Hemos pasado un verano cañón, que demuestra hasta al más
escéptico que lo del calentamiento global es una realidad como
un templo. ¿O no? La Calor Grande es una prueba de que estamos
estropeando el delicado equilibrio de la Madre Tierra, que para compensar
nuestros pecados (de obra y de omisión) nos castiga con sudores
dignos del Averno.
¿No nos estaremos creyendo mucho más de lo que somos?
¿No será tanta culpabilidad por el calentamiento global
una medida, no de poder, sino de arrogancia? Lo cierto es que en los
últimos 20.000 años ha habido épocas más
cálidas que la presente, mucho antes de que las hogueras de nuestros
antepasados tuviesen la capacidad de emitir más gases de invernadero
que una vaca (el metano que generan los rumiantes en su, ejem, digestión,
atrapa más calor que el CO2 de chimeneas y tubos de escape).
En el último millón de años las oscilaciones climáticas
de hasta cinco grados arriba y abajo de la media actual han sido corrientes
y, desde luego, no causadas por nosotros. Y en el Cretácico la
temperatura media global llegó a ser superior en 10 grados a
la actual… No había casquetes polares, ni casi nieve en
las montañas del mundo. Y a no ser que los dinosaurios de la
época fuesen mucho más inteligentes de lo que hasta Spielberg
les achaca, el aumento de temperaturas fue completamente natural.
Es cierto que los humanos somos capaces de mucho, al menos cuando de
estropear la naturaleza se trata. Nadie que haya recorrido la costa
gallega este año, combatido un incendio forestal o visitado una
mina a cielo abierto puede quedarse indiferente al poder que tenemos
para destrozar ciertas áreas. Una autopista cualquiera en un
atasco, sus miles de tubos de escape escupiendo, hace pensar en el efecto
de decenas de millones de ellos acumulados durante años en nuestra
pobre y limitada atmósfera… Y luego, claro, viene la calor
grande.
Pero lo cierto es que las tendencias climáticas son confusas
si miramos el tiempo profundo. Todo el mundo reconoce que en los últimos
150 años la media global de temperatura tiende a subir. Pero
justo antes se produjo la Pequeña Era Glacial, entre 1550 y 1700,
que llegó a helar los canales holandeses. Claro que antes hubo
otro calentamiento, durante el cual los vikingos colonizaron Groenlandia,
y en el año 829, al final del Imperio Romano, hasta el Nilo llegó
a helarse. Lo cierto es que todavía estamos uno o dos grados
por debajo de la temperatura de lo que los científicos llaman
el Óptimo Climático, entre el 5.000 y el 3.000 antes de
Cristo, la época del nacimiento de las grandes civilizaciones
(en China, en India, en Egipto, en Sudamérica). El último
millón de años el tiempo en la Tierra ha estado revuelto.
Y nosotros no hemos sido.
¿Somos unos destrozones? Sin duda. ¿Tenemos que tener
cuidado? Por supuesto. ¿Hemos de pensar lo que hacemos? Sin cuestión
alguna. ¿Suben las temperaturas globales? Parece que sí,
últimamente. ¿Es cosa nuestra? Tal vez estemos cooperando.
Pero quizá Gaia sea mucho más resistente de lo que pensamos.
De hecho es casi seguro que, como tantas otras veces, la biosfera planetaria
sobreviva a casi cualquier cosa. El verdadero problema es si nosotros
seguiremos formando parte de ella.