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No niego que la simpatía, el olor corporal y la inteligencia de
Santiago Segura conquiste hasta a las estatuas, pero lo sucedido
con su última película es la rendición incondicional de toda una
sociedad. Es como si cada español llevara dentro un Santiago Segura.
Sólo así se explica el triunfo nacional de esa cosa llamada Torrente.
Torrente es más que un personaje: es un íncubo que se ha apoderado
de generaciones enteras de humor que van desde Mortadelo y Filemón
hasta el mejor Ozores pasando por Alex de la Iglesia y Almodóvar;
pero también con algo del Buscón y de la mejor tradición picaresca.
Torrente cosifica algo soez y divertido que se oculta en el incosnciente
celtibérico y que supone una carga secular de putadas, cochinadas,
desafueros machistas, risas y crueldades de la tierra. Tiene algo
de Sancho Panza, de antihéroe -que no de héroe- español, pero muy
lejos de la mirada humana o la sensibilidad de Cervantes. Algo pancesco
y grotesco que todos llevamos reprimido por dos siglos de liberalismo
y que explota en carcajadas al verlo en la pantalla.
Luego está el Torrente como incorrección política. El Torrente
fachón es un espectro de la Transición, un fantasma y un chivo expiatorio
al que caricaturizamos con toda la vulgaridad de la raza y por ello,
precisamente, resulta un personaje familiar que viene a normalizar
al ultra, a integrarlo con humor y desfachatez, riéndose del fachón,
sí, pero echándolo de menos como a un vecino con el que siempre
nos hemos peleado por una cuestión de basuras.
Caso aparte es lo de las mujeres y Torrente, y más aún lo de las
primeras modelos con Torrente. No creo sinceramente que ésta sea
la mejor manera de comenzar a hacer cine. Esther Cañadas debería
tener un bautizo de pantalla con con glamour y champán (y no con
lechazos y gaseosa). Mala cosa para la belleza hermética, gótica
y lobuna de la Cañadas.
Un cine bajo-machista, pero con las salas repletas de tías que
se negarían a ver una película de Ozores, por ejemplo. La mujer
últimamente está hasta en los campos de fútbol conquistando parcelas
de orden social y haciéndose un poco torrezna.
Recuerdo cuando Segura estrenó la primera, montó una fiesta y nadie
del cine bien y europeo se asomó por allí. La cosa, ahora ha sido
muy fuerte. Toda esa corrupción que se ha extendido en el país entero
con la coña de Marbella, el papel asignado en la peli al propio
Rey, convertido en moneda de cambio y estampa subliminal, con güisqui
en la mano incluido. Lo de los saqueadores del ayuntamiento de la
capital. Gran verdad. Sucia verdad. Todo demasiado real, alimentando
el basurero español que es Torrente. Segura ha conseguido hacer
un espejo (esperpéntico y grasiento pero real) de la actual sociedad
española. Quien no sale no existe. Famosos incluidos. Todos zarajeados
por el ojo de cerdo pluscuanibérico.
Torrente tiene la aftosa y es un producto made in Spain totalmente
inexportable, lo que quiere decir que Segura no hace cine (y le
da igual). Psicoanálisis de brocha gorda para este parque temático
que se empeñan en llamar España. La pobre.
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