MÁS CULTURA, SEÑORES... ES LA GUERRA

Por Jesús Palacios

Lo ha dicho el Reverendo Marilyn Manson, y su palabra va a misa (negra, desde luego): la política y la religión de hoy están en el arte. Yo especificaría que están en la cultura, en su sentido más amplio, y, especialmente, en la cultura popular. Mientras caen torres y vuelan estaciones de tren a nuestro alrededor (y sé bien lo que digo: la estación de Atocha está a diez minutos de mi casa), la televisión, Internet, la música pop, el cine, los multimedia, el cómic y todo lo que conforma nuestro entorno artístico y cultural cotidiano, son el campo de batalla experimental sobre el que se libran combates de los que depende nuestro futuro más inmediato y real. No exagero.


Todo está en los libros
Antes de que el terrorismo islámico comenzara su jihad mundial, destruyendo vidas con esa tranquila furia fanática que solo la religión puede imbuir en sus adeptos, Salman Rushdie había sido ya condenado por escribir novelas blasfemas. Antes de que los Estados Unidos recomenzaran su tarea imperialista de apoderarse de Oriente Medio, ya novelistas como Tom Clancy habían llenado la cabeza de sus lectores de amenazas islámicas y terroristas musulmanes imaginarios... Que ahora se han convertido en realidad. Incluso ETA, tiene un origen literario y artístico: los folkloristas y etnógrafos vascos y vascofranceses que, a finales del siglo XIX y principios del XX, reinventaron el euskera, "descubrieron" el origen atlante de los vascos y recrearon una mitología popular para los hijos de Aitor. Lo primero que ardió en la Alemania Nazi fueron los libros, mientras el "arte decadente" era retirado de los museos... Para ir a decorar los palacios privados de los altos dirigentes del partido. Z (pronúnciese Zi) Budapest, una bruja feminista americana, nacida en Hungría, cuyo culto excluye por completo a los hombres, lo ha expresado con lúcida sencillez: "La mitología es la madre de las religiones, y la abuela de la historia. La mitología es una creación humana, producto de artistas, narradores y gente del espectáculo, de todos los tiempos. Abreviando, los hacedores de cultura son los soldados de la historia, más efectivos que pistolas y bombas. Las revoluciones se ganan realmente en los campos de batalla culturales."

El huevo mitológico antes que la gallina monstruosa
Por banal que pueda sonar esto cuando el gobierno de nuestro país ha cambiado de manos, en gran medida como producto de un atentado terrorista literalmente explosivo, una vez más no hay que olvidar que el huevo mitológico, religioso, cultural, va siempre antes que la gallina monstruosa que rompe su cascarón para salir al exterior, pisoteándonos como Godzilla. Es muy probable que todavía nos queden muchos horrores más que ver y sentir. Muchas torres pueden caer todavía, y los cimientos de nuestra falsa seguridad de civilizados individuos occidentales volverán, sin duda, a temblar en muchas más ocasiones... Pero el mundo del arte y la cultura nos está avisando con sus guerras particulares, privadas y públicas, y un atento análisis del mismo, puede llevarnos a evitar que sus monstruosidades más evidentes afloren en la realidad material de pérdidas humanas y daños irreparables. Un mundo en el que la televisión como espectáculo de la humillación humana, continua y constante (desde Gran Hermano hasta todas sus actuales variantes), es lo más visto y vendido, en el que se limitan las libertades informativas y las opciones estéticas de los espectadores y lectores sin que estos apenas sean conscientes de ello, prepara sin duda a sus habitantes para convertir la humillación moral en forma de vida, en el trabajo y la familia, y la censura en hábito mental, que no será siquiera necesario instituir políticamente.


Control, Manipulación, Censura
Continuamente el mundo del arte y del espectáculo es utilizado como campo de pruebas para nuevas y devastadoras armas, tan potentes como las peores armas químicas que nunca tuviera Iraq. En los informativos televisivos, según la cadena de que se trate, un mismo acontecimiento es completamente distinto, o se ignoran los detalles del mismo que puedan ser molestos, o inconvenientes, para sus espectadores. Este año, hemos visto la ceremonia de entrega de los Oscar de Hollywood, con cinco segundos de diferencia entre el tiempo real y su emisión televisiva... Tiempo de sobra para convertir ya la teta de Janet Jackson en todo un símbolo de la libertad de expresión y la libertad individual. En muy pocos años se ha evidenciado la guerra cultural entre quienes se pretenden enemigos de lo políticamente correcto, mientras aplican la corrección política en su propio entorno, contra quienes desconfiamos de cualquier tipo de corrección.

Elegir entre Tarantino o Ken Loach ha llegado a significar algo más que preferir un tipo de cine (por cierto, ¿qué oscura maniobra tramarán esos a quienes nunca gustó Tarantino y ahora alaban Kill Bill, su film más pop, violento, sangriento y aparentemente banal?). A lo largo de los 90 se han producido flagrantes casos de censura y prohibición, o al menos serios intentos de lo segundo, sometiendo a persecución mediática y judicial a dibujantes de cómic como Vuillemin o Miguel Ángel Martín, o a libros como Todas putas, de Hernán Migoya, sin que, salvo en este último y delirante caso, a nadie haya parecido importarle. Se pueden seguir las fluctuaciones del poder político atendiendo a los cambios de registro y a las subvenciones que reciben o dejan de recibir festivales de cine, música y teatro, mucho mejor que siguiendo las noticias políticas. Dice más sobre nuestros gobernantes o sobre ciertas comunidades y regiones el festival de cine que tienen, que su supuesta posición política o social. Tras una galería de arte moderno puede concentrarse un insospechado poder político y económico, mientras la globalización mundial es criticada por medios informativos que pertenecen todos a un mismo holding empresarial, que diversifica su capital creando empresas distintas solo en apariencia, mientras globaliza y monopoliza la opinión y la cultura de la misma manera que finge criticar políticamente la globalización.


El fin del mundo tal y como lo conocemos
Puede que este no sea el momento más apropiado para decirlo. Quizá por ello, convenga hacerlo: las bombas que estallan causando cientos de muertos y heridos, afectando a miles de ciudadanos inocentes, han estallado antes de forma aparentemente incruenta en el teatro bélico del arte y la cultura. Provienen del mismo fuego divino e infernal que ha quemado libros, condenado autores y censurado películas. Proceden del mismo universo cultural que ha creado o resucitado arquetipos míticos delirantes, desquiciados, prehistóricos... Pero útiles para sus fines. Fines que pueden ser el final de todo o, al menos, como decían REM en una de sus mejores canciones, "el fin del mundo tal y como lo conocemos".