Hace unas semanas, Sákyong Míphan Rímpoche transmitía
a unos tres centenares de madrileños el mensaje que inspira su
enseñanza y da título a su nuevo libro: Convertir la
mente en nuestra aliada. Es, en efecto, la mente -esa serpiente traicionera
pero indefectiblemente trismegística y, pues, materia de transmutación
luminosa- el único auxilio en que el budismo tibetano y la corte
exiliada de Lhasa parecen ya poder confiar. Profecías formuladas
ya en tiempos de su predecesor señalan al actual Dalaï Lama
como último de su linaje.
También el anterior
Karmapa anunció antes de morir a varios de su discípulos
de más confianza que la entidad espiritual a la que servía
de soporte sólo continuaría manifestándose con
las vestiduras de Karmapa por tres o cuatro emanaciones más.
La cabeza profética del monje guerrero Dja Lama, decapitado por
los comisarios bolcheviques en su fortaleza del Gobi Negro y conservada
hasta hoy en el Museo Etnográfico petersburgués, ya no
parpadea. Los oráculos se secan o comienzan a presentar indicios
de haber sido tomados por fuerzas de negro designio... Las raíces
de la tribulación tibetana no arraigan, pues, sino en el propio
desenvolvimiento cíclico de la tradición espiritual activada
por el Buddha, no operando los verdugos de la estrella roja que en las
calles de Lhasa embetunan sus botas con el orgullo de los sometidos
más que cual ejecutores ciegos e ignorantes de la implacable
justicia cósmica, como puros esclavos del karma lo mismo que
los funcionarios del gobierno de Dakka que, en las montañas de
Bangladesh, proceden desde hace años al exterminio de los chakma,
el pueblo del Príncipe Siddhartha, ante la indiferencia y el
total silencio de la llamada comunidad internacional. La excusa es la
de siempre: "Rehusan integrarse en la sociedad"...
ANTE EL FIN DE UN CICLO
Todo, pues, y ello con independencia de que las diversas cartas astrales
del Dalaï Lama consultables online predigan que, tras larga y paciente
lucha, éste logrará liberar a su país de la ocupación
china, parece indicar que el budismo tibetano está llamado a
conocer relativamente pronto su particular De Gloria Olivae. Cuando
se asume que no hay reloj sin las horas contadas y se tienen presentes
estos Signos de los Tiempos, no puede sorprender la progresiva disolución
de los grupos guerrilleros y tropas de montaña que Washington
y Delhi entrenaron a lo largo de los años de cara a una hipotética
restauración del Dalaï Lama en el Potala, la expresa renuncia
por parte de Tenzing Gyatso a la independencia del País de las
Nieves a cambio de una autonomía real ni las declaraciones semioficiales
surgidas en el marco de la última cumbre sino-india celebrada
en Pekín. Chantajeado por la escalada de asesinatos desencadenada
por la guerrilla maoísta, también el gobierno de Nepal
se ha visto obligado a interceptar e impedir la entrada en el reino
a cuantos, con frecuencia encarando arriesgados viajes de varios meses,
ganan sus fronteras tratando de huir de la dictadura del proletariado.
La República Popular China se ha ocupado de que asimismo las
relaciones con Rusia se enfríen, en tanto Estados Unidos se limita
a guardar en la manga la carta tibetana para cuando periódicamente
interese echar algo de sal en la herida de Taiwan.
Tales fluctuaciones no deben, sin embargo, al menos en los casos de
India y Nepal, interpretarse como síntomas de un abandono del
Tíbet legítimo a su triste suerte. En rigor, las periódicas
concentraciones convocadas por el Dalaï Lama en Central Park representan
a efectos prácticos -aunque no mediáticos- bien poco,
como todo cuanto pretenda sustentarse sobre la palabra de un establishment
americano con el que, todo sea dicho, escasos vínculos unen a
Scorsese, Bertolucci, Annaud, Uma Thurman o Richard Gere, en comparación
con el sostenido esfuerzo en pro de los refugiados tibetanos liderado
durante años por Kathmandu y, especialmente, Delhi. La verdadera
capital administrativa, si asi puede decirse, del imperio mahayana continúa
siendo Dharamsala, en el estado indio de Himachal Pradesh, y nada sugiere
que Lal Krishna Advani, Ministro del Interior y entusiasta de la Hindutva,
haya abandonado su proyecto de favorecer la conversión de Bodhigaya
en un gran centro de peregrinación equivalente a La Meca, Roma
o Haridwar. Ni Delhi ni Kathmandu han perdido nunca de vista la pertenencia
de Tíbet desde hace más de dos milenios a lo que Agustín
Pániker llama la placa civilizacional hindú.
LA GUERRA DE SHAMBHALA
En este marco de claroscuros diplomáticos y nubarrones de fin
de ciclo, el posibilismo -que algunos tildan de traición- de
un Dalaï Lama a quien las circunstancias han obligado a ir modulando
a la baja su discurso reivindicativo no es más que la pura conciencia
de que, para que las Tierras del Dharma sean liberadas del yugo de las
naciones impuras, ya sólo cabe esperar al desencadenamiento -en
2425, según las profecías- de la Guerra de Shambhala.
Entonces podrán las trompetas de fémur y los tambores
de piel adámica convocar a las armas, y afilar los bravos khamba
sus cuchillos en las gargantas de los criminales. Antes, como sabemos,
estallará otro conflicto menor, cuando en 2030 los pueblos de
Agarttha salgan a la superficie de la tierra. Esto fue anunciado ya
en 1924 cuand sobre las tablas del teatro Rozmaitosci de Varsovia fue
llevada a escena Ziwy Buddha (El Buddha Vivo), versión teatral
de Bestias, hombres, dioses de Ferdynand Ossendowski, con Ludwik Solski
en el papel del barón Ungern-Sternberg, Jósef Kotarbinski
en el del Bogd Khan de Mongolia y Wladyslav Ryszkowski en el de Dja
Lama. La segunda parte del drama, como decimos, está aún
por representarse, y cuando se alce el telón su escenario será
el ancho Occidente, que arderá de extremo a extremo al calor
de las antorchas del nuevo Chingiz Khan que lo recorrerá a uña
de caballo para encerrar sus confines en un diagrama purificador.
Es de esperar que sea de cara a esa conflagración no prevista
por las grandes potencias y que se librará con las armas de la
Clara Luz frente a las que nada pueden la tortura, el encarcelamiento
y el tiro en la nuca con que las autoridades chinas castigan la menor
disidencia, que estén teniendo lugar en el seno de la jerarquía
lamaica los reajustes internos y pleitos a que asistimos. Al fin y al
cabo, las disputas por soberanías terrenales corresponden a saqueadores
de la Naturaleza, secuestradores de niños y doctrinarios de la
economía, no a los pescadores de almas a cargo de lanzar los
anzuelos que han deliberar del caos samsárico a todos los seres
sensibles. En este sentido y con diversas ayudas, el exilio tibetano
ha desplegado como principal fuerza ofensiva una tupida red de centros
de meditación que se extiende por todo el mundo y frente a la
que no estarían en posición de revelar más que
impotencia tanto el taikonauta incapaz de quemarse a lo bonzo o de alcanzar
en brazos de la mente purificada el Imperio de Tara como un Sendero
Luminoso convertido en postrer reducto de la Revolución Cultural
allende las fronteras chinas. El retrato del Dalaï Lama, prohibido
en Tíbet, adorna enmarcado miles de hogares occidentales en los
que Milarepa o Padmasambhava son una referencia. ¿Quién
venera por estos pagos uno de Deng Xiao Ping? Será francamente
difícil dar en la mayor superficie comercial de Madrid, París
o Amsterdam con un disco de algún cantante hoy de moda en China.
Sin embargo, se encontrarán los de Yungchen Lhamo, la embajadora
musical del Tíbet teóricamente vencido, o el grabado por
Steve Tibbets y Choying Drolma con las monjas del convento de Nagi,
en Nepal. Y no es en Thailandia, Mongolia o Tuva, sino en la provincia
de Málaga, donde se alza el chorten más grande del mundo
CÓMO LLEGAR A TÍBET
A Tíbet, pues, no puede accederse hoy en un vuelo de la CAAC,
la compañía aérea nacional china. Sólo hará
pie en la legendaria tierra de los devas y las dakinis quien saque un
billete para Montreal, Delhi... O se llegue en un bureo hasta el centro
de meditación más próximo a su domicilio. como
sucede con cualquier patria cuya pueblo vive en el exilio, Tíbet
ya no descansa donde dicen los mapas, sino allá donde respira
uno de sus hijos.
¡La Guerra de Shambhala! Hasta su estallido, conviene perseverar
en la práctica del Dharma, escuchar a los pájaros, bailar
con lobos, reestudiar a Jack Palance en Atila, rey de los hunos, leer
a Ossendowski y, ¿por qué no?, no descuidar la asidua
compañía de la voz agártthica por excelencia de
Saban Bajramovic. Que no falte tampoco el tarareo con Susheela Raman
de: "Maya, my web of creation/ whispers to me in my solitude./
Maya, my music of elation/ takes me to the heights/ where I can soar"...