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Por Rafa Millán
Cada vez somos más los que creemos que el Imperio no quiere vencer
sino vender. Por eso nos homologa -nos macdonaliza- a golpe de pregón
y propaganda. La “aldea global” es, ahora, “parque temático
global” anunciado en el Gran Escaparate Planetario: ¡Compren
en teletiendas que venden felicidad encapsulada! ¡Encarguen telecomidas
transgénicas en envases de plástico reciclable! ¡Todo
es telepredicación y telesalvación, telesexo seguro, tele-diablo-mundo!
Y... ¡Teleguerras que no son sino procesos de fagocitación
y asimilación, de metabolización de un cuerpo extraño
(sea éste el iraquí, el afgano o cualquier otro). Nada ni
nadie puede resistirse a esta continua estabulación a martillazos,
a esta homologación radioactiva. Todos somos “público
objetivo” de campañas (las hay militares y tele-campañas,
que es casi peor). Bienvenidos al universo virtual y televisado, queda
inaugurado el “capitalismo de ficción”.
Uno de los principales catalizadores del proceso de homogenización
es, sin duda, la Teleponzoña que es el nuevo altar mayor en torno
al cual se reúne la familia. Los televisores son el epicentro del
hogar, el ojo del gran hermano, el panóptico de Foucoult, el policía
omnidireccional que sirve al estado de control.
La “programación” (por algo se llama así) constituye
un auténtico atentado contra la salud pública. Un veneno
cerebral que taladra el cortex para intoxicar el sistema límbico
(como ya intuyera Huxley) con sus mensajes descafeinados, para acomodarlo
y condicionarlo, utilizando, para ello, la más puntera tecnología
psicológica. Conozco algunos estudios que relacionan estadísticamente
la cantidad de violencia consumida durante la infancia con el historial
delictivo posterior. Se ha calculado en más de 25.000 el número
de asesinatos presenciado por un niño de doce años (no es
necesario ser psicólogo para deducir las consecuencias). Las facultades
de Psicología contribuyen, de manera explícita y directa,
al desarrollo de nuevas y más eficaces técnicas de manipulación,
persuasión y seducción financiados (directa o indirectamente)
por la industria publicitaria (perdón, audiovisual). Fue la facultad
de Psicología de una ilustre universidad pública madrileña
la que realizó, por ejemplo, la selección de los concursantes
del primer gran hermano. Por cierto que el criterio de selección
era el del “sujeto-media”: ¡cuánto más
mediocre sean los concursantes mayor será la audiencia! Muy democrático.
Muchos son los métodos desarrollados para diseñar al perfecto
consumidor, muchas las formas para “programarlo” con un único
objetivo: que todas las flechas del deseo (deseo, impuesto y no propio,
aunque lo parezca) converjan, apuntando como falos erectos de dinero,
hacia las mismas empresas y los mismos productos que son, precisamente,
los que financian (es decir, dirigen) la mayoría de las “cadenas”
televisivas (que, también, por algo se llaman así). El “estado
del bienestar” es el estado de la “consumo-pulsión”.
Los valores se han transmutado en mercancías y el alma se mide
en petrodólares.
Dos son los principales instintos del televidente: Por un lado, el eros,
el yang, el entretenimiento (“diversión hasta morir”)
y, por otro, el tanathos, el yin, o sea, el miedo. Hoy, el hombre de a
pie, tú y yo, sabe más sobre Ben Laden (o, mejor, sobre
David Bisbal) que sobre la mayoría de sus convecinos, lo que, dicho
sea de paso, le obliga a demandar seguridad global (o más David
Bisbal) al trueque de su pérdida de libertad. Libertad que es esa
cosa, decía Nietzsche, que cuánto más se tiene, menos
se utiliza.
Mientras tanto, sigue el progreso, el hombre y la máquina se integran,
se confunden, copulan. Somos cyborgs descerebrados, “terminators”
en simbiosis con nuestra televisión, organismos cibernéticos,
hombres con cabeza de caja tonta, o sea, consumidores.
Y, como en el fondo soy psicólogo, no quiero concluir este breve
panfleto sin retar a todo el que esté deprimido, perdido, vacío,
triste, solitario, compulso, occidental... a que realice la mejor terapia
de desintoxicación que conozco: apagar la televisión durante
un mes. Es más difícil que dejar de fumar.
Rafa Millán www.uam.es/mandala
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