Aunque parezca que vivimos en la era de la superpropaganda, lo cierto es que está en las últimas. A lo único que la propaganda no puede sobrevivir es a la verdadera libertad de publicación... es decir, a Internet.
En el fondo la propaganda es imposible en una sociedad libre. Dentro de unos años parecerá increíble la peculiar noción de que una información parcial y sesgada podía influir en el comportamiento de la gente sin que ésta tuviese la capacidad de resistir. Porque la idea misma de propaganda es curiosa, y en el fondo depende de dos factores, relacionados ambos con la economía de la información: la escasez de canales comunicativos y el gran valor que damos a esos canales (precisamente por su escasez).
Cuando nadie sabía leer la letra impresa era sagrada. Ahora, lectores casi todos, es más difícil colarnos una impostura porque conocemos las técnicas de la propaganda y de qué manera esquivar sus trampas. Cuando Orson Welles provocó el pánico con su dramatización radiofónica de La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells, la radio era joven, y su prestigio estaba intacto. Cuando Stalin mandaba borrar a Trosky de las fotos oficiales soviéticas no existía Photoshop. Cuando los primeros clientes de los Lumiére se apartaban ante la imagen cinematográfica de una locomotora, no tenían con qué comparar la experiencia.
Nos hemos vuelto muy sabios en la interpretación del paisaje mediático, y dada la aterradora presión comercial que lo ha dominado durante décadas, bastante cínicos. Hemos generado anticuerpos contra las formas más toscas de propaganda, hasta tal punto que un análisis somero de cualquier anuncio televisivo de hoy revelará profundidades de recursividad y contenido impensables. Ya nadie vende detergente afirmando que lava más blanco.
La tendencia es tan fuerte que uno de los tipos más comunes de anuncio televisivo en la España de hoy es el “antianuncio”: gente normal diciendo cosas (patéticamente) normales, filmado con una cámara en movimiento como si fuese una boda tomada con un vídeo doméstico. De alguna manera la tosquedad del mensaje y del medio refuerza (hoy) su valor.
Para colmo, existe Internet. Y va camino de eliminar los últimos vestigios de discurso propagandístico. Es difícil, por no decir imposible, hacer propaganda de una idea o de un producto en un lugar donde: a) Los clientes anteriores, proveedores, analistas y la competencia puede decir (y dicen) lo que les dé la real gana sobre la idea o producto; b) Existe Google (o algo similar) que permite localizarlo.
Contra la verdad no hay propaganda que valga. Sobre todo cuando hay muchas verdades.
Se calcula que millones de coches se venden ya tras cuidadoso análisis y decisión basado en datos obtenidos de la Red. Y si quiere saber lo que esto significa, eche un vistazo a cualquier foro del sector del automóvil: no se habla de propaganda, sino de experiencias reales de clientes reales que conocen el modelo de primera mano. Puede que “Le Guste Conducir” y por eso se decida por una marca y no otra, pero luego mirará los costes de mantenimiento de boca de uno (o varios) propietarios del vehículo en cuestión. Diga lo que diga la compañía anunciada la información real sobre el producto está ahí, para que usted la encuentre y utilice como desee.
De hecho la propagada esta perdiendo efectividad, garra, impulso. Por un lado se desarma sus medias verdades; por el otro se transforma en una parte más del paisaje mediático, en un recurso estético, en una forma (casi) de arte en sí misma. ¿Qué queda, entonces, de su función de hacer comprar? ¿Qué será de la propaganda como manipulación en un mundo impermeable a ella? Y sobre todo, ¿cuándo llegará este mundo feliz? Porque ya tarda...
Enlaces:
Adbusters.org
http://adbusters.org/home/
Funny-adverts.com
http://www.funny-adverts.com/spoof-ads/index.php
Spoof Adverts
http://www.i-am-bored.com/bored_link.cfm?link_id=5534
Rejected ads
http://www.ltcconline.net/lukas/gender/pages/rejects.htm