LOS QUE ESTÁN DETRÁS

Joaquín Albaicín


"En cualquier caso, los juicios morales están particularmente fuera de lugar en el espionaje".
Graham Greene

"De noche, matanzas secretas; de día, mentiras".
Robert Fisk, sobre la guerra de Iraq

Escasos días antes del 11-M, es interceptado en la capital de Zimbabwe un comando mercenario que confiesa hallarse en tránsito hacia Guinea Ecuatorial, enviado por -entre otros- los servicios secretos españoles para derribar al gobierno de Obiang Nguema. Nadie, curiosamente, baraja una autoría guineana para la matanza de confección artesanal que pocos días después conmocionará Madrid. Nadie cavila tampoco sobre una planificación americana de dichos atentados, pese a que, de no haberse descubierto la capciosidad de la pista ETA, las mismas muertes que catapultaron al PSOE hasta la Moncloa no habrían sino contribuido a exactamente lo contrario: a ampliar la mayoría parlamentaria de que el PP ya disfrutaba. Nadie inquiere tampoco sobre una mano negra francesa o alemana, pese a ser Berlín y París los más interesados en desplazar del poder a un PP revelado como hueso duro de roer en la mesa de negociaciones europea. Y ahora nos enteramos de que un ex confidente del GAL socialista, es decir, uno de los hombres utilizados en el pasado en la guerra sucia por el partido directamente beneficiado por la masacre, solía andar de copas -por decirlo así- con los supuestos perpetradores de la misma.

Todos estos elementos podrían, en efecto, componer un indigesto bebedizo desembocante en gastritis conspiranoica, pero también dar pie a rigurosos y apasionantes diálogos sobre lo mucho que las artes ilusionistas vivifican los fundamentos nucleares de la política contemporánea. ¿No? Como reza el popular dicho colombiano: "Nadie sabe para quién trabaja". Y, de cualquier modo, la premisa a partir de la cual bulle la teoría de la conspiración no es sino la gran verdad de que la historia del homo sapiens es, en su conjunto, un prolongado Expediente-X.

LOS QUE ESTÁN DETRÁS

Aseveraba el hoy olvidado Joseph De Maistre que "jamás han ocurrido en el mundo grandes acontecimientos sin que de un modo u otro hayan sido anunciados". Nada más cierto. "Tras los acontecimientos mundiales, las crisis que agitan al mundo y tras nuestra propia vida están, a nuestras espaldas, 'los que están detrás'. Todos lo sabemos. Para verles la cara tendríamos que darnos la vuelta, lo que se podría si se estuvieran quietos y no giraran con nosotros", comienza Luis Miguel Martínez Otero su libro dedicado al Priorato de Sión. Los que están detrás... Bien podría ser el título de una película de Amenábar. Mas no lo es. Tampoco alude a los peligros acechantes por la retaguardia en una España que, en paralelo al resto de Europa, se ha destapado como tierra de población eminente y mayoritariamente fascinada por lo rectal, o en una América salida tan elocuentemente del armario en Abu Ghraib con esa afición de sus espías y marines a ver árabes en pelotas.

Se refiere -parafraseando el título de un monográfico publicado hace años por la revista Más Allá- a los que manejan los hilos: el titiritero loco que asesinó a Ioan P. Culianu, el director de guiñol que encajó el cargador en la Browning de Ali Agca, el bizarro escenógrafo que urdió el 11-S, el arlequín que voló la cabeza a John Fitzgerald Kennedy, los sátrapas de las finanzas que pilotan la Sociedad Abierta desde inaccesibles y opacos búnkeres cerrados a cal y canto, los anónimos "redactores" que -en vísperas del conato de suprimir al Papa y en momentos clave del juicio a Agca- publican en The International Herald Tribune imágenes cifradas de una famosa obra de arte... Remite, en suma, a las agencias de inteligencia, los Licio Gelli, las sectas, las sociedades secretas, las transnacionales fundadas sobre oscuros pactos de sangre, las iglesias paralelas, las compañías farmacéuticas hambrientas de holocaustos tercermundistas y a todo ese complejo organigrama de gabinetes behind the scene a quienes la sed de poder, la lógica cíclica imperante en el Kali Yuga y la inclinación de sus miembros a la sodomía, la pederastia y la tortura conducen indefectiblemente a conspirar incluso contra sí mismos (algo -esto último- muy humano: ¿no es la propia vida, al fin y al cabo, un complot en que uno se ve impelido a arrojar permanentemente piedras contra su propio tejado por culpa del karma de sus acciones pasadas y presentes?).

¿CONSPIRANOICOS?

En realidad, me pregunto por qué nos es endosada la vitola de conspiranoicos a quienes, por ejemplo, especulamos con axioma tan elemental como que no existen -por regla general- gobiernos legítimos e ilegítimos, sino países donde el gobierno labora al servicio de las mafias y países donde las mafias viven felices al servicio del gobierno. O que los daños colaterales son no sólo asumidos a toro pasado, sino también buscados con pujo y escarbadera y diseñados al milímetro por sus causantes y no tenemos, por tanto, nada claro que el ataque que redujo a papilla las Torres Gemelas no fuera sino un autoataque de rentabilidad perfecta y ejemplarmente calculada. ¿No nos acordamos ya del ministro español que, acusado de destinar al Tercer Mundo enormes partidas de alimentos transgénicos de dudosa salubridad para el consumidor, respondió: "¡Si se van a morir de hambre de todas formas!?". Javier Esteban definió hace poco con suma agudeza a Bin Laden como "la sombra más alargada del Universo". La campaña de promoción disfrutada por éste a cargo de los presupuestos públicos de diversos Estados es, en efecto, tan inaudita que hasta alguien tan ajeno a la cavilación geopolítica o las proclamas salafistas como el recepcionista de un hostal de la Gran Vía nos ilustraba hace poco, mientras tomaba nota de nuestros datos, sobre las severas medidas de seguridad desplegadas por la policía de cara al casorio del Príncipe de Asturias y, antes de hacernos entrega de nuestra llave, remató: "Este Bin Laden... Siempre está preparando algo". ¿Es de locos preguntarse por quién empuña y enfoca el reflector que proyecta tan omnipresente silueta?

Obviamente, la teoría de la conspiración, entronizada como nueva e infalible ortodoxia de análisis que tornaría inteligibles todas y cada una de las crisis mundiales, puede llegar a ser tan tediosa y a convertirse en un pozo tan seco como la política oficial. Ya lo dijo Benet: "Uno de los rasgos más antipáticos que tienen en común muchos gobernantes, muchas mujeres y muchos críticos literarios es que ya no se sorprenden de nada". Lo mismo sucede a infinidad de conspirólogos. Tampoco debería hacer falta decir que a la mayoría de los gobiernos "en la sombra" denunciados por éstos no para de vérseles el plumero continuamente. Quien estas líneas suscribe es, por lo demás, el primero en admitir que no es raro reconocer en los más prominentes conspiranoicos a vendedores ambulantes de información pretendidamente "sensible" por cuenta de los mismos poderes a los que se enfrentan de cara a la galería. Pero, ¿no se encuentra en idéntico caso gran parte de los columnistas de opinión hoy reputados de más lúcidos? En rigor, el columnismo de opinión parece haber olvidado en bloque que, cuando de determinar responsabilidades ocultas se trata, la pregunta raíz es siempre: "¿Quién se beneficia?" Hace pocas semanas, asesinaron en Gaza a Abdel Aziz Rantisi, máximo dirigente de Hamas. ¿Qué comentarista se dignó recordar que sólo unos días antes el nuevo mártir de la guerrilla palestina había declarado públicamente enemigo de Dios y del Islam... a George Bush? Ni uno, que yo sepa. ¿Extraña que diagnostiquemos a las plumas nacionales de primerísimo rango la urgente necesidad de someterse a una lipectomía?

SERIEDAD, SEÑORES

Hablando en plata, las auténticas conspiranoias suelen resultar mucho menos punzantes para el poder. Valga a modo de ejemplo la de los cerealogistas, que suponen los crop circles o círculos de las cosechas bien el alfabeto gremial de un sanedrín o Tabla Redonda planetaria operante entre bastidores, bien obra de extraterrestres heraldos de un inminente "salto evolutivo". El mejor compendio sobre esta explosión de "terrorismo artístico" se lo debemos a Andy Thomas, quien ha tenido el acierto de subtitularlo El enigma de un arte anónimo. La propia conspiración, de hecho, rehuye por principio toda firma. Acaso, en palabras de Thomas, sea su impacto, y no su origen, lo importante de los crop circles y, por extensión, añadiríamos, de todo mapa de fenómenos enigmáticos o de políticas ajenas en apariencia a los catones de uso común. En efecto, cualquiera que sea el fin perseguido por el engranaje conspiratorio (el adelanto del apocalipsis, la constitución de un gobierno mundial, la erección del Tercer Templo, la llegada del nostradámico Gran Rey del Terror, una cada vez más vacua y peor definida "mutación" del género humano...), éste ha de ser precedido y preparado por una sucesión de "golpes de mano" con el suficiente calado para influenciar la psicología profunda de las masas. Y la clave no es tanto la faz o filiación de quienes están detrás -perfectamente intercambiables, por otra parte- como quién, a su vez, maneja a éstos.

A espaldas de los que están detrás, obviamente, resopla el gran falsificador. Advierte Jean Robin -Leo Taxil de nuestro tiempo- de que: "Cuando se recurre al diablo, aunque no sea más que para denunciar sus fechorías, es muy difícil deshacerse de él". Con independencia de ello, no cabe duda de que es a los pechos del gran cabrón donde la naturaleza paródica de la sociedad post-apocalíptica en que el terrorismo a granel constituye una más de las ofertas del parque temático sorbe su leche alucinógena. En este sentido, nada ejemplificaría y desnudaría mejor el meollo del proceso de globalización donde mochila teledirigida y culto al espectáculo se dan la mano como que, en breve, las compañías aéreas agasajaran a los pasajeros de business class con un número de Playboy con desplegable de Carmen Bin Laden enjabonándose en el yakuzzi. ¿Se entendería, al fin, el mensaje?

BIBLIOGRAFIA SELECTA
A. Thomas, Crop Circles. El enigma de un arte anónimo (Siruela,2004)
J. Robin, Las sociedades secretas y la cita del Apocalipsis (Heptada, 1990).
T. Meyssan, La gran impostura (La Esfera, 2002).
T. Antón, El caso del profesor Culianu (Siruela, 2000).
L. M. Martínez Otero, El Priorato de Sión (Obelisco, 2004).