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Seattle, la OMC y el espinoso asunto de la globalización

El 31 de diciembre de 1999 (calendario gregoriano), el mundo entero celebró la llegada del Nuevo Año (o del Nuevo Milenio, según opiniones). Dado que, sin ir más lejos, en el calendario judío era el año 5760, en el árabe el 1419, 2660 en el japonés y en el calendario zoroastriano el 1319, la fiesta televisiva del Milenio Inexistente tuvo bemoles: podría haberse denominado la Fiesta del Occidente Triunfante, según las cámaras iban mostrando fiestas desde las islas del Pacífico a California, durante 24 horas.

Pero el más espectacular de los números fue la celebración en Singapur; un micropaís confuciano, y por tanto chino, en su esencia, que estaba según su calendario a un par de meses del año nuevo (5 de febrero), en el año 4697 (o 3952, según fuentes). Sobre un escenario, un nutrido grupo de hombres claramente orientales aporreaban tambores de gran tamaño creando un sonido exótico y evocador. Que, a los pocos segundos, empezó a sonar reconocible, y mucho más cuando un caballero con el pelo de color ‘amarillo pollito’ avanzó y comenzó a cantar la letra. Era una versión local del ‘Living la Vida Loca’, de Ricky Martin.

A eso se llama globalización.

Y duele.

Apenas un mes antes, un verdadero ejército de burócratas y políticos se reunió en la muy húmeda y ‘grunge’ ciudad estadounidense de Seattle con el fin de hacer avanzar este proceso. El objetivo de la reunión era ampliar una serie de tratados comerciales y reforzar su brazo armado, la Organización Mundial del Comercio (WTO en sus siglas inglesas). Allí se encontraron con miles de enfurecidos opositores, provenientes de muchos países del globo y con muchas diferentes tendencias políticas: desde el campesino francés José Bové, famoso por dirigir la demolición de un McDonalds, hasta activistas que pedían más protección al medio ambiente, el fin de la deuda externa del Tercer Mundo, acabar con la explotación de trabajadores en fábricas del sudeste asiático, o simplemente el Fin del Capitalismo tal y como lo conocemos. Y, sobre todo, de su extensión al Planeta entero.

Cualquiera que escuchase la emotiva versión de Ricky Martin perpetrada el Año Nuevo en Singapur no tuvo por menos que concederles, al menos, un punto estético.

 

Global, local y otras falacias

En los últimos años estamos hablando largo y tendido de la globalización: un demonio rampante que está convirtiendo la Tierra en una sucursal de los EE UU, como demuestran las películas de Hollywood en todos los cines, las hamburgueserías en todas las esquinas y las empresas multinacionales en todas las carteras. Por no hablar de ese mal de males, ese Satán camuflado de meliflua lengua electrónica que se llama Internet.

Claro que hay otra forma de verlo.

Los poderes económicos de Occidente están arrastrando a su paso muchas viejas costumbres locales en todo el mundo. Desde la comida a la forma de financiar empresas, desde el vestido a la manera de recibir las noticias, desde el entretenimiento a la forma de organizarse las familias y sociedades, el conjunto de convenciones y usos que damos en llamar ‘Civilización Occidental’ aparece en cada rincón del planeta con fuerza. Los franceses comen hamburguesas; los españoles vemos películas de Tom Hanks, los chinos trabajan para empresas del Silicon Valley y en los países árabes los jóvenes reaccionan, a la contra, contra una influencia demasiado real.

Contra todo esto luchaban los manifestantes de Seattle, que fueron aporreados, dispersados rdiculizados en incontables medios de comunicación y detenidos en manadas. Las conversaciones de la OMC se vinieron abajo, no obstante; y los Nuevos Guerreros cantaron victoria.

Estaban equivocados.

Lo que acabó con las conversaciones no fueron las manifestaciones; fueron los intereses de los países, tan enfrentados y contradictorios como las propias ideas de los aporreados. Fue, en parte, la oposición a que los países ricos exigiesen a los pobres garantías ecológicas, o laborales equiparables a las suyas propias; feo, ¿verdad? Pero es que desde otro punto de vista exigir esas garantías, que Occidente disfruta desde hace muy poco, hubiese destruido (aún más) la economía del Tercer Mundo. El asunto se complica. Otros países, con regímenes políticos francamente detestables, pretenden impedir que ‘ingerencias’ externas como los Derechos Humanos o la idea de un gobierno que responda mínimamente ante su pueblo atraviesen sus sacrosantas fronteras. Con el fin de seguir haciendo dentro de ellas lo que les plazca… pretensión que algunos manifestantes hubiesen querido destruir en nombre de la ‘injerencia humanitaria’, una idea sospechosamente global.

 

¿Qué está pasando aquí?

El cóctel letal de la civilización de occidente (‘sería una buena idea’, dijo una vez Mahatma Gandhi) está compuesto a partes iguales por poderío económico (y sus derivados: militar, político, diplomático) y las causas profundas de ese mismo desarrollo económico. Entre las que se cuentan ideas teóricas imperfectamente aplicadas (pero perseguidas) como la Igualdad de los seres humanos, la Libertad, el Derecho, la protección de un poder superior común… ideas que son ajenas a muchas regiones del globo.

Enfrentémonos a la realidad: la globalización tiene dos caras.

Las ONGs, la teoría de la ingerencia humanitaria, la extensión de la medicina y los superiores estándares de vida, la protección frente a los abusos de los propios gobiernos locales y la conservación del entorno natural también forman parte de ese proceso. Occidente ha inventado en este siglo la mejor herramienta contrarrevolucionaria que existe: se llama la Clase Media. Y, aunque aburrida, tiene sus ventajas: se vive razonablemente bien. En los países de Occidente ahora todos somos clases medias; y no es una mala solución ante muchos de los problemas que acechan a la convivencia entre seres humanos.

Que no son pocos: en todo el mundo el poder (económico, militar, político, mafioso…) mata, roba, censura, expulsa, denigra, viola, maltrata, elimina, arrasa y deja sin presente, pasado o futuro a millones de seres humanos. Ésa es una realidad a la que tenemos que enfrentarnos, utilizando todo aquello que tengamos a mano. Usando, sobre todo, el poder de Occidente (que existe) para acabar con tantas miserias. Forzando a las corporaciones a plegarse a nuestros deseos, pues nosotros las pagamos; forzando a los gobiernos a actuar, pues nosotros los elegimos. Forzando a los organismos internacionales a comportarse, pues nosotros podemos presionar a los poderes que les dan la vida.

Mirándolo así, tal vez lo de Seattle no fue exactamente una victoria para la humanidad. Quizá necesitemos más y mejor globalización. ¿O no?

 

Unas cuantas direcciones interesantes:

Calendario Mundial del 2000:

http://www.zapcom.net/phoenix.arabeth/2-fb2000.html

Concretamente: http://www.zapcom.net/phoenix.arabeth/year2000.html

El follón de Seattle bien analizadito, por la revista Salon:

http://www.salon.com/news/special/wto/index.html

Véase, en especial, este comentario:

http://www.salon.com/news/feature/1999/12/03/wto/index.html

La ciudad del evento y sus gozosos gozos:

http://www.seattle.com/

Algunas pymes locales:

http://www.boeing.com

http://www.microsoft.com

Libros censurados, en todo el mundo:

http://digital.library.upenn.edu/books/banned-books.html

Un intolerable abuso globalizador: las palabras que los gobiernos locales tratan de prohibir, publicadas.

http://www.dfn.org/

Estas perniciosas organizaciones también interfieren con las costumbres locales constantemente en nombre de Ideas Globales:

http://www.greenpeace.org/

http://www.amnesty.org/

Dudas: ¿Es la ingerencia humanitaria justa? ¿No es eso globalizar?

http://www.monde-diplomatique.fr/en/1998/02/12conflicts

Algo en lo que estaremos sin duda de acuerdo:

http://www.slowfood.com/

© José Cervera jcervera@iname.com