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Raúl Fernández Vítores
pshyque@hotmail.com
La
guerra es algo terrible. Y toda guerra tiene algo de espectacular. Pero
lo característico de las guerras actuales, al menos desde la del
91 en el Golfo Pérsico, es que su fin principal es el espectáculo.
Un espectáculo atroz, desmedido en su violencia, propio de la representación
bélica, pomposo y, por primera vez, global. La eficacia logística
termina claudicando ante la representación debido precisamente
al carácter global que cobra el conflicto.
Por otra parte, que toda resistencia a la
lógica de las grandes multinacionales que operan en el mundo tienda
a presentarse en la actualidad bajo la égida del nacionalismo o
la religión nada bueno promete. Es preciso situarse más
allá del debate que alimentan los cada vez más concentrados
y dependientes medios de comunicación, e intentar descubrir las
razones económicas que subyacen tras «el choque de civilizaciones»,
«las guerras de religión» o «los conflictos entre
culturas».
En primer lugar, resulta demagógico hablar de la «inicua»
explotación capitalista del Tercer Mundo; en realidad, lo que en
éste encontramos cuando nos topamos con el capital -que no es siempre-
es un ejercicio despótico, pero no un sistema (capitalista) de
explotación: el capital se limita a hacer uso de las formas de
explotación autóctonas. Así actúa en los espacios
bárbaros.
En segundo lugar, desde la guerra de Afganistán sabemos que el
Imperio no responde a la agresión exterior con la «muda»
eficacia de la economía, no matiza su actitud despótica:
responde con la guerra «espectacular», con una salvaje demostración
de fuerza. Locus regit actum. Bombas BLU-82, «cortamargaritas»
sobre Tora Bora.
Frente a las pugnas «ideológicas», propias de la Guerra
Fría, cuyo fin último era la «conversión»,
proliferan en los espacios bárbaros las pugnas «identitarias»
bajo el manto de la religión; frente a las intervenciones militares
«de conquista» (expansivas, dominadoras), proliferan hoy las
intervenciones «quirúrgicas» (puntuales, inhibitorias);
frente a la victoria militar, se alza la desmesura de sus medios; frente
al imperialismo, la afirmación imperial.
Por supuesto que el radicalismo islámico representa una verdadera
amenaza para el «Nuevo Orden» diseñado por los Estados
Unidos de América tras la caída del Muro de Berlín
en 1989. La Zona Cero es un hueco en el corazón del Imperio. Pero
es preciso reconocer que el islamismo radical es hijo del boom del petróleo
de los años 70, que inundó con petrodólares los países
productores, y de la crisis de los precios del crudo que se produce en
la siguiente década. Un aborto de «Occidente». Y es
patente que al menos desde los años 60 la postura europea con respecto
a Oriente Próximo ha sido, por ambigua, nefasta. La revolución
iraní del 79 es un engendro de Europa. Por otra parte, la crisis
de los rehenes en la embajada estadounidense de Teherán sólo
es concebible en el marco de la política de bloques. Idéntico
hecho hoy sería un «acto de guerra».
Pero la cuestión de fondo es otra: el petróleo. Según
los expertos, en Oriente Próximo se encuentran las dos terceras
partes de las reservas petrolíferas del mundo. Es vital para el
Imperio someter a férreo control ese lugar «difuso»,
en tanto realiza la transición hacia nuevas fuentes de energía.
En el ínterin, no tolerará ninguna interferencia en la circulación
del crudo. (Si el 8 de abril de 2002 Sadam Husein proponía suspender
durante un mes las exportaciones de petróleo en protesta por la
ocupación israelí de los territorios palestinos, en marzo
de 2003 estallaba la guerra que pondría fin a su régimen
al cumplirse justo un año desde que el tirano amenazara con cortar
el flujo.) Por esa razón, la presencia militar del Imperio en Oriente
Próximo no ha parado de crecer desde la guerra que terminó
con la ocupación iraquí de Kuwait. Con motivo de ésta,
los Estados Unidos consolidaron posiciones en Arabia Saudí. A lo
largo del año 2003, el control militar de la zona se afianzará
mediante el establecimiento de bases militares estadounidenses en Iraq.
Otros países (Siria, Irán, los Emiratos Árabes...)
ya han «recibido el mensaje».
Herramienta del contraimperio es el cambio de lugar. Una imagen: los tres
aviones de la American Airlines se apartan de los rumbos prescritos y,
sin responder a los controladores, atraviesan los edificios. En ambas
partes (dentro y fuera) la religión sirve para nombrar el lugar
«difuso».
Quede claro, sin embargo, que considero el islam como una apuesta política
absolutamente inaceptable. Una misma cosa son política y teología
para quien persigue la umma, la comunidad. En Occidente, al menos desde
Maquiavelo, la política se piensa al margen de la religión.
Nada bueno vendrá de los países donde se encuentra la mayor
parte del oro negro mientras sigan proliferando en ellos las escuelas
coránicas o madrasas y no se ponga coto al poder de los ulama o
sacerdotes, mientras no se rompa explícitamente con la ley islámica
o sariat.
El control de Oriente Próximo es, pues, vital para el Imperio.
Pero entonces, ¿por qué la guerra? ¿No podría
Occidente haber impuesto dicho control a través de la «pacífica»
economía? Sí, si dentro de Occidente mismo no hubiese una
guerra económica. Y en este punto conviene sacar a colación
las privilegiadas inversiones de la empresa petroquímica francesa
Elf en el Iraq de Sadam y el trato de favor que prometía su régimen
a las compañías alemanas.
Desde la guerra de Afganistán, las intervenciones militares son
abiertamente unilaterales, se llevan a cabo al margen de la ONU e incluso
de la OTAN, buscan el alineamiento incondicional. El Imperio no sólo
detenta el poder de las armas; también quiere hacer residir en
él la potestad de evaluar los «peligros». ¿Es
preciso recordar que toda nueva legalidad se funda en un acto violento?
Si algo ha quedado patente tras la «última» guerra
del Golfo es la obsolescencia del Consejo de Seguridad de la ONU. Este
órgano radicalmente antidemocrático, producto de la lógica
de bloques de la Guerra Fría, se ha revelado del todo inútil,
y es muy probable que en el futuro sea sustituido por alguna instancia
de otro tipo, ¡quién sabe si más democrática!,
alumbrada por el Orden Nuevo.
En la primera guerra del Golfo, los Estados Unidos lideraron la fuerza
internacional con el plácet de la ONU. En la guerra de Yugoslavia,
los Estados Unidos estaban al frente de las fuerzas de la OTAN sin el
consentimiento de la ONU, ya que Rusia jugó la carta del veto.
(Esta guerra fue una victoria de Alemania.) En la guerra de Afganistán,
los estadounidenses (y los británicos) iniciaron unilateralmente
los bombardeos, y sólo una vez terminada la campaña vieron
con buenos ojos el envío de tropas de otros países de la
Alianza a la zona y la mediación de la ONU. En la segunda guerra
del Golfo, los Estados Unidos (y Gran Bretaña) comenzaron los bombardeos
sin el plácet de la ONU y con el rechazo explícito de Alemania
y Francia.
Pero identificar el rechazo de estos países con la paz, y la postura
de Washington y Londres (y Madrid) con la guerra es no querer ver el verdadero
problema que esconde este conflicto, que está en el centro mismo
de Europa. ¡Ojo con Alemania! Este país provocó la
última guerra de los Balcanes, calcando la política del
III Reich en la zona, y fomenta el desmembramiento nacionalista en Europa
para favorecer su expansión y crecimiento económicos. Los
Balcanes son la puerta de acceso a Oriente Próximo. Es más:
el futuro ejército europeo se atisba fácilmente como el
nuevo huevo de la serpiente. Cuando los europeos hablan de «una
Europa fuerte» están en realidad hablando, aunque muchos
no lo sepan, de una Europa germanizada.
La segunda guerra del Golfo Pérsico ha sido un tira y afloja soterrado
entre Francia y los Estados Unidos. La postura de Aznar no ha sido en
absoluto idiota. Sencillamente era un error de Estado secundar el órdago
francés. Francia, potencia nuclear con gran implantación
en África, debe dejar de jugar a superpotencia, pues su economía
no se corresponde con sus pretensiones, debe poner fin al obsceno grandeur
y renovar su vocación atlántica... y los Estados Unidos
deben dejar de apoyar en Europa a Alemania, por mucho que ésta
pueda servir de muro de contención de Rusia.
Hipotecada a Alemania, la postura francesa resulta patética. Quiero
pensar que el llamado eje franco-alemán es coyuntural (la hipotética
prolongación del mismo hasta Moscú es mejor ni mentarla),
me aferro a la tradición revolucionaria y constitucionalista de
Francia, y la opongo al continuismo teutón, que no hizo su revolución
burguesa o sólo la pensó (o soñó) a modo de
mito. (Entre paréntesis, la Historia: la constitución de
los Estados Unidos se remonta al año 1787; la francesa, copia de
la estadounidense, se proclama en 1791; pero fueron los británicos
los primeros que cortaron la cabeza de su rey, en 1649.) De no ser eso
así, es decir, si pensamos que es «más francés»
el gobierno de Vichy que la resistencia, entonces estamos perdidos y no
es insensato imaginar una Tercera Guerra Mundial entre Europa y los Estados
Unidos. Debemos pensar en esto cuando París, Berlín y Bruselas
anuncian cumbres y minicumbres «para lanzar la Europa de la Defensa».
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