hacer es quién gestiona el integrismo emergente y quién lo alimenta doctrinalmente.


Lejos de lo que pudiera suponerse, el integrismo islámico contemporáneo no pretende hacer valer la tradición islámica secular frente al proceso de modernización. Contrariamente a lo que suele suponerse aboga por una ruptura con tal tradición desde el retorno a la pureza de los orígenes. Desde su perspectiva, la Modernidad entendida esta como desarrollo científico, técnico y económico, es completamente compatible con el Islam por lo que desplazan su objeto de reflexión a las causas del secular atraso de las sociedades musulmanas. Tal atraso se debería, desde su punto de vista, a la pérdida de la pureza del Islam originario. Ésta sería la causa fundamental de la postración y del subdesarrollo de las sociedades islámicas en los últimos siglos. De ahí su desconfianza hacia el Islam heredado y hacia sus escuelas jurídicas, en tanto transmisoras de un Islam socio-políticamente decadente desde la comparación con Occidente. Y de ahí la reivindicación de la literalidad coránica como medio de discernir esa pureza originaria.

La modernidad no suscita en ellos un rechazo sustancial, bien el contrario, el desafío de la modernidad quedaría sobradamente respondido desde la islamización de la misma a partir de la severa aplicación de un derecho islámico revisado en la pureza. Así la cosas no deberá sorprendernos la afición de los integristas islámicos a intentar demostrar cómo el Corán anticipa y predice todo tipo de descubrimientos científicos o a demostrar cómo el Islam sería la religión más en sintonía con el desarrollo científico (discurso éste muy querido por los Hermanos Musulmanes), sin advertir ni de lejos como tal discurso rompe con el modelo epistemológico unitario y sapiencial, de conocimiento espiritual de la Unidad o Tawhid, que caracterizaría al Islam tradicional y unificaría las ciencias islámicas. En realidad, su percepción de la Modernidad no pasa de la mera epidermis de desarrollo económico y tecnológico que la acompaña.

El integrismo frente al Islam tradicional
La crítica radical que el integrismo hace de la tradición islámica se deja muchas cosas en el tintero. Desde tal perspectiva la religión musulmana quedaría reducida a un simple código de habilitaciones jurídico-normativas explícitas que enunciarían el modo de vida islámico. Todo el brillo del Islam medieval, todo el sufismo y el pensamiento islámico (incluido el mismísimo Algacel), serían un mero añadido que a la larga sólo habría servido la decadencia del Islam desde la pérdida de su integridad y pureza. Si a esto añadimos la distancia del integrismo respecto de las diversas escuelas de jurisprudencia, y de la seguridad jurídica que estas establecían, entenderemos la tremenda ruptura que el integrismo muestra con el Islam tradicional. Y es que desde su punto de vista se trata de despojar al Islam de todo añadido y de reducir éste a la literalidad coránica y a la praxis conductual del profeta del Islam como referente jurídico-normativo de vida (sunna). De ahí la importancia que da el integrismo a asuntos tales como el llevar barba, la vestimenta o a diversas notas externas como eje único de la vida religiosa. Se abre paso así un islamismo, intelectualmente empobrecido y espiritualmente escuálido, que deliberadamente ignora y desprecia, en tanto innovación, casi todo de su propia tradición.


Este será el marco desde el que surja el neo-yihadismo contemporáneo. Desde tal marco el derecho islámico, desestructurado y puesto al servicio de una sensibilidad irredentista respecto de Occidente, ultrarigorista, intransigente y muy empobrecida intelectualmente, dará coartada jurídica a una interpretación de la yihad que ampare la masacre de civiles. Lo llamativo es que tales interpretaciones integristas se difunden desde el fomento que de las mismas hacen países como Arabia Saudita o Paquistán, a la sazón los dos grandes aliados de USA en el mundo islámico. De esta manera no deberá extrañar que sean imanes de formación wahabita, formados en ámbitos de influencia saudí, los que sancionen a través de fatuas el carácter de yihad de masacres como las del 11-S o 11-M. Y es que son los saudíes los principales propagandistas del integrismo wahabita a través de sus Universidades y del poder de sus finanzas. El wahabismo es el principal rostro del integrismo islámico y a la sazón el credo oficial de Arabia Saudí. Saudíes y paquistaníes, sin embargo, son los principales aliados de USA en el mundo islámico. ¿Alguien entiende algo? ¿A qué juega la diplomacia americana? ¿A qué se debe que los objetivos prioritarios en su cruzada contra el terrorismo no tengan relación alguna con el terrorismo integrista?

El integrismo en Europa
Llevamos ya décadas de penetración integrista en Europa Occidental ya que como es obvio las mezquitas están en manos de quien las paga. El foco de la marea negra integrista que discretamente ha inundado las mezquitas europeas no es otro sino el poder financiero saudí y el maná ideológico del wahabismo, en connivencia con movimientos como el de los Hermanos Musulmanes. ¿Acaso ya se han olvidado del Imán de Marbella? Así las cosas, las sociedades europeas parecen no ver, o no querer ver, el monumental problema que este Islam irredentista y segregacionista, inintegrable en modo alguno, representa en el seno de nuestras sociedades. Con todo el problema es complejo y la islamofobia sólo legitima la dinámica de choque de civilizaciones que tanto ansían integristas de todos lados. En realidad son sólo los musulmanes los que realmente pueden acabar con la marea negra del integrismo islámico y del terrorismo wahabita. A nosotros nos compete perseguir a sus actores, señalar a sus patrocinadores y facilitar el proceso de aislamiento interno a que el integrismo debe ser sometido en el seno del propio Islam. Y es que muy poco hay de reivindicación anti-imperialista en el integrismo, y si mucho de complicidad con los regímenes árabes más oligárquicos, más podridos en petrodólares, más corruptos y más vulneradores de los derechos humanos. Otro asunto prioritario que nos compete, y que requerirá de los instrumentos jurídicos necesarios, será la depuración del Islam europeo de la influencia saudí. Y todo ello sin olvidar la necesidad de una paz en Oriente Medio duradera, justa y capaz de conciliar intereses enfrentados. La colaboración y el diálogo con el Islam es condición necesaria de todos estos asuntos. La parcialidad de los USA por lo que se refiere al conflicto de Oriente Medio es el gran cáncer existente en la relación entre el Islam y Occidente. Tal parcialidad la padece Occidente entero.

El seguidismo ciego de los USA hacia las políticas israelíes más duras, capaz de dejar de lado sus propios intereses en favor de las pasiones de la derecha religiosa israelí, sólo se explica desde la influencia creciente del radicalismo protestante en la derecha americana. Al parecer tal integrismo estima que la restauración de Israel y la construcción del Tercer Templo anuncian la segunda venida de Cristo. De ahí su apoyo incondicional a tales signos apocalípticos y su sintonía con un choque de civilizaciones que haga posible los anhelos milenaristas del integrismo hebreo. En éstas son las manos en las que estamos. A la estrecha alianza entre integristas protestantes y judíos se uniría la necesidad de un enemigo capaz de orientar a la opinión pública en el sentido de ese choque de civilizaciones. Tal enemigo no es otro que el integrismo wahabita desde la monstruosa faz del Islam que nos presenta.

Sólo desde la perspectiva apuntada la irracionalidad de la política exterior americana cobra sentido. Y es que sus clamorosos dislates sólo se ensamblan desde la lógica inherente a la pujanza y la estrategia de los círculos más espectrales de las tres religiones del libro. Mientras la izquierda y la derecha se obstinan por mantener unos parámetros de análisis heredados de la guerra fría que sólo sirven para ocultar a los responsables de las matanzas y a sus patrones ideológicos y financieros. La izquierda, identificando las acciones de Al Qaeda casi como acciones anti-imperialistas, normaliza, integra y justifica a los integristas en el seno del Islam y de la comunidad árabe, negándose a delimitar el problema desde su dimensión de islamismo integrista. La derecha, desde una islamofobia roma y sin matices, no atiende a que se trata de una variedad específica de Islam, precisamente la que hacen valer sus antiguos aliados saudíes y paquistaníes durante la guerra fría, la que ampara masacres como las de 11-M y 11-S. Mientras ese Islam supuestamente "yihadista", xenófobo, segregacionista y hostil hacia todo lo que no les sirva como espejo se predica libremente en una buena parte de las mezquitas europeas. Ver para creer.