La mitificada Movida Madrileña, que de tanto darle vueltas, en
lugar de movida, se convirtió en removida, no ha dejado de ser
el santo y seña referencial, en los últimos veinte años,
cuando se habla de modernidad y cultura en este país. Y esto da
que pensar... porque veinte años ¡son veinte años!,
y dan mucho de sí como para que el tema de la movida no estuviera
ya bien claro y bien zanjado, con todos los correspondientes méritos,
condecoraciones y las obligadas menciones especiales para los muertos
caídos en el campo de batalla, bien distribuidos entre el batallón
de “nuevaoleros”. Pues fíjense que no, porque aquí
los que más debieran de callar, son los que más ruido hacen,
afanándose en atribuirse los puestos más elogiosos de aquella
incipiente modernidad española y tratando de sacarle más
punta al “negocio” en el que, los más avispados, han
convertido aquellos años 80 que fueron testigo de su primera juventud.
En cambio, aquellos que debieran hablar, porque de alguna manera, fueron
los auténticos ideólogos (y me consta que esta palabra no
es la más acertada tratándose de La Movida), los que aportaron
algo más que juventud y ganas de salir por las noches, callan porque
ya no están para contarlo, y los que sí que están
y pueden hablar, lo hacen de manera esporádica y mesurada porque
andan un poco hartos del tratamiento cansino y desmedido, que en muchas
ocasiones, se le ha dado al tema.
Pero a pesar de lo visto y
lo leído en los muchos testimonios, lógicamente parciales
(porque cada uno cuenta la feria según le va), que nos han llegado
por distintos cauces: libros dedicados al tema, reportajes dedicados
al tema, suplementos dominicales dedicados al tema, artículos
dedicados al tema, series documentales dedicadas al tema, entrevistas
dedicadas al tema... seguimos sin tener una visión clara y bien
estructurada del fenómeno, más bien de la consistencia
profunda de La Movida como hecho cultural. Porque como es sabido, un
movimiento socio-cultural de la índole y del tipo que sea, siempre
se ha sostenido con pilares más sólidos que unas buenas
dosis de maquillaje, alteradores de conciencia varios, música
de importación y unas copas tomadas en Rockola. Y que conste
que todo eso está muy bien, además es justo y necesario,
pero no valida a la Nueva Ola como quintaesencia, en esto de los movimientos
culturales. Ellos se manifestaban, pero sin manifiesto fundacional,
tocaban, hacían cortos, algunos pintaban, los menos escribían,
y la mayoría se consagraba al sano asunto de patrullar la ciudad
amparándose en razones de alevosía y nocturnidad. Creando
entre todos un espectro de tremenda heterogeneidad, lo cual siempre
es una riqueza, y contrasta de manera gratificante con los tiempos que
corren, en los que la singularidad es una especie en peligro de extinción,
e incluso está mal vista por el conformado grueso social. Pero
tanta diversidad personal, en aquel entonces, hizo que del grupo surgiera
el grupito, y de éste, el grupúsculo; por lo que todavía
era más difícil que se organizasen de alguna forma, para
vehicular y dar sentido de cohesión al movimiento, que fluía
y fluía sin orden ni concierto, ¡perdón! rectifico:
sin orden pero con mucho concierto.
Obviamente, algo estaba pasando, y la incontrolable espiral de color
que fue La Movida Madrileña, crecía y se alimentaba con
unos y con otros, hasta llegar al paroxismo de la convulsión
y de la forma. Y después de tantos años y de tantos estertores,
contemplamos con asombro que España no olvida a los vástagos
de La Movida, o quizás sean algunos de ellos los que se niegan
a ser olvidados y relegados al, también mítico, baúl
de los recuerdos.
A veces, un concepto se convierte en concepto, o una verdad en verdad,
a partir de repeticiones constantes y taladrantes en la conciencia y
en la memoria colectiva, y algo de esto ha pasado con el tema que hoy
nos ocupa. ¿En qué momento se dejó de considerar
a la Nueva Ola como eclosión, para darle un honorable rango de
episodio entramado y organizado? Quizás desde que algunos de
sus miembros, motivados por un justificable afán de pervivencia
y validación, comenzaron a contarnos, una y otra vez, lo que
acontecía en esos años desde una perspectiva sesgada,
parcial y mitificadora. Cosa que, por ejemplo, nunca hicieron los integrantes
de la, siempre dudosa como tal, Generación del 27. Ellos también
hicieron cine, pintaron cuadros y escribieron magníficamente,
aunque la verdad es que de música iban cortitos y en lo de salir
por la noche en plan masivo, creo que tampoco estarían aprobados.
Pero lo cierto es que coincidieron en un tiempo y un espacio concreto
de pura creación y, paradójicamente, casi ninguno de ellos
aceptó la denominación de “Generación del
27”, porque pensaban que lo único que les vinculaba era
el hecho de compartir territorio y temporalidad durante unos años,
pero nada más. Por eso no querían el respaldo de lo que
consideraban una ficticia generación, y tal vez tampoco lo necesitaban,
porque creyeron que su obra era aval suficiente para asegurar su entrada
en la posteridad. Cosa que quizás no suceda con los pocos, porque
son sólo unos pocos, los que se han apropiado de la memoria y
la legitimidad de la sufrida y resignada Movida Madrileña.
En cualquier caso, está claro que entre 1980 y 1984 todo el
espectro social se alteró, y hasta se sustantivó el verbo
mover, para bautizar al fenómeno: “La Movida” que,
por cierto, es un gran nombre por su plasticidad y capacidad de captar
el espíritu de esta etapa desorganizada, desestructurada, donde
nada estaba en su sitio y en ello radicaba su auténtica riqueza
y su auténtica belleza. Estamos hablando de esa España
del postfranciscazo, donde las ganas de desaprender lo enseñado,
y de volver a crear con libertad y nuevos criterios, lo impregnaban
todo. Tras cuarenta años de estancamiento, estaba todo patas
arriba, todo por hacer, y bien es cierto que La Movida, en muchos sentidos,
fue el primer paso para crear el posterior orden que siempre sobreviene
al caos. Lo curioso es que los protagonistas de la Nueva Ola, ni siquiera
habían nacido cuando la endogamia y el aburrimiento cultural
ya estaban confortablemente acomodados en nuestro país pero,
sin embargo, si tuvieron la necesaria receptividad para percibir la
estéril herencia que nos había dejado el anterior régimen,
y entender la urgente necesidad de realizar cambios mas a siniestro
que a diestro. Y cada uno desde su ser y su estar se pusieron a ello
como buenamente pudieron, quisieron y supieron desde ese ojo de huracán
que era el Madrid de la época, y además tenían
lo que hay que tener para estos casos: la edad perfecta. La juventud
retozona de la época tomaba las calles, iban a locales recién
inaugurados, quedaban en el rastro o en el “Penta” para
hablar de tendencias, pegaban carteles y escribían fancines,
diseñaban ropa de vanguardia, iban a Londres (y de manera automática
quedaban convertidos en árbitros de la moda), dibujaban comics,
y la música, que quizás es el rasgo de identidad más
claro de este fenómeno, llegaba a todos los rincones en una sucesión
interminable de conciertos, ensayos de los grupos, discos de importación
y creación propia. Por primera vez, los grupos nacionales comenzaron
a desarrollar unas corrientes musicales inéditas hasta el momento,
y sembraron un caldo de cultivo que permanece vigente en la actualidad
del panorama musical.
Todo este paisaje, como es lógico tras un largo período
de dictadura, iba acompañado de exhibiciones extremas del uso
de la propia libertad, por lo que se salía cada noche en busca
de la empatía con el tópico del sexo, de las drogas y
del rock and roll. Y muchos circunscribieron su presencia en las filas
de La Movida, limitándose exclusivamente a esto último,
y dejando el tema de la creación para otros más avispados
y sagaces, que fueron los menos.
Podríamos, para ir terminando, decir que el fenómeno
de la Nueva Ola, fue algo absolutamente lógico, teniendo en cuenta
la coyuntura sociopolítica reinante. ¿Qué juventud
no hubiera reaccionado en busca de su libertad y de sus cauces de expresión
después de tantos años de imposición? Eran jóvenes,
bellos y repletos de esa osadía provocadora que siempre otorga
la falta de edad y la ausencia de prejuicios, no tenían nada
que perder y todo que ganar, y una ciudad, por fin, abierta al cambio
donde quedaban muchas cosas por hacer. Pero el problema viene ahora,
cuando los otrora adolescentes de La Movida ya no lo son, cuando gozamos
de una democracia más virtual que otra cosa, cuando los medios
de comunicación bombardean nuestros cerebros con abyectos subproductos,
cuando la tecnologización de nuestras vidas nos han convertido
en cómodos animales de sofá y televisión, cuando
el pensamiento único y falaz engaña a nuestros cerebros,
y la cultura se nos muere a borbotones mientras que la juventud, en
lugar de reaccionar y movilizarse como hacían nuestros amigos
de La Movida, se contentan con estúpido aletargamiento y complacencia
consumista, sin lograr entender que ideología y compromiso son
términos que exceden en significado a los viejos panfletos del
mayo del 68.
Por todo esto, vamos a dejarnos de movidas y de historias, y los melancólicos
del período, en vez de dedicarse a dignificar, a golpe de recuerdo
la Nueva Ola, que se dediquen a mantener vivo el espíritu del
que tanto predican. Y fomenten la reacción de esta nueva juventud,
que más que perdida, está no encontrada.
(Victoria Diges es periodista y directora
del programa Musical La Conjura Pirata, que se emite de lunes a miércoles
22-23 horas, en Radio Intercontinental, 918 A.M. )