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Fernando Arrabal
arrabalf@noos.fr
El inmaculado camillero ¡tan parecido a Anelka! me llevó
jovial hacia el quirófano, en andas y volandas, a bordo de un alto
moisés protegido por gruesos barrotes cromados y relucientes. Mi
guía iba vestido de verde limón, como el color de las sábanas
que me acunaban, y de la esperanza. Para conducirme se había tocado
con un gorro de ducha transparente que hacía juego con su cubrebocas.
¡Qué recorrido tan delicioso! ¿Como el primer circuito
turístico que los griegos nombraron teórico?
Para los atenienses la meditación era la teoría (theôria)
que oponían a la práctica (praxis). Yo también
durante el itinerario hacia la sala de operaciones medité, ¿con
un júbilo parecido al que experimentó el primer ser humano
la primera vez? Pero en plena teoría la praxis llevó
a mi mente tórridas escenas pornográficas, cuando hubiera
debido pensar en las postrimerías.
A menudo, jugando al ajedrez, me canturreo reiterativamente un estribillo
que nada tiene que ver con la partida; esta vez me repetía dos
versos del poeta-editor y ¡también camillero! Raúl
Herrero: "prolongas mis convulsiones/vernáculo, tabernáculo".
Guiado por "mi anelka" la subida en ascensor, idealizada por
mi forzosa inmovilidad, se transformó en levitación. Me
habían ataviado, antes de iniciarse la travesía clínica,
con una batita casi sin mangas, corta y amarilla. ¿Como vestían
los griegos a los enfermos que llevaban de excursión al templo
de Esculapio el dios curalotodo? Mi atuendo, como casi todo en este hospital
parisiense, llevaba impreso "Assistance Publique" (es decir
la antigua Inclusa). En verdad me sentía tan dichoso como el inclusero
mimado por las gigantescas manazas -para él- de la hermanita de
la caridad. Mi automedonte me condujo por varios pasillos de verbena cristalina
e insonorizada. Me embriagaba el perfume pero no conseguía identificarlo.
¿Era un aderezo etéreo de alcohol, alcanfor, jengibre y
éter? El coloso y también bienaventurado pánico,
por fin, antes de desaparecer me instaló en un alveolo célico
con una claraboya radiante a dos metros de mis ojos. Aun sin poder andar
recé "la oración peripatética a un dios ateo"
que horas antes me había compuesto Jodorowsky. Instalado en la
empinada cuna de limbo -¿o era el vientre de mi madre?- no sentí
ninguna ansiedad. En semejante antesala de sangre y bisturís, ¿podía
nacer aquella inexplicable euforia?
Sin embargo, las dos veces que viví intervenciones cirujanas parecidas
¡cómo me habían acongojado el dolor y la angustia!
Los tres episodios respetaron el ciclo de los veintitrés años,
pero ¿por qué este tercer acto era tan opuesto a los dos
precedentes?
Para obedecer al rito nacional tuve que dirigirme al público teatral
madrileño tres días antes de la intervención quirúrgica.
La Pasión, que había visto representada brillantemente me
había conmocionado. Pero durante aquellos instantes, solo en escena
y con la obligación de hablar a una muchedumbre invisible y desconocida,
vislumbraba imágenes de lo que barruntaba como mi inmediata pasión
y posible muerte en un hospital francés ¡el primer día
de la Semana Santa! No obstante súbita y misteriosamente, en estado
hipnótico, me oí concluir las breves palabras refiriéndome
a... ¡mi resurrección!
Durante la larga operación no tuve ninguna de las pesadillas que
me aterraron hace veintitrés y cuarenta y seis años. Algunas
de las cuales las he contado al pie de la letra en obras como "Los
dos verdugos".
Mientras me operaban, en sueños, realicé un periplo divino.
Un vehículo deslumbrante me llevó a una velocidad vertiginosa.
Recorrí laberintos y selvas exponenciales centuplicándose
instantáneamente, galaxias con planetas trapecistas, túneles
radiantes entre abismos oceánicos que subían al cielo. No
me daba tiempo para verlo todo, pues todo desfilaba rapidísimamente.
Flores gigantescas y microscópicas reían a lágrima
viva, piedras preciosas y espejos de goma daban saltos por la luna, caleidoscopios
con cuernos de rinocerontes se abrían a mí acogedores cuando
iba a estrellarme contra ellos. Surgían voces como si conversaran
cerca de mí ángeles humanos. Un estruendo sorprendentemente
armónico interpretaba la sinfonía del Edén. Lis en
otro vehículo (¿encima de mí o debajo? ¿detrás
o al lado? ¿cruzándome diagonalmente o cayendo perpendicular
desde lo alto?) me siguió un segundo y nos alejamos irremediablemente.
Pero sabía que más tarde nos encontraríamos, felices.
Samuel vino a bordo de una vaca meteórica. Me explicó algo
tranquilamente, pero dada la velocidad sólo oía palabras
sueltas. A Lélia, corriendo vertiginosamente a caballo de Freud,
tampoco conseguía poder dirigirme a ella. Mi padre como el rayo
supersónico salió del pasillo de la muerte del Penal del
Hacho. Sabía que íbamos a besarnos en el fondo del firmamento
entre cataratas de arena. Desternillándose Didier Khan y Kundera
pasaban como bólidos. La nonagenaria volaba a bordo de un cohete
supersónico gracias a su perfusión de oxígeno en
la nariz. Mientras a ella y a sus tres biznietos la despojaban de su fortuna
reía seráficamente convertida en "pobre de solemnidad".
Los patafísicos coreaban "bienaventurados los pobres"
en un eco que se podía masticar. Yo mismo desaparecía y
aparecía irreconocible para mí mismo. Dios me tragaba y
me proyectaba. Me sacó de mi supersónico vehículo
para colocarme en la palma de Su mano. Sentía que iba a ocurrir
algo aún más prodigioso cuando...
...una voz me susurró dulcemente: "Monsieur Arrabal, comment
allez-vous?". Reconocí a la anestesista... y tomé tierra.
El periplo de iniciación (la theôria) sólo
acababa de comenzar. ¡Qué felicidad!
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