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Dicen que se ha pasado la Semana Santa haciendo penitencia con
la Legión de Cristo. Que le espera el juicio final, el día 21,en
la Audiencia Provincial de madrid, flanqueado por su antiguo gerente,
al que llaman -con muy mala leche- enano por parecerlo, pero cuya
inteligencia lleva zancos. Todo por unos pocos millones que él no
se quedó, pero que dicen malversó hace ya un lustro para compensar
a un profesor chifleta de esos que se llevan la biblioteca a su
casa. Una anécdota administrativa que quieren vender como una conspiración
con fanfarria y corruptela.
A Gustavo, sus infinitos enemigos le han dado por muerto más veces
que a Manolete, pero eso forma parte de su papel en la vida.
Gustavo es la máscara universitaria más preclara de las Españas,
y la política de partido o gobierno de la señorita Pepis (Gallardón),
se le queda pequeña.
Su modelo utópico es el Colegio Mayor, pero España no está para
esas bromas campanelianas. Villapalos es en realidad un místico
transgénico, un católico con maneras masónicas y un intelectual
del que cuida su señora madre, que le compra los castellanos negros
modelo Corte Inglés. El Consejero tiene algo de emperador decadente
en el fondo de un caleidoscopio: reparte pan, cultura y circo. Por
las tardes, tras el rollo de la política, se pone una capucha y
se mortifica al frente de un espejo contando cuantas veces cita
Shakespeare a dios a lo largo de su obra. Su memoria es un prodigio
y su sapiencia un mar.
Con semanjante trauma -con semejante masa encefálica- no tiene
nada que hacer en un Consejo de Ministros, donde casi todos son,
por naturaleza, escasos.
A los ventitrés años ya era Catedrático y espía togado, y dicen
que a partir de entonces dejó de esmerarse en lo académico (se aburría)
para pasar a conspirar por el resto de sus días. Desde que se ha
ido, la Complutense es un poco menos Circo Price, pero también
mucho más aburrida y paletilla.
Con su pedigrí de espía, dicen que Gustavo disolvió como un azucarillo
en agua al PC de la complu al cual pertenecía...No es poca tarea
y la Iglesia se lo reconozca. Unos años más tarde, burló a la progresías
y se adelanto a ella trayendo a Gorvachov a España a través de un
amigo del KGB.
Gustavo estaba muy bien encaramado cada día se parecía más
al Condeduque de Olivares encima de su caballo- en el rectorado
de la Complutense. Siendo un hombre de disenso, practicó el consenso
como nadie, y montó los mejores cursos de verano del mundo y las
mejores tenidas que se recuerdan.
Dicen en el mentidero que algunas noches, para purgarse, Gustavo
come acelgas con los obispos, pero que otras prepara bacanales secretas.
Aznar no le perdona no haberse puesto a sus órdenes. Y obras son
amores.
Cuando fue a ver a Sadam Hussein en misión humanitaria, Gustavo
le llevó un plato de talavera de la Reina y lo conquistó -como si
fuera un alquimista- transformándolo en una gran medalla, ante el
estupefacto Otelo. Y eso a pesar de estar acompañado por la paquidérmica
Cristina Almeida, que no hacía sino darle pisotones y espantar al
moro chupando cámara. Sadam pidió afligido un chador para cubrir
el rostro de la bella Almeida, que amenazaba con comérselo. Al final,
Gustavo se trajo a los rehenes y dejo la cerámica. No pudo dejar
a la gorda en prenda, que era su plan.
Con aquella fama, otro día Salman Rusdie le pidió que interviniera,
y al final tuvo que ir a ver a los ayatolás, donde le querían echar
a los cocodrilos por pagano. Amenazado por los guardianes de la
Revolución, abandono la Santa República con un rosario en la mano.
Cuando la conspiración republicana (siendo su padrino monárquico,
más monarqico que Dante) se ausentó de la presentación del discurso
de la misma, y mandó a un genio carlista, el profesor Fernández-Escalante,
a sustituirle en aquella plaza mientras allí mismo, escondido, miraba
por el ojo de uno de los frescos del paraninfo el aontecimiento
histórico.
Cuentan que Gustavo acaba sus días de monje, pero para eso queda
un rato.
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