Antiglobalización y nacionalismo
El proceso de mundialización económica
está quitando protagonismo y poder a los estados nacionales.
El movimiento antiglobalizador pretende invertir el proceso reforzando
a los estados. ¿Quién ganará, la economía
o la pasión? En Porto Alegre los activistas del mundo optaron
por revivir un movimiento herido por el 11-S a base de pasión.
¿Funcionará?
José Cervera, jcervera@iname.com
Antiglobalización significa reunir todos los aspectos negativos
de un proceso llamado Mundialización, etiquetarlos y declararse
contrario. La Mundialización va mucho más allá
de la liberalización del comercio o del flujo de capitales.
Empezó antes del siglo XX y va camino de extenderse mucho más.
Es un proceso derivado de la naturaleza humana y del desarrollo tecnológico
pero cuya inevitabilidad histórica ya ha sido comprometida
una vez por la política; en la Primera y Segunda Guerras Mundiales.
La Mundialización es la tendencia a la integración surgida
del descenso de precio del transporte y las comunicaciones, sobre
todo a lo largo del siglo XX. Es lo que pasa cuando se pueden trasladar
coches de Japón a Europa; cuando el ciudadano medio europeo
puede ir de compras a Nueva York o de vacaciones a Tailandia; cuando
es posible emigrar de Nigeria a Europa y conocer cotizaciones y noticias
de forma instantánea en todo el mundo. Es lo que pasa cuando
cada día casi cinco millones de personas viajan en 42.000 vuelos
en avión en todo el mundo; lo cual supone casi un tercio de
la población mundial, cada año. Ocurre cuando 500 millones
de personas pueden publicar y leer lo que se les antoja en Internet.
Es lo que sucede cuando mercancías, capitales, personas e ideas
fluyen de un país a otro con relativa facilidad. Es la suma
del barco mercante, la locomotora, el automóvil, el avión
a reacción e Internet, y es explosiva. Por eso la Mundialización
es hoy explosiva en todas sus cifras de intercambio; económico,
financiero y personal. Y sin embargo hoy 'globalización' es
sinónimo de trabajadores explotados en talleres insalubres;
de contaminación, de destrucción de comunidades, de
deshumanización, de déficit democrático, de desigualdad...
problemas dolorosamente reales. Aunque lo cierto es que la Mundialización
no es la causa principal de estos problemas; la causa es la pobreza.
La Mundialización ha coincidido con un serio enriquecimiento
global. La economía mundial se ha multiplicado por seis desde
que se liberalizó el comercio internacional (creación
del GATT), tras la Segunda Guerra Mundial.
En esos años el comercio internacional se multiplicó
por 16, y los países que eligieron esta estrategia de desarrollo
crecieron de forma espectacular. Se calcula que más de 800
millones de personas han superado la pobreza sólo en la última
década.
Pero este crecimiento económico no ha alcanzado a todos por
igual. Y lo que es peor, ha coincidido con una explosión demográfica
concentrada en los países más pobres. La población
mundial era de 1.600 millones de habitantes en 1900, pero superó
los 6.000 millones en el 2000; casi todo ese crecimiento se ha producido
en el Tercer Mundo. Técnicas sanitarias baratas pero muy efectivas
(sueros salinos, DDT, antibióticos) han permitido que miles
de millones de personas que hubiesen muerto de enfermedad en la niñez
alcancen la edad adulta. Aunque el fenómeno parece haber superado
su máximo lo cierto es que la proporción de pobres frente
a ricos en el mundo ha crecido durante el siglo XX.
En los países pobres el crecimiento de población ha
contrarrestado al económico, impidiendo la mejora de la calidad
de vida. Simultáneamente, la economía de consumo aumentaba
las expectativas, y con ellas la frustración. En todas partes
el desarrollo conlleva agresiones al medio ambiente, mientras males
sociales como la violencia de género perviven. La globalización,
entendida como liberalización del comercio, es vista por muchos
como responsable de este orden de cosas. Y esa responsabilidad se
personifica en las instituciones que la simbolizan: Bretton Woods
(Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional, FMI) y la Organización
Mundial del Comercio (OMC).
Hemos visto el debilitamiento de la responsabilidad de los Estados
frente a sus propios actos. La Mundialización roba al Estado-Nación
parte de su poder mediante la transferencia a gobiernos locales o
a instituciones supranacionales, pero los Estados aprovechan para
culpar a la globalización de sus errores. Buena parte de los
problemas reales surgen de decisiones tomadas por los gobiernos más
cercanos al ciudadano para favorecer a intereses económicos
locales, que son cargadas a la cuenta de la globalización para
evadir responsabilidades. Si bien es cierto que en muchas ocasiones
los Estados han sido ayudados en esta tarea por políticas erróneas
y arrogantes de los organismos (como Bretton Woods) destinados a potenciar
el desarrollo.
Por otro lado, el progreso de la Mundialización ha hecho posibles
avances antes impensables de la justicia y la paz, debilitando nuevamente
al Estado Nación. Un ejemplo son las intervenciones humanitarias
en conflictos internos, o la persecución por tribunales internacionales
de dictadores y criminales de guerra 'legalizados' en sus respectivos
países. El encarcelamiento de Slobodan Milosevic, y antes de
Augusto Pinochet, la persecución a los genocidas de Ruanda
o la intervención para evitar la guerra en Bosnia y Albania
no hubieran sido posibles sin la exigencia de una justicia mundial
para un mundo supranacional, en el que los Estados y sus gobiernos
cada vez cuentan menos y las ONGs (organizaciones no gubernamentales)
cada vez cuentan más. Como el movimiento AntiGlobalización
que les proporciona respaldo.
Y entonces llegó el 11 de Septiembre; una forma muy diferente
de oposición al proceso de Mundialización. Y los AntiGlobalización
sufrieron el impacto del propio atentado y de sus consecuencias.
La cohesión del movimiento se ha visto afectada por las discrepancias
sobre la Guerra contra el Terrorismo y los ataques a Afganistán.
La alianza ecologistas/sindicalistas que dio origen al movimiento
ya no existe; los sindicalistas EEUU se han alineado con el gobierno
de su país, mientras buena parte de los ecologistas y pacifistas
se declaran antibelicistas, condenando los ataques contra Afganistán.
Otra parte del movimiento intenta mantener la actividad anticorporativa
desde la plataforma NoLogo, pero se encuentran con la relativa pérdida
de importancia de su mensaje en un entorno bélico.
A la vez la Mundialización se ve en peligro, como deseaban
los atacantes del World Trade Center. Las guerras siempre refuerzan
al Estado. El enemigo y los esfuerzos necesarios para su derrota llaman
a la unidad nacional, y las restricciones de las libertades que justifica
el riesgo aumentan el poder estatal. En el ámbito económico
la crisis a la que el mundo se asomaba antes del 11 de Septiembre
se ha precipitado, y los gastos directos e indirectos de la guerra
la empeorarán. Los gobiernos más poderosos intentan
reducir su impacto con medidas intervencionistas, lo que puede llevar
al retorno a las políticas proteccionistas que limitan el comercio
internacional. Parecería pues que la Mundialización
está en peligro, y que los Estados tienden a volver.
Sin embargo toda esa experiencia se basa en conflictos bélicos
entre estados; el tipo de guerra para el que fueron diseñados
los Estados-Nación.
Esta vez el Estado más poderoso del planeta se enfrenta a una
entidad no estatal cuyo objetivo es su destrucción; y de esto
no hay precedentes. El Estado Nación no dispone de herramientas
eficaces para enfrentarse a ese tipo de enemigo; el Estado ha sido
sistemáticamente derrotado en guerras contra las drogas y las
mafias, luchando contra organismos no estatales que estaban distraídos
por su negocio principal. De producirse una larga y cruel guerra con
pequeñas y ocultas victorias y derrotas grandes y visibles,
se verá al Estado fracasar en su papel principal: proteger
a sus ciudadanos.
Entonces surgirá la duda: o bien eliminar la apertura de fronteras,
de economías, de viajes y de palabras en nombre de una seguridad
jamás absoluta, o apostar por la riqueza y confiar parcelas
crecientes de protección a entidades no estatales (es decir,
privatizar la seguridad).
Fortalezas nacionales frente a urbanizaciones fortaleza; economías
pequeñas, seguras y cerradas frente a economías grandes,
inseguras y abiertas. En el inicio del milenio quizá estemos
presenciando el nacimiento de una política definida por nuevas
coordenadas, con nuevas ideologías; Mundializadores frente
a Estatalistas, globalización frente a Estado-Nación.
¿Tiempo quizá de superar la herramienta que ha organizado
la vida mundial los dos últimos siglos?
Enlaces:
Ciranda.Net
http://www.ciranda.net/publique/
Foro Social Mundial
http://www.forumsocialmundial.org.br/esp/index.asp
Dossier Porto Alegre, Le Monde Diplomatique
http://www.monde-diplomatique.fr/dossiers/portoalegre/
Porto Alegre 2002
http://www.portoalegre2002.org/
Prefectura de Porto Alegre
http://www.portoalegre.rs.gov.br/
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