| Por Emilia Lanzas
Maltrechas y suplicantes madonnas, eunucos encabritados que insultan a
sus parejas, hijos arrastrados por el fango, payasos de silicona que pretenden
que el vacío sea el sentido: Psicópatas de la nada que inundan
la programación televisiva. Ante el infierno kitch y redundante,
la solución aparece fácil: no ver lo que no se desea. En
cambio, la televisión se ve y se critica.
¿Por qué? Porque
este medio produce esclavos -enardecidos, tal vez, pero esclavos- que
no pueden zafarse de su propia adicción. Siervos de su personal
miseria que echan espuma por la boca.
Entusiastas de la telebasura, de la telerrealidad, de los reality shows;
los que encienden el televisor buscando ese mundo ficticio de seres
que padecen, de seres que triunfan; el pandemónium absoluto con
su feria de vanidades soeces y sus desgarros impúdicos de almas.
¿Se ve porque gusta -siguiendo la ley del mercado: lo que se
vende, se oferta- o porque se impone? Si gusta: ¿necesitamos
censores que nos libren de nosotros mismos? Si se impone: ¿Desconoce
la gente que nadie le obliga, o es que se piensa, tal y como indica
la Ley que regula el Estatuto de Radio y Televisión, que se trata
de un servicio público?
La polémica ha llegado hasta el Congreso. El diputado de IU,
Felipe Alcaraz, acusa a Aznar de propiciar la telebasura al considerarlo
el primer empresario televisivo del país. El presidente del Gobierno,
siempre fiel a la liberalización, replica que no está
en sus manos limitar la proliferación de este tipo de programas
y culpa de su emisión a los directores de la Cosa/Casa, obviando
que la televisión pública se financia con el dinero de
todos, que tiene carácter de clase y que lo menos que podría
ofrecer debería ser cierta, aunque intervencionista, dignidad.
Algo que no se hará, sin duda, si se pretende mantener al pueblo
alienado.
Se piense de un modo u otro, de algo sí se puede partir: La adicción
a la telebasura produce deformaciones en la realidad y altera la percepción
hasta el punto de convencer de que la existencia son esas cabriolas
en la nada. La vida, la otra, terminará reducida a un espacio
innecesario y los espectadores acabarán convirtiéndose
en polvo. O dicho de otro modo: El poder opera trastocando el real orden
del mundo, haciendo ver derechos del pueblo donde hay precisamente lo
contrario, la abrogación de esos derechos.
Emilia Lanzas
|