VEINTICINCO AÑOS DE ERROR CONSTITUCIONAL

Por Jesús Neira
Doctor en Ciencias Políticas

La Constitución actual cumple veinticinco años, la edad en la que se reconoce a toda persona la plenitud de sus facultades. El frontispicio de su preámbulo anunciaba establecer la justicia, la libertad, la seguridad, promover el bien, garantizar la convivencia democrática, el imperio de la ley, la protección de los derechos humanos y la garantía de una sociedad democrática avanzada.

 

La materia estricta de toda constitución es su forma de gobierno y su forma de Estado. Respecto a las libertades podría bastar con las reconocidas en los tratados internacionales o, si se quiere, dándole carácter constitucional a una ley orgánica que los reconociese en su máxima extensión y garantía. En esa materia, una simple ojeada por elemental que sea, puede observar un balance negativo en España con la Constitución actual. Es mera retórica la justicia, como reconoce la inmensa mayoría de los ciudadanos. Sin ella, la libertad y la seguridad son una simple mención obscena, un sarcasmo. El “imperio de la ley” sin justicia es mera aberración, máxime cuando tal imperio se manifiesta conculcando frontalmente la Constitución sin proceder a su previa reforma (baste el ejemplo del art. 30). Se podrían citar otros ejemplos escándalos y escabrosos.

Balance de 25 años

La forma de gobierno -cómo se llega al poder, cómo se abandona y la distribución de los poderes- materia central de toda constitución arroja un balance negativo. El parlamentarismo sobre base proporcional niega toda posibilidad de democracia. De entrada es un falso parlamentarismo, porque las decisiones se toman fuera de él –léase Cortes- por los líderes de los partidos y se transmiten a las Cámaras sin libertad ni independencia de los llamados representantes de forma cuartelaria por el mando del jefe (los escándalos han sido muy evidentes). Ha provocado situaciones hilarantes en las que los partidos minoritarios han ejercido el chantaje político más rudo y opaco bajo el amparo del secreto y la complicidad en el fraude. Están al alcance de cualquiera la tremenda y apabullante relación, sea respecto al Gobierno, a los ejecutivos de las Comunidades Autónomas o en los Ayuntamientos. Veinticinco años de experiencia nos alumbran. Siempre bajo la falaz, falsa y falsaria invocación a la estabilidad de gobierno, a sabiendas que es la propia norma constitucional que se celebra la directa provocadora de los males que presenciamos en Madrid, Marbella, Vigo o Cataluña. Pactos contra natura, negación de la voluntad popular expresada en unas elecciones, secretos, marrullerías todas, suciedad y corrupción, mentiras y piadosas justificaciones. Todo en loa a la negación de que sea el pueblo quien elige su gobierno en graciosa y antidemocrática cesión de la libertad política a los líderes de los partidos en una Cámara, los verdaderos soberanos secuestradores y negadores de la voluntad popular.

El balance de la forma de Estado es un magnífico correlato de la negativa forma de gobierno. Veinticinco años del llamado Estado de las Autonomías –cuya denominación no puede ser más expresiva- ha sido una construcción laboriosa que no ha podido, al momento presente, ofrecer más claro fracaso. Organizado para complacer las apetencias de vascos y catalanes. Al día de hoy se puede observar cómo el marco constitucional y estatutario les parece insuficiente. Y no se puede decir que hayan ejercido el engaño sobre sus pretensiones porque es connatural con el nacionalismo aspirar a tener un Estado propio. Lo habían exhibido con toda claridad a comienzos de siglo –en 1915 el esquema evolutivo de sus pretensiones fue reconocido-. Los Estatutos de la II República fueron superados hasta las consecuencias actuales. Los nacionalistas, aunque no guste, son coherentes y no pueden engañar. Engañan quienes invocan y denuncian la falta de libertad en el País Vasco, teniendo en sus manos los instrumentos legales que tiene a su alcance quien gobierna. El llamado Plan Ibarretxe es un simple paso más en la lógica escalada del nacionalismo del PNV –esperada y proclamada-. Otro peldaño en la escalera, que con su invocación y proyecto saben que acabará con una negociación en la que alcancen una mayor autonomía –esa es su experiencia innegable-. Siempre que las muestras de nerviosismo, falta de solidez, improvisación e incapacidad no lleve a Arzalluz a tentar la suerte de un nuevo 34, aunque haya reconocido que aquella experiencia no llegaría a provocarse.

La Constitución abierta, cuyas virtudes se invocan, propicia una y otra vez las tensiones en la distribución territorial del poder. El artículo 150.2 de la Constitución es todo un monumento al frenesí del trasiego de las apetencias nacionalistas. La Constitución lo que verdaderamente garantiza es mantenimiento de la apertura del permanente proceso de negociación de competencias con las Comunidades Autónomas. Para mejor muestra de llegar a hacer realidad que el Estado de las Autonomías sea como su nombre indique propiedad soberana de las Autonomías.

Constitución y Reforma

Frente al nuevo envite de los partidos nacionalistas se muestran medidas propias de monaguillos llorosos que no poseen la calidad, la entidad y la lógica democrática –ni aun liberal alumbrada hace tres siglos en Gran Bretaña- que se niegan al debate y pretenden resolver por la puerta trasera de la reforma de un Código Penal –ley orgánica- en su tramite parlamentario en el Senado, como hiciese hace años otro gobierno recortando los poderes del juez en una ley de segundo orden en el Senado. O recurriendo al Tribunal Constitucional un simple proyecto, sin haber sido debatido ni aprobado. Sin contemplar siquiera que todo proyecto de Estatuto, aunque su aprobación supusiese cambiar toda la Constitución puede ser debatido siempre que antes de su aprobación el Pleno del Congreso acordase la paralización del debate a expensas del resultado de una reforma constitucional por el art. 168. Increíble pero cierto. El proyecto pretende la ruptura de la unidad nacional, bajo la falacia de una vinculación simbólica con la Corona, un nexo con una simple monarquía parlamentaria en la que el rey no ejerce ningún poder por encima de las disposiciones de su casa. Los conflictos en la forma de Estado son constantes porque no pueden compatibilizarse principios contrarios, sean sobre las pensiones, la sanidad o cualquier otro aspecto.

La Constitución es la causa de la conexión de la forma de gobierno con la forma de Estado que trae estos problemas fundamentales. Los nacionalistas lo saben bien. Basta esperar la presión de los gobiernos de las comunidades autónomas con partidos nacionalistas sobre un gobierno de la nación que se vea en la necesidad de contar con su apoyo. Puede ser 2004, o cualquier otro momento favorable en que sea preciso el concurso del apoyo nacionalista. La misma Constitución que garantiza la apertura del proceso sin cierre, permanente, lleva en su propio seno el imparable motor de la crisis y para tratar de evitarla o demorarla todo tipo de corrupciones y escándalos.

Quizá el lector con una cierta cultura pueda pensar que para cada uno de los problemas aquí sólo mencionados se conocen desde antiguos soluciones probadas con éxito, como la división de poderes, los distritos electorales, la independencia de los tribunales, la distribución tasada de competencias, el poder constituyente, la reforma de la Constitución. Pero las consecuencias serían nefastas a quienes dirigen los partidos y para los cuales supondría acabar con el control ejercido sobre el cuartel. Antes se harían el haraquiri. El panorama es expresivo: unos invocan la idiotez del patriotismo constitucional, otros reformas de mínimos para el Senado –lo que es obvio desde hace años y sin que se sepa cuál sería la propuesta concreta- la igualdad de las mujeres en la descendencia del rey, pero para aplicarla al futurible de la prole del príncipe actual.

¿Qué le resta al ciudadano?

El mismo tratamiento que tuvo en la transición, esperar que decidan los soberanos, o amos del cortijo, decir sí, amén. Sin embargo los problemas persisten. La falta de legitimidad constitucional sin proceso constituyente sigue proyectando su sombra imborrable por más retórica propagandística que usen. Tan abierta como la Constitución está su problemática. El combinado de la forma de gobierno del parlamentarismo proporcional, la forma de Estado autonómica como se halla en la actualidad, el consenso y la monarquía parlamentaria que sirve de excusa para que los nacionalismos pueden alumbrar proyectos de ruptura de la unidad nacional bajo el ropaje de una confederación de Estados bajo un cetro sin poder reliquia del pasado, son los anclajes consecuentes que explican nuestra realidad bajo la joven perversa Constitución actual. No se podrá objetar que existe compatibilidad entre sus anclajes. Los anclajes son contrarios a la democracia y al poder constituyente sustraído a los españoles, como inevitables son los problemas que acarrean. Hay que reconocer sus demoledores efectos, como dijese Tocqueville: “Una de las debilidades más comunes de la inteligencia humana, es la de querer conciliar principios contrarios y conseguir la paz a expensas de la lógica”. Gracián, asimismo, había advertido que “en errando los principios todas las conclusiones son falsas”. La evidencia misma. Las palabras de Aristóteles tienen vigencia plena: “A partir de un principio inicial erróneo es imposible no ir a dar al final a algún mal”.