OPINIÓN



PACO OBRER TINTÍN EN EL PAÍS DE LOS TALIBANES: LA MULA OMAR

 

En ese país de Tintín que se llama Afganistán, había una vez un tuerto que se creía un enviado de dios, y que tuvo la infeliz ocurrencia de poner una casa de huéspedes para terroristas sin fronteras. Era un tipo sucio y machista, un saco de dogmas vergonzante que no se dejaba sacar fotos, pero que tuvo el descaro de pedir a sus combatientes que murieran llamándolos pollos sin cabeza -emulando lo que dijo Alfonso XIII sobre nuestros chicos en la batalla de Annual- , desde no se sabe dónde, por si las moscas.

Este feo, siempre rodeado de machos cabríos, llegó a prohibir la música, las caras bonitas, las fiestas alegres y los orgasmos sin póliza; había pisoteado el paganismo y las vírgenes y volado cobardemente las estatuas de Buda, sin conocer el precepto budista que dice: si ves a Buda, destrúyelo. Pese a todo ello, entre oración y oración, dejaba hacer a los traficantes de opio mientras su sangriento ojo miraba para otro lado. El anticristo es tuerto. Un verdadero demonio contemporáneo, el satanista Omar.

Uno de los huéspedes del tuerto -y del opiáceo huerto- era el afamado y malvado Abén Ladín (también conocido como la Coca-Cola del terrorismo), quien le regaló, en prueba de su agradecimiento, un chalé desarrollista con palmeras a lo Benidorm, vídeo, catalítica y piscina, donde la mula Omar pudiera decidir lo que está bien y lo que está mal, sin límite alguno y sí con ciertas comodidades un poco horteras para el gusto de aquellos lares. Omar, "intermediario de la divinidad" para muchos en realidad era, como suele ocurrir desde hace algunos miles de años con este tipo de personajes, un verdadero farsante. Con su ejército de barbudos recreó el infierno en nombre del altísimo ensuciando las ingenuas creencias con un integrismo que sólo pone cachondos a masoquistas mesiánicos y a marranos príncipes del pecado de la lejana Arabia. En realidad, Arabia es la matria (mamá) y América es la patria (papá) de todo este fenómeno de cómic que es Aben Ladín, hijo de la CIA, y Tintín en el país de los talibanes.

Cuando por fin llegaron los infieles del norte (otros bárbaros), apoyados por los madelman USA y sus devastadoras bombas (legítimas señoronas), la mula y sus hombres se retiraron mostrando el falaz orden invisible de aquel país de pesadilla que en muchas ciudades se descompuso con la sola ayuda de cuatro barberos y dos transistores con música de Los Chichos. El guión que se había construido el mundo occidental no funcionó del todo, y algunos viejos guerrilleros patriotas (de los que no pegan a las mujeres) se hicieron a la montaña a hacer el amor a las cabras a la sombra de la luna.

Mientras tanto, el revolucionario medio de pesebre europeo se puso triste cuando llegaron estas noticias, y exclamó irritado que, bien pensado, nuestra guerra civil fue mucho más heroica, aunque aquí combatieran hasta las mujeres... sin pensar que a lo mejor fue precisamente por eso.