¿Es la felicidad una "mariconada"?
No es mía la expresión sino de un psiquiatra que en una
terapia de grupo experimental, se descolgó con estas aladas palabras.
El nombre de "felicidad" es cierto que suena cursi y que en
castellano no tiene sinónimos de repuesto, como los hay en griego,
salvo "dicha" que suena todavía peor...
El hecho social es, sin embargo, innegable:
Todos quieren obtener un estado afectivo y práctico que sea distendido,
difusamente gratificante, sereno, seguro y que suponga encontrarse francamente
bien consigo mismo. Un estado de flexible autonomía capaz de
logros importantes y seguros.
Autoestima y autoidentificación en relación con un poder
de motivarse activamente, son la base de la llamada felicidad, si es
que es posible. Y, desde luego, lo opuesto nadie desea experimentarlo,
salvo algún masoca patológico (que si es lúcido
acudirá a un terapeuta para salir de este tipo de emocionalidad
deseante). Posiblemente nadie desearía estar confuso, no saber
de sí, despreciarse, ser indeciso, inseguro, resentido y tender
a ocuparse de tonterías o de cosas destructivas y arriesgadas.
Pues bien, esto es lo opuesto a eso que se suele llamar "felicidad".
Se trata de dos constelaciones de posibilidad: "dicha" y desgracia,
buena o mala suerte. La última es frecuente y nos vemos en ella
sin comerlo ni beberlo, casi solemos partir de ese riesgo como de un
estado inicialmente forzoso; la primera es rarísima y hay que
construirla como se pueda.
Pero la felicidad es asequible (ahora trataré de explicar cómo),
y, desde luego, ¡no depende de los otros...! Sólo de nosotros.
Supone crear un ser estable, no fácilmente vulnerable, y "autoposeído".
Aunque pueda ser atacado de muchos modos y tenga que luchar para no
perder.
No se pierde la felicidad sino por quien lo cifra todo en la estabilidad
del tener ("capitalista"). Así componen la felicidad
conjuntamente estos factores:
- Autoposesión, l i b e r t a d no alienada y no arbitraria/destructiva:
no dependencia de opinión y afecto ajenos.
- Integración Psicológica y social, ambas dinámicas
y en una praxis. Poseyendo la claves de la propia comprensión.
- Lucidez de juicio y de valoración, capacidad de elaborar
duelos y encontrar soluciones.
- Dominio mental claro sobre los factores, la relación
de medios a fines y la previsión de amenazas reales.
- Aceptación objetiva para dialécticamente trasformarse.
Precisamente uno de los rasgos de la felicidad, es su independencia
de la circunstancia, o mejor, su capacidad de superar los condicionamientos
extraños que se le opongan.
Ganarse con cierto esfuerzo este estado anímico y existencial,
le añade un sabor colateral. Parece que se es "más
feliz" cuando se debe a uno mismo la estabilización segura
de lo positivo e importante que se ha logrado. Pero aún hay más
ingredientes de la llamada "felicidad".
Es bastante desolador y estéril carecer de autoestima. No es
humildad sino depresión, lo mismo que la autoestima no es soberbia
sino justeza. No es imaginarse ser más de lo que se es, sino
sentir lo que se es -poco o mucho- pero apreciarlo como propio y no
tirárselo a la cara, resentidamente, a la providencia. Más
vale lo poco, real y propio, que somos, que lo ajeno e irreal que fantaseamos
ser. Sin autoestima y sin moderación no se puede ser feliz. Esto,
vaya dicho ya de antemano.
Todo viene de una dicotomía absurda creada por Bender que divide
a los humanos en perdedores y ganadores. ¿Perdedores de qué?
Naturalmente este modo de hablar no tiene sentido tratándose
de seres humanos. Lo único que significa, muy en el fondo, es
que uno está perdido de sí mismo. Y así no se puede
ser feliz. Lo mismo que sin autoestima.
Pero, ¿se puede ser feliz de alguna manera? ¿Se ha preguntado
alguien alguna vez en serio qué es la felicidad? En serio sí,
pero con un planteamiento inadecuado.
Hay quien no cree en la felicidad, como no cree en el amor... eppur
si muove: hay quien lo experimenta al vivir.
El hombre es un animal utópico: no desea más que la felicidad
y ésta no le es dada nunca. Al menos no con "F" mayúscula.
Sólo se le promete y ello mediante una fe. O sea que la especie
humana sólo puede sentir que tiene acceso a la "Felicidad"
honda y completa desde la apuesta de una fe, no desde la demostración
de las ciencias. Éstas hablan de buena salud y de economía
saneada, y a lo más (la Sociología) de habilidades sociales
y de éxitos de público. Y es la felicidad lo más
importante en el humano existir. Luego lo más valioso es lo más
inseguro.
La especie humana, en la incertidumbre de su deseo, trata de construir
"un mundo feliz" sobre unas científicamente inciertas
posibilidades de utopía dudosamente realizable.
La felicidad lograda no corresponde a ilusiones, sino a sólidas
y asertivas conductas comprometidas. A pesar de que les parezcan ilusas
a algunos. Y es que la realización personal radica en la dinámica
de elaboración de duelos, maduración de afectos, modos
de motivarse ilusionadamente -a pesar de las decepciones . No en otra
cosa. Y esto es duro.
Desde luego, si se espera que todo sean facilidades y suerte, casualidades
afortunadas y coincidencias favorables, nunca se verán realizadas
las expectativas del deseo.
Ni quien espera la suerte ilusamente, ni quien trata de forjarla voluntarísticamente
la encuentran: La suerte genera la felicidad sólo como una frágil
asociación casi impensada de casualidad o tras tenaz dedicación.
Y entre los pocos que llegan a obtener esta felicidad, la mayoría
no repara y tropieza en las limitaciones que presenta su felicidad,
para aguarse la fiesta.
Aun la felicidad mejor lograda y completa, tiene interrupciones, sombras
y puede que también tenga un final, por lo menos con la muerte
del hombre feliz... Si no, no sería humana.
¿De qué va pues la vida? La vida es la doma del deseo.
No su anulación... Es el ir despertando la conciencia y la consolidación
de sí mismo. Es una oportunidad de hacer y de hacerse, de amar
y de amarse, de incrementar el propio ser actuante con la dialéctica
cooperación de todas las cosas posibles (lúcidamente seleccionadas).
La vida no consiste en realizaciones perentorias ni en estados puntuales,
sino en oportunidades de caer en la cuenta de quién se es y de
qué son las cosas (¿grandes mentiras?).
Por esta razón, todo el que trate de actuar para su realización
propia ha de pasar por la superación de su dependencia de las
cosas y por el desenmascaramiento de las expectativas vulgares de su
deseo.
No es posible que nadie pierda si se gana a sí mismo.
Sólo se pierden las imágenes de las cosas que no se tienen,
pero que se cargan de libido deseante. Por eso desazonan.
Mas la felicidad pertenece al orden del ser, no al de tener ni al de
aparecer; aunque algunos se sientan felices con sólo parecer
que son más de lo que son. Y a veces parecen porque tienen o
creen tener.
La felicidad es ante todo una v i v e n c i a.
Puede tenerse todo para ser "feliz" y no vivenciarlo así.
Desde luego nunca se tiene todo, por lo menos no por mucho tiempo, pero
sí se puede llegar a tener:
La vivencia continuada de estabilidad
realizando bienes productivos y participativos
y solucionando cuestiones sustanciales.
La posesión de lo no productivo, de lo intransitivo, de lo que
no es participable, ni enriquece a otros, no llega a reunir las condiciones
de felicidad sustantiva.
El mal planteamiento clásico ha sido no centrar la felicidad
en la vivencia, sino en el objeto: poder, placer, fama, dominio...
Todo esto nos descubre otras dos condiciones de la felicidad:
a) El no obtenerse a costa de nadie.
b) El poder realizarse en cada generación y época y no
depender de una evolución macrohistórica de la praxis
(que es el defecto condicionante de la teoría marxiana).
La felicidad ha de ser algo más sencillo y casero que el resultado
macroeconómico de una "revolución mundial".
El altruismo y el sacrificio del bienestar propio por el bienestar colectivo
absolutamente nadie lo censura, salvo algún cínico, y
sólo se atreven a hacerlo con un cierto tono humorístico.
Hay quienes son francamente desgraciados tan sólo por no tener
ideas claras que les ayuden a elaborar sus duelos: se ahogan en sus
problemas cotidianos. Y más sutil aún: cuando en una vida
objetiva o aparentemente feliz no se llega a serlo, pues todo su estar
en el mundo se halla minado por tensiones profundas de impaciencia,
amor propio narcisista, deseos secretos e inconfesables de "ser
más que nadie", o que los demás y las circunstancias
objetivas se plieguen al propio deseo.
Nadie comprende nada a fondo.
Hay, por lo tanto, dos grandes paradojas en la cuestión de una
búsqueda de felicidad consistente: A. Gran parte de los seres
humanos nutren su sensación de felicidad y de identidad valiosa
a costa de humillación, sujeción, explotación de
otros y de violencia. B. Gran parte se encastilla en aparecer como no
es, adoptando modelos extrínsecos que falsean su autenticidad,
para perecerse a figuras consagradas por cualquier moda, sin contenidos
humanos ni "verdad".
Podemos ya sistematizar distinguiendo cuatro grupos de tipos, bastante
diferentes entre sí, de vida feliz:
Primer Grupo: Felicidad práxicamente productiva. En ella
el aspecto negativo puede ser el afectivo amoroso, la soledad íntima
o la incomprensión de la pareja exigente de atención.
Y su riesgo, el narcisismo y el orgullo: creerse autor de la propia
buena suerte y forjador de su brillante destino....
Segundo Grupo: Felicidad afectiva y amorosa en el seno de la
familia (aunque profesionalmente haya sus contradicciones y luchas competitivas).
Su gran riesgo es que el afecto, en lugar de ser un amor genuino y limpio,
se haya convertido en simbiosis fijativa, que aliene en la fusión
grupal las personalidades de los hijos (que ni siquiera lleguen a darse
cuenta de ello y permanezcan por mucho tiempo adheridos al grupo o a
la pareja parental). Aparte de que otro peligro frecuente en tales familias
es que el grupo feliz y logrado se cierre sobre sí mismo y reduzca
a los demás a objeto de beneficencia o sujeto de admiración
obligada de sus logros modélicos.
Tercer Grupo: Felicidad procedente de la moderación del
deseo y la sensatez cooperante con la praxis ajena y objetivamente orientada.
Es la más sólida de todas y la que más carece de
riesgos, pues la moderación y la sensatez evitan o ahogan los
riesgos en su momento de ir a brotar. En esta línea, su grado
máximo es la creatividad en apariencia fácil pero muy
cualificada que resuelve las cuestiones con acierto a pesar de su aire
de improvisación osada.
Cuarto Grupo: Felicidad laboriosa y dialéctica que sabe
obtener la ácida satisfacción del logro de la elaboración
de numerosos duelos y de la aceptación del duro e indudable "destino",
como lo inevitable, lo providencial y lo p r e d e s t i n a d o a uno
mismo como vía de realización. Si a esta dialéctica
de dolor y de logro se une fe en algo más que la praxis intrasocial
y se adquiere una identidad e s c a t o l ó g i c a, de modo
que se logre vivir intensamente en otros planos más de diferente
valor y trascendencia, tanto mejor. En este caso la felicidad puede
ser más plena que la del primer grupo y por añadidura
con la afectividad viva y abierta a todo y a todos y el respeto al otro
(hijos incluidos) íntegro y objetivo.
Parece que lo más consistente y real es afirmar, como primera
condición o componente la independencia del juicio ajeno (sin
llegar a la insolencia, a la desconsideración y a la insensatez
de no tener en cuenta las repercusiones del propio comportamiento).
No puede ser del todo ni básicamente feliz quien se siente tributario
de la aprobación de otros. Por lo tanto, la base sólida
y firme de toda felicidad radica en aceptarse como se es:
sin ilusiones maníacas
ni temores paranoides
Con una dinámica genuinamente d i a l é c t i c a de
avance y de mejora desde la modestia de las posibilidades iniciales
y con una tenacidad nunca crispada ni ambiciosamente motivada.
.
La felicidad no puede estribar en lo externo: radica en la actitud y
la disposición de ánimo. Varios son los factores esenciales
o requisitos de la felicidad, aun compatibles con hostilidades y contrariedades
externas:
- Claridad mental y capacidad de discernir ideas, afectos, valores
y logros.
- Aceptación de las propias limitaciones circunstanciales.
- En consecuencia capacidad de elaboración de duelos y
contrariedades, pues unos y otras fatalmente se producen.
- Libertad elástica, tanto respecto de la opinión
ajena como de los propios apegos.
Lo que no da resultado alguno es la dispersión de deseos, el
tejer y destejer, el oscilar realmente de modo contradictorio y pronunciado
entre contrarios, sin lograr establecer un equilibrio dialéctico
entre ellos. La mayoría se malogra en esta oscilación
perpleja. Y no llega a producir en concreto nada consistente. Lo más
decisivo del tiempo se les pasa en proyectar, a veces minuciosamente,
pero les falta decisión para dar el primer paso que cambie su
ritmo de vida o su dedicación... Así no se puede ser feliz.
* Luis Cencillo es terapeuta, antropólogo, psicólogo,
filósofo y humanista. Preside la Fundación Cencillo de
Pineda.