S.O.S. NATURA IBÉRICA

Por Carlos de Prada

España es el país de la UE con una mayor diversidad biológica, la nación con más especies y diferentes tipos de espacios naturales. Sin embargo, la política ambiental española -más allá de algunas cosas positivas- no está a la altura de esa realidad. Basta ver el nivel de conocimientos y vocación por estos temas de los que suelen ser nombrados Ministros o Consejeros del ramo (personas que trabajaron para la Junta de Energía Nuclear, personajes muy ligados a la defensa de intereses urbanísticos, economistas con nula experiencia e interés en estos temas... ). La Administración española ha hecho un notable esfuerzo estos años por desmantelar muchos de los mecanismos que garantizaban una mínima protección del entorno, como algunos que figuraban en la normativa de Evaluación de Impacto Ambiental, la Ley del Suelo o la Ley de Costas..


Desastres: de las montañas a las costas y los ríos

En este último sentido, por ejemplo, las costas nacionales están sufriendo una presión urbanística que parece recordar a la de los peores momentos del desarrollismo de los años 60 ó 70, en zonas como la Costa del Sol, o la costa murciana o levantina, por no hablar de algunas áreas de Canarias. En demasiados casos la figura de alcaldes-constructores o la sombra de la simple y llana corrupción se cierne sobre muchos proyectos. Y si eso pasa al nivel del mar, algo parecido sucede en las montañas, como en el Pirineo, donde hay planes delirantes de ampliar las estaciones de esquí. Sobre los ríos españoles gravita la amenaza del Plan Hidrológico diseñado a beneficio de las grandes empresas constructoras e hidroeléctricas. Los padres del PHN son hombres como Benigno Blanco, Director de los Servicios Jurídicos de Iberdrola que fue nombrado Secretario de Estado de Aguas, o como Carlos Escartín que tras dejar su cargo de Director General de Obras Hidráulicas fue contratado por la constructora ACS, adjudicataria, entre otros, del principal embalse del PHN, el recrecimiento del embalse de Yesa. El trasvase del Ebro, cuestionado por la comunidad científica al igual que la mayoría de las obras del PHN, reportaría enormes beneficios a Iberdrola y produciría unos colosales daños ambientales y económicos a la nación.

El drama de los incendios

Los incendios forestales siguen siendo un grave problema, en buena medida porque no existe interés político en investigar los grandes intereses económicos que se mueven tras las llamas y que tienen mucho que ver con un alto porcentaje de los fuegos (en especial de los intencionados). En España se invierte un 75% en extinción de incendios y sólo un 25% en prevención, lo que consolida la existencia de toda una industria que vive de la existencia de los incendios. Este esquema evidencia un vicio que es generalizable a toda la política ambiental española, y es que prefiere vivirse del problema a hacerlo de la solución.

Sobre el agua y los residuos

Sucede también con la política del agua, donde en lugar de actuar contra el despilfarro del líquido elemento, prefiere tolerarse su existencia a fin de usarla como coartada para promover más y más obras y sucede, por supuesto, con otras cosas, como la política de residuos. En lugar de impedir en origen la generación de residuos tóxicos, se ha optado por incrementar de año en año su producción, mientras florecen las empresas que viven de “gestionarlos” bien sea enterrándolos en instalaciones con dudosas garantías o incinerarlos (a lo que se están sumando cada vez de forma más clara incluso las empresas cementeras, con serio peligro para la salud de las personas). Pero la generación anual de millones de toneladas de residuos tóxicos y peligrosos, al igual que sucede con la de residuos sólidos urbanos, se ha convertido en sí mismo en algo beneficioso para ciertos sectores. Igualmente sucede con el despilfarro energético, que en España es impresionante, sin que se haya actuado oficialmente de forma seria para reducir las ineficiencias y excesos innecesarios de consumo, mientras se promueven proyectos de construcción de decenas de nuevas centrales térmicas, que juntamente a otras causas, están consiguiendo que España sea el país líder de la UE en cuanto a la violación de los objetivos del protocolo de Kioto para luchar contra el cada vez más alarmante cambio climático.

Las otras energías

Al mismo tiempo, con la excepción acaso de la energía eólica, tipo de energía en la que España es una potencia mundial (a veces, todo hay que decirlo, a costa de cargarse innecesariamente paisajes que no debieran haber sido seleccionados para ello) se ha zancadilleado a las energías renovables. ¿Por qué España tiene menos desarrollada la energía solar que Alemania o Reino Unido? ¿Acaso tenemos menos sol? Mientras, se mantiene un parque nuclear, cuyos problemas de seguridad son alarmantes. Pero las eléctricas, en lugar de cambiar realmente, prefieren lanzarse a campañas sobre supuesta “energía verde” en los medios de comunicación (que luego son denunciadas por su posible carácter fraudulento).

La polución tóxica

La situación generada, en otro orden de cosas, por la polución derivada del empleo de substancias tóxicas, sea por vertidos o emisiones industriales o por su empleo en sectores como el agrícola (por ejemplo, los dichosos pesticidas) está teniendo consecuencias con demasiada frecuencia silenciadas. Basta ver casos como el del exceso de cáncer que hay en ciertas zonas como en Huelva, con su potente industria, o de lo que puede estar sucediendo con el cáncer de mama (que recientes investigaciones nacionales vinculan a la presencia de determinados pesticidas).

¿Por qué no se documentan un poco sobre la presencia de numerosos venenos cancerígenos o destructores del equilibrio hormonal en la leche materna? ¿Han leído algo sobre cómo la cantidad de espermatozoides de la población masculina occidental ha caído a la mitad desde los años 40, y la posible relación de esto con ciertas substancias?

Mientras, la agricultura española sigue usando decenas de miles de toneladas de tóxicos que envenenan suelos, aguas subterráneas, ríos y mares además de, por supuesto, alimentos. El establecimiento de límites “legales” no parece tener mucho que ver con el carácter bioacumulativo de estas substancias ni con sus efectos no letales a corto plazo, pero no sabemos si a medio o largo. Los expertos denuncian que prácticamente no hay un español que no tenga en sus tejidos presencia de determinados tóxicos que van desde las dioxinas a los PCB,s. Mientras, la política oficial es la de minimizar, como se hizo con las consecuencias del vertido de Doñana, donde miles de hectáreas prosiguen (y así estarán por mucho tiempo) con altos contenidos de, entre otras cosas, arsénico. Política que beneficia por supuesto a los causantes de los desmanes que, gracias también a una Justicia que prefiere ser fuerte con el débil y débil con el fuerte, suelen irse de rositas.

La Justicia española, acusada de tener un doble rasero, es responsable también de mucho de lo que pasa. Cuando hay algún Fiscal que se toma en serio estas cosas, como pueda ser el Fiscal de Medio Ambiente de Madrid, en seguida se desatan todo tipo de intentos de neutralizarlo. Es más fácil condenar a alguien por matar un lagarto que por envenenar miles de hectáreas con un vertido de millones de toneladas. Especialmente preocupante son cosas como la escasa ayuda que se da en España al desarrollo de la agricultura biológica y, por el contrario, el desmedido apoyo que se da a los alimentos transgénicos, a pesar de que la mayoría de la población española es contraria a éstos y firme partidaria de una alimentación cada vez más sana y natural. Ni siquiera cosas como lo del Prestige parece que vayan a hacer reflexionar demasiado a nuestros políticos, sobre todo después de ver que (gracias sobre todo a haberse gastado cantidades ingentes de dinero público en contentar, aunque sea temporalmente a los afectados más directos) no han tenido consecuencias electorales demasiado fuertes.

Pese a cosas como las dichas, es evidente que un alto porcentaje de la población española percibe de modo cada vez más claro que los temas ecológicos son extraordinariamente importantes, mucho más serios de lo que los políticos (ocupados al parecer en otras cosas) parecen sugerir. Y piensa así la población a pesar de que cada vez es más difícil que les llegue una información veraz a consecuencia de la cada vez menor libertad existente en los medios de comunicación, duramente controlados (al igual que los políticos) por los poderes económicos. La gente sabe que la situación ambiental de España no es tan maravillosa como algunos quieren pintarla. Por ejemplo, cuando escucharon a un ministro decir que las playas de Galicia afectadas por una marea negra estaban “esplendorosas”, ya sabían de qué forma estaban y de la misma manera, más allá de lo que se les quiera decir sobre los transgénicos, sobre la energía nuclear, sobre el Plan Hidrológico, o sobre otras cosas, muchos españoles tienen una idea formada que no es precisamente que ecológicamente estemos en el país de las maravillas. Pero el pesimismo no es la solución, sino, antes al contrario, la búsqueda de canales complementarios de información, y el paso a la acción en la medida de cada uno, que puede ir desde el no comprar aquello que se sabe contribuye a destruir la naturaleza a, por ejemplo, militar en Greenpeace. Las formas posibles de actuar son muchas. Pero es evidente que ante el creciente deterioro, así como ante la creciente manipulación que pretende ocultárnoslo, hay que hacer algo. La naturaleza de España y el futuro de nuestros hijos y nietos así lo requieren.