PEDO DE VACA

Por Ruth Toledano

Llega el momento de la evidencia, y no ha hecho más que empezar. Las altas temperaturas que se han registrado este verano en todo el mundo han dejado a su paso miles de muertos, cosechas agostadas y el estupor que trae siempre consigo la confirmación de lo nefasto previsible. Con la morgue de París llena de cadáveres, las fuentes de Londres desbordadas de espontáneos bañistas y los parques de Moscú asombrados de rusas en bikini, ya no se ha podido hacer sudor sordo a un desastroso cambio climático que los poderosos del planeta han tratado de ocultar durante décadas mientras los luchadores ecologistas advertían de su inminente peligro.


Lo más indignante es que una de las razones que los culpables y sus cómplices han aducido para justificar un recalentamiento atmosférico del que son responsables sería la emisión del venenoso CH4 (metano) que acompaña al meteorismo vacuno. Para entendernos: que la culpa de lo que pasa es de los pedos de las vacas. Nos lo tomaríamos a broma si no se tratara de una auténtica burla. Quieren reírse de nosotros de la forma más naif y encuentran quien se hace eco de su tomadura de pelo. Así que, por si los animales no humanos no sufrieran ya lo bastante nuestra crueldad, ahora resulta que las pobres vacas (por cierto, sobrexplotadas, torturadas y asesinadas por los animales humanos: ¡esas bestias!) se tiran unos pedos que van a acabar con nuestro equilibrio planetario. Pues no, señores.


El efecto invernadero natural ha permitido que durante millones de años se desarrolle vida en la Tierra: los gases invernadero mantienen el calor del sol en la superficie terrestre y ayudan a la evaporación del agua que forma las nubes, las cuales, a su vez, la devuelven en forma de lluvia. Este es el ciclo natural que ha mantenido en la Tierra una temperatura media relativamente estable, con las plantas y el suelo absorbiendo el dióxido de carbono necesario para mantener la cantidad justa de gases invernadero.


Actualmente, la causa principal de las concentraciones excesivas de gases invernadero que contaminan el 80% de la atmósfera es la indiscriminada quema de combustibles fósiles, como el carbón, el petróleo y el gas natural, utilizados para la generación de energía. Según el Fondo Mundial para la Naturaleza, en 42.000 años el nivel de CO2 en el aire no ha sido tan elevado como ahora, y el 37% de las emisiones proceden del sector industrial generador de energía eléctrica. A su vez, la combustión fósil y la especulación económica destruyen bosques y praderas (la Amazonía es el ejemplo más sangrante, y ahora el Emperador Bush vuelve a la carga con Alaska), provocan sequías, incendios forestales y un aumento de las mareas oceánicas que contribuyen al cambio climático y a la destrucción de la capa de ozono. Poco que ver con los pedos de las vacas.


El Convenio del Clima y su Protocolo de Kioto vinieron a ocuparse del asunto. Los gases de efecto invernadero contemplados para su reducción fueron dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2O), así como tres tipos de gases industriales fluorados: hidrofluocarbonos (HFC), perfluorocarbonos (PFC) y hexafluoruro de azufre (SF6). Pero cuando los ricos, los gobernantes y los amos se ocupan de algo suele ser porque ya es demasiado tarde: las evidencias vuelven muy probable que hayamos sobrepasado los límites ecológicos. Si a ello se añade el incumplimiento sistemático de los acuerdos (empezando por España) y el hecho de que un país como EEUU, que produce un altísimo porcentaje de emisiones contaminantes, no lo haya ratificado y haya arrastrado en su ambicioso y cruel liderazgo a otros como Australia, Canadá, Japón, Nueva Zelanda o Rusia, sólo se demuestra que los gobernantes tienen por único fin un enriquecimiento narcisista, egoísta, irresponsable y despreocupado del futuro.


Como era de esperar, tampoco han hecho el más mínimo caso a Klaus Topfer, director del PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente), que instó a los países de la OMC (Organización Mundial del Comercio) a que discutieran recientemente en Cancún las prácticas que más influyen en el cambio climático, como es el uso de fuentes de energía no renovables. "Hay una intensa interrelación entre comercio, liberalización y medio ambiente", afirma Topfer. Las pobres vacas, pues, no aparecen por ningún lado. Estarán en el matadero y, muertas de miedo, puede que se tiren algún pedo.