EL GOBIERNO DE LOS SABIOS: SOS

Por Raúl Fernández Vítores

¿Qué hacer con la Universidad?
«La sociedad necesita buenos profesionales –jueces, médicos, ingenieros- y por eso está ahí la Universidad con su enseñanza profesional. Pero necesita antes que eso y más que eso asegurar la capacidad en otro género de profesión: la de mandar.»
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Lo escribe Ortega en su famoso ensayo de 1930, Misión de la Universidad. La Universidad como formación del mando. No es nuevo. Ya Platón soñó con el filósofo rey. Por lo que toda su educación, la paideía platónica tiene como fin la producción del gobernante sabio. ¡Que uno sean sabiduría y poder! Y por eso a la cabeza de las cinco formas de gobierno concebidas por él puso la aristocracia, que literalmente significa gobierno de los áristoi, los mejores, y nada tiene que ver con el «color» de la sangre. Pero es verdad que sólo imaginó la democracia como antesala de la tiranía. Fue su alter ego, Aristóteles quien reconoció también en el gobierno del pueblo el rango aristocrático. Ortega prefería hablar de «nobleza». Pero no sigamos por esta vía que nos lleva a una idea mistificada de Universidad. ¡Escuela de gobernantes! Los poderosos siempre han podido ir a la escuela; bien es verdad que no siempre han querido. Quedémonos con la más modesta producción de profesionales.

Queda la Universidad como fábrica de profesionales. Y aún añade Ortega otra función, muy minoritaria: la investigación. Tres funciones, pues, asigna Ortega a la Universidad. Transmisión de cultura, que permite «estar a la altura de los tiempos», en primer lugar. No seguiremos por aquí. Ya lo hemos dicho. En segundo lugar: enseñanza de las profesiones... «altas»: jueces, médicos, ingenieros, no chupatintas ni contables. Y, por último, formación de nuevos científicos especialistas.

El profesionalismo y la especialización eran, a los ojos del filósofo español, las dos caras de la nueva barbarie que asolaba Europa. Pensaba él que el hombre europeo era un integrum roto. La profesión y el saber especializado debían ser «compensados» por la cultura. Cabe cuestionar, sin embargo, esta última prescripción. Cuando un cirujano me opera a corazón abierto lo único que deseo es que verdaderamente sepa de lo que se trae entre manos; sus reflexiones sobre el puesto del hombre en el cosmos me son del todo indiferentes. Y cuando un profesor enseña química lo primero y primordial es que sepa química, cuanto más mejor, no que sea un buen padre o tutor. Cabe dudar, sobre todo, de que una de las misiones de la Universidad haya de ser la compensación cultural. Tal vez ésta sea más propia de una enseñanza media o secundaria.

Enseñar lo que se puede aprender

El diagnóstico de Ortega es en extremo simple: la Universidad vive una crisis porque pretende enseñar lo que no puede aprenderse. Más simple si cabe es el remedio: «En vez de enseñar –escribe- lo que, según un utópico deseo, debería enseñarse, hay que enseñar solo lo que se puede enseñar; es decir, lo que se puede aprender...» Extremadamente simple, el diagnóstico, y, desde nuestra perspectiva actual, extremadamente optimista: «con inconcebible obcecación –se queja-, la enseñanza partía del saber y del maestro». Había, pues, maestros y había el saber. El error radicaba, a los ojos de Ortega, en no haber tenido en suficiente consideración al alumno. Vuelve su mirada a Rousseau. Y, efectivamente, en el Emilio encontramos una pedagogía natural y paidocéntrica, es decir, centrada en el aprendiz y ajena –esto último tiende a obviarse con pasmosa facilidad- al encierro escolar: ne substituez jamais le signe à la chose. (Y traduce Luis Aguirre Prado para la editorial Edaf: «no sustituyáis nunca el signo por la cosa». ¡Todo un síntoma!).

Las reformas educativas que ha conocido y sufrido mi generación se han hecho todas en nombre del paidocentrismo. En aras de esta tendencia pedagógica se aprobó en 1983 la LRU (Ley de Reforma Universitaria) que acabó con el predominio de la cátedra y el protagonismo de las asignaturas en los planes de estudios universitarios. Se respondía así al fenómeno de la masificación que, en apenas dos décadas, de 1960 a 1980, había multiplicado por más de nueve el número de alumnos universitarios, pasando de 71.000 a 650.000. Hacía cinco años que el Estado había renunciado «constitucionalmente» a intervenir en la ordenación y planificación de la educación superior. ¿Acaso no tenía ya necesidad de «buenos profesionales»?

Paidocentrismo hemos dicho. Pero entonces la crisis de la Universidad es antes que nada la crisis de la Enseñanza Media, hoy llamada –y con razón- «Enseñanza Secundaria». Si hay que adaptar el nivel de exigencia universitaria al nivel real del alumno que estudia en la Universidad, habrá que preguntarse entonces por qué todas las reformas educativas promovidas por el Estado desde finales de los años 60 hasta hoy han ido encaminadas certeramente hacia la destrucción del nivel académico del bachiller, es decir, de aquel que accede a los estudios universitarios. Dicho de otra forma: ¿por qué desde 1970 el Bachillerato, esto es, la vía general de acceso a la Universidad no ha hecho otra cosa que acortarse, pasando de los siete años que duraba antes de que fuese aprobada la LGE (Ley General de Educación) a los insuficientes dos años que dura hoy? Para contestar esta pregunta es necesario dar antes un pequeño rodeo.

La intervención del Estado en los procesos educativos se remonta en España a 1857, año de promulgación de la Ley de Instrucción Pública, propuesta por el ministro Claudio Moyano, que prescribía por primera vez la escolarización obligatoria. Se trata de una intervención de iure. De facto, esta intervención estatal comienza con el impulso ministerial de Romanones en los albores del siglo XX: «de lo que estamos faltos –decía el conde- es de obreros inteligentes, de obreros que tengan ese grado intermedio de cultura entre el que no sabe nada y el ingeniero facultativo, que no puede descender a las operaciones secundarias». El Estado buscaba entonces mano de obra cualificada. Aún no se había iniciado la revolución informacional.

La Ley Moyano prescribía tres años (desde los seis años de edad hasta los nueve) de enseñanza primaria obligatoria. En 1909, la escolarización forzosa afectaba a todos los niños entre seis y doce años. Desde 1945, se distinguía entre primaria «general», cuatro años (de 6 a 10), y primaria «especial» (de 10 a 12). Lo relevante es que a los diez años de edad, el alumno ingresaba (o no) en un proceso no obligatorio de formación y selección orientado fundamentalmente hacia la Universidad. Siete años de Bachillerato, que conoció diversas formas. En plena Guerra Civil, en 1938, siendo ministro Sainz Rodríguez, se instauró un Bachillerato «humanista» (o no «de ciencias») muy ideologizado que, no obstante, culminaba con un severísimo examen, el Examen de Estado, que era el que abría las puertas de la Universidad. Pero la «gran» ley de la cualificación media en España es la LOEM (Ley de Ordenación de la Enseñanza Media), propuesta por el ministro Ruiz-Giménez. Esta ley de 1953 contemplaba un ciclo elemental y común de Bachillerato (cuatro años en total) y un ciclo superior de dos años que podía cursarse en la modalidad de «letras» o en la de «ciencias»; a estos seis años seguía otro, el Preuniversitario.

La llamada «Ley Villar», en honor (más que dudoso) del ministro Villar Palasí, esto es, la Ley General de Educación de 1970 supuso una verdadera estocada a un modelo de Bachillerato perfectible pero en modo alguno revocable. Se acabó de un plumazo con el ciclo elemental de Bachillerato, precipitando sus cuatro años de duración en el indiferenciado mar de la Enseñanza General Básica. La obligatoriedad se había extendido ya (en 1964) hasta los catorce años de edad. El Bachillerato quedaba reducido a tres años de BUP (Bachillerato Unificado y Polivalente) y uno de COU (Curso de Orientación Universitaria). La puntilla la dio la LOGSE (Ley de Ordenación General del Sistema Educativo) de 1990, comprimiendo el Bachillerato en dos años y, eso sí, alargando todavía más el tiempo de escolarización obligatoria, dos años más, hasta los dieciséis.

¡Selección! Palabra maldita

A lo largo de todos estos años de reformas o más bien de contrarreformas se ha pasado, como quien no quiere la cosa, del «intransigente» examen al control «continuo», se ha hablado ad nauseam de la «autoestima» del alumno y han hecho fortuna expresiones muy desafortunadas desde el punto de vista académico. ¿Qué es ESO de «promoción automática»? La Ley de Calidad de la ministra Pilar del Castillo es a todas luces insuficiente y demagógica.

En un momento en que el Estado se ha puesto a régimen, adelgaza o más bien adelgazan sus prestaciones sociales hasta la anorexia, ¿qué cabe exigir al Estado en materia de educación? En primer lugar, cabe exigirle que la enseñanza sea verdadera enseñanza, es decir, un proceso de formación intelectual lo menos formalista posible, pero un proceso intelectualmente exigente y selectivo. ¡Selección! Palabra maldita, con inevitables ecos concentracionarios. Aun así, es preciso repetir y subrayar: selectivo intelectualmente, pues donde parece que no hay selección es porque ésta en realidad se realiza según un criterio exclusivamente económico. En segundo lugar, cabe exigir al Estado la total gratuidad de la enseñanza en todos sus niveles, también en los superiores. ¿Que se dispara el gasto? ¡Déjense de zarandajas! Porque, en tercer lugar, cabe exigir al Estado la drástica reducción del tiempo de escolarización obligatoria. ¡Que la enseñanza no siga siendo la coartada del control!