¿ES POSIBLE SER FELIZ?

Por Luis Cencillo*

¿Es la felicidad una "mariconada"? No es mía la expresión sino de un psiquiatra que en una terapia de grupo experimental, se descolgó con estas aladas palabras. El nombre de "felicidad" es cierto que suena cursi y que en castellano no tiene sinónimos de repuesto, como los hay en griego, salvo "dicha" que suena todavía peor...

El hecho social es, sin embargo, innegable: Todos quieren obtener un estado afectivo y práctico que sea distendido, difusamente gratificante, sereno, seguro y que suponga encontrarse francamente bien consigo mismo. Un estado de flexible autonomía capaz de logros importantes y seguros.
Autoestima y autoidentificación en relación con un poder de motivarse activamente, son la base de la llamada felicidad, si es que es posible. Y, desde luego, lo opuesto nadie desea experimentarlo, salvo algún masoca patológico (que si es lúcido acudirá a un terapeuta para salir de este tipo de emocionalidad deseante). Posiblemente nadie desearía estar confuso, no saber de sí, despreciarse, ser indeciso, inseguro, resentido y tender a ocuparse de tonterías o de cosas destructivas y arriesgadas. Pues bien, esto es lo opuesto a eso que se suele llamar "felicidad".


Se trata de dos constelaciones de posibilidad: "dicha" y desgracia, buena o mala suerte. La última es frecuente y nos vemos en ella sin comerlo ni beberlo, casi solemos partir de ese riesgo como de un estado inicialmente forzoso; la primera es rarísima y hay que construirla como se pueda.
Pero la felicidad es asequible (ahora trataré de explicar cómo), y, desde luego, ¡no depende de los otros...! Sólo de nosotros. Supone crear un ser estable, no fácilmente vulnerable, y "autoposeído". Aunque pueda ser atacado de muchos modos y tenga que luchar para no perder.


No se pierde la felicidad sino por quien lo cifra todo en la estabilidad del tener ("capitalista"). Así componen la felicidad conjuntamente estos factores:


- Autoposesión, l i b e r t a d no alienada y no arbitraria/destructiva: no dependencia de opinión y afecto ajenos.
- Integración Psicológica y social, ambas dinámicas y en una praxis. Poseyendo la claves de la propia comprensión.
- Lucidez de juicio y de valoración, capacidad de elaborar duelos y encontrar soluciones.
- Dominio mental claro sobre los factores, la relación de medios a fines y la previsión de amenazas reales.
- Aceptación objetiva para dialécticamente trasformarse.

Precisamente uno de los rasgos de la felicidad, es su independencia de la circunstancia, o mejor, su capacidad de superar los condicionamientos extraños que se le opongan.
Ganarse con cierto esfuerzo este estado anímico y existencial, le añade un sabor colateral. Parece que se es "más feliz" cuando se debe a uno mismo la estabilización segura de lo positivo e importante que se ha logrado. Pero aún hay más ingredientes de la llamada "felicidad".


Es bastante desolador y estéril carecer de autoestima. No es humildad sino depresión, lo mismo que la autoestima no es soberbia sino justeza. No es imaginarse ser más de lo que se es, sino sentir lo que se es -poco o mucho- pero apreciarlo como propio y no tirárselo a la cara, resentidamente, a la providencia. Más vale lo poco, real y propio, que somos, que lo ajeno e irreal que fantaseamos ser. Sin autoestima y sin moderación no se puede ser feliz. Esto, vaya dicho ya de antemano.


Todo viene de una dicotomía absurda creada por Bender que divide a los humanos en perdedores y ganadores. ¿Perdedores de qué? Naturalmente este modo de hablar no tiene sentido tratándose de seres humanos. Lo único que significa, muy en el fondo, es que uno está perdido de sí mismo. Y así no se puede ser feliz. Lo mismo que sin autoestima.
Pero, ¿se puede ser feliz de alguna manera? ¿Se ha preguntado alguien alguna vez en serio qué es la felicidad? En serio sí, pero con un planteamiento inadecuado.
Hay quien no cree en la felicidad, como no cree en el amor... eppur si muove: hay quien lo experimenta al vivir.


El hombre es un animal utópico: no desea más que la felicidad y ésta no le es dada nunca. Al menos no con "F" mayúscula. Sólo se le promete y ello mediante una fe. O sea que la especie humana sólo puede sentir que tiene acceso a la "Felicidad" honda y completa desde la apuesta de una fe, no desde la demostración de las ciencias. Éstas hablan de buena salud y de economía saneada, y a lo más (la Sociología) de habilidades sociales y de éxitos de público. Y es la felicidad lo más importante en el humano existir. Luego lo más valioso es lo más inseguro.


La especie humana, en la incertidumbre de su deseo, trata de construir "un mundo feliz" sobre unas científicamente inciertas posibilidades de utopía dudosamente realizable.
La felicidad lograda no corresponde a ilusiones, sino a sólidas y asertivas conductas comprometidas. A pesar de que les parezcan ilusas a algunos. Y es que la realización personal radica en la dinámica de elaboración de duelos, maduración de afectos, modos de motivarse ilusionadamente -a pesar de las decepciones . No en otra cosa. Y esto es duro.


Desde luego, si se espera que todo sean facilidades y suerte, casualidades afortunadas y coincidencias favorables, nunca se verán realizadas las expectativas del deseo.
Ni quien espera la suerte ilusamente, ni quien trata de forjarla voluntarísticamente la encuentran: La suerte genera la felicidad sólo como una frágil asociación casi impensada de casualidad o tras tenaz dedicación. Y entre los pocos que llegan a obtener esta felicidad, la mayoría no repara y tropieza en las limitaciones que presenta su felicidad, para aguarse la fiesta.


Aun la felicidad mejor lograda y completa, tiene interrupciones, sombras y puede que también tenga un final, por lo menos con la muerte del hombre feliz... Si no, no sería humana.
¿De qué va pues la vida? La vida es la doma del deseo. No su anulación... Es el ir despertando la conciencia y la consolidación de sí mismo. Es una oportunidad de hacer y de hacerse, de amar y de amarse, de incrementar el propio ser actuante con la dialéctica cooperación de todas las cosas posibles (lúcidamente seleccionadas).


La vida no consiste en realizaciones perentorias ni en estados puntuales, sino en oportunidades de caer en la cuenta de quién se es y de qué son las cosas (¿grandes mentiras?).
Por esta razón, todo el que trate de actuar para su realización propia ha de pasar por la superación de su dependencia de las cosas y por el desenmascaramiento de las expectativas vulgares de su deseo.
No es posible que nadie pierda si se gana a sí mismo.
Sólo se pierden las imágenes de las cosas que no se tienen, pero que se cargan de libido deseante. Por eso desazonan.


Mas la felicidad pertenece al orden del ser, no al de tener ni al de aparecer; aunque algunos se sientan felices con sólo parecer que son más de lo que son. Y a veces parecen porque tienen o creen tener.
La felicidad es ante todo una v i v e n c i a.
Puede tenerse todo para ser "feliz" y no vivenciarlo así.
Desde luego nunca se tiene todo, por lo menos no por mucho tiempo, pero sí se puede llegar a tener:
La vivencia continuada de estabilidad
realizando bienes productivos y participativos
y solucionando cuestiones sustanciales.

La posesión de lo no productivo, de lo intransitivo, de lo que no es participable, ni enriquece a otros, no llega a reunir las condiciones de felicidad sustantiva.
El mal planteamiento clásico ha sido no centrar la felicidad en la vivencia, sino en el objeto: poder, placer, fama, dominio...
Todo esto nos descubre otras dos condiciones de la felicidad:


a) El no obtenerse a costa de nadie.
b) El poder realizarse en cada generación y época y no depender de una evolución macrohistórica de la praxis (que es el defecto condicionante de la teoría marxiana).
La felicidad ha de ser algo más sencillo y casero que el resultado macroeconómico de una "revolución mundial".


El altruismo y el sacrificio del bienestar propio por el bienestar colectivo absolutamente nadie lo censura, salvo algún cínico, y sólo se atreven a hacerlo con un cierto tono humorístico.
Hay quienes son francamente desgraciados tan sólo por no tener ideas claras que les ayuden a elaborar sus duelos: se ahogan en sus problemas cotidianos. Y más sutil aún: cuando en una vida objetiva o aparentemente feliz no se llega a serlo, pues todo su estar en el mundo se halla minado por tensiones profundas de impaciencia, amor propio narcisista, deseos secretos e inconfesables de "ser más que nadie", o que los demás y las circunstancias objetivas se plieguen al propio deseo.
Nadie comprende nada a fondo.


Hay, por lo tanto, dos grandes paradojas en la cuestión de una búsqueda de felicidad consistente: A. Gran parte de los seres humanos nutren su sensación de felicidad y de identidad valiosa a costa de humillación, sujeción, explotación de otros y de violencia. B. Gran parte se encastilla en aparecer como no es, adoptando modelos extrínsecos que falsean su autenticidad, para perecerse a figuras consagradas por cualquier moda, sin contenidos humanos ni "verdad".


Podemos ya sistematizar distinguiendo cuatro grupos de tipos, bastante diferentes entre sí, de vida feliz:
Primer Grupo: Felicidad práxicamente productiva. En ella el aspecto negativo puede ser el afectivo amoroso, la soledad íntima o la incomprensión de la pareja exigente de atención. Y su riesgo, el narcisismo y el orgullo: creerse autor de la propia buena suerte y forjador de su brillante destino....
Segundo Grupo: Felicidad afectiva y amorosa en el seno de la familia (aunque profesionalmente haya sus contradicciones y luchas competitivas). Su gran riesgo es que el afecto, en lugar de ser un amor genuino y limpio, se haya convertido en simbiosis fijativa, que aliene en la fusión grupal las personalidades de los hijos (que ni siquiera lleguen a darse cuenta de ello y permanezcan por mucho tiempo adheridos al grupo o a la pareja parental). Aparte de que otro peligro frecuente en tales familias es que el grupo feliz y logrado se cierre sobre sí mismo y reduzca a los demás a objeto de beneficencia o sujeto de admiración obligada de sus logros modélicos.
Tercer Grupo: Felicidad procedente de la moderación del deseo y la sensatez cooperante con la praxis ajena y objetivamente orientada. Es la más sólida de todas y la que más carece de riesgos, pues la moderación y la sensatez evitan o ahogan los riesgos en su momento de ir a brotar. En esta línea, su grado máximo es la creatividad en apariencia fácil pero muy cualificada que resuelve las cuestiones con acierto a pesar de su aire de improvisación osada.
Cuarto Grupo: Felicidad laboriosa y dialéctica que sabe obtener la ácida satisfacción del logro de la elaboración de numerosos duelos y de la aceptación del duro e indudable "destino", como lo inevitable, lo providencial y lo p r e d e s t i n a d o a uno mismo como vía de realización. Si a esta dialéctica de dolor y de logro se une fe en algo más que la praxis intrasocial y se adquiere una identidad e s c a t o l ó g i c a, de modo que se logre vivir intensamente en otros planos más de diferente valor y trascendencia, tanto mejor. En este caso la felicidad puede ser más plena que la del primer grupo y por añadidura con la afectividad viva y abierta a todo y a todos y el respeto al otro (hijos incluidos) íntegro y objetivo.


Parece que lo más consistente y real es afirmar, como primera condición o componente la independencia del juicio ajeno (sin llegar a la insolencia, a la desconsideración y a la insensatez de no tener en cuenta las repercusiones del propio comportamiento). No puede ser del todo ni básicamente feliz quien se siente tributario de la aprobación de otros. Por lo tanto, la base sólida y firme de toda felicidad radica en aceptarse como se es:
sin ilusiones maníacas
ni temores paranoides

Con una dinámica genuinamente d i a l é c t i c a de avance y de mejora desde la modestia de las posibilidades iniciales y con una tenacidad nunca crispada ni ambiciosamente motivada.
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La felicidad no puede estribar en lo externo: radica en la actitud y la disposición de ánimo. Varios son los factores esenciales o requisitos de la felicidad, aun compatibles con hostilidades y contrariedades externas:
- Claridad mental y capacidad de discernir ideas, afectos, valores y logros.
- Aceptación de las propias limitaciones circunstanciales.
- En consecuencia capacidad de elaboración de duelos y contrariedades, pues unos y otras fatalmente se producen.
- Libertad elástica, tanto respecto de la opinión ajena como de los propios apegos.

Lo que no da resultado alguno es la dispersión de deseos, el tejer y destejer, el oscilar realmente de modo contradictorio y pronunciado entre contrarios, sin lograr establecer un equilibrio dialéctico entre ellos. La mayoría se malogra en esta oscilación perpleja. Y no llega a producir en concreto nada consistente. Lo más decisivo del tiempo se les pasa en proyectar, a veces minuciosamente, pero les falta decisión para dar el primer paso que cambie su ritmo de vida o su dedicación... Así no se puede ser feliz.

* Luis Cencillo es terapeuta, antropólogo, psicólogo, filósofo y humanista. Preside la Fundación Cencillo de Pineda.