OPINIÓN



PACO OBRER TERRORISMO: EL FACTOR HUMANO

 

Por Paco Obrer
pacoobrer@mixmail.com

Al que hoy vemos como un monstruo terrorista pudo ser en la otra vida un frutero, un visitante de ropa interior, un estudiante de químicas en paro o una madre desesperada. Un hombre común.
Solían ser "gentes honradas" hasta que les picó el gusano del vacío. Nadie en su entorno se explica el cambio de personalidad. En todo nihilismo hay un estertor de fama, una vanidad fraticida y una mente fértil donde echan raíces las semillas de la nada, de las que nace el árbol del sociópata y los frutos de la sangre.


Dicen que hay mucho odio detrás de los atentados. Yo ceo que más que odio, de lo que se alimentan los atentados es de mitología revolucionaria y mesianismo narcisista, que siempre ayuda a salir del anonimato por la vía del martirio propio o preferiblemente ajeno.
El terrorista no quiere pasar por la vida como un don nadie y en el fondo de su ego desprecia olímpicamente a los demás, que son anécdotas en la película de su vida, de su ojo justiciero.
Cuando el lobo está solo busca un grupo donde ser alguien, donde ser un elegido en lugar de un cordero o un oficinista. Se le reconoce y se le mima. Se le pone un pasamontañas y se le da un kalasnikof. Después, al elegido le llega el momento de la prueba.
Se mira en el espejo y se reconoce en ese fantasma que da miedo.
Si pasa las pruebas disfrutará con su acción, que normalmente considera salvífica.


Los terroristas son gente a los que el mundo no ha hecho el suficiente caso. Son egos poderosísimos dispuestos a vengarse de los demás con la causa que haga falta. Siempre hay un iluminado
que les come la oreja, un demonio de andar por casa. Como la verdad no está en una sola cabeza, el verdadero terror es un organismo, un grupo. Tiene vida propia y obedece a aquellos que ya han pasado la fase de inmolarse para dar órdenes.


Por supuesto que hay condiciones que hacen más fácil saltar al hombre-bomba. Por supuesto que hay culturas que premian más que otras esa actitud. Pero detrás de cada hombre-bomba hay un ser humano que no soportaba el peso de la vida.
Dolor alimenta dolor, odio alimenta odio, fama alimenta fama.
Hay un exhibicionista detrás de cada terrorista, un famoso frustrado que no soportaba el anonimato cruel de la vida detrás de cada asesino político. Personalidades y no ideas.


Cuando se les descubre sufren un escalofrío de vanidad y un placer orgásmico. Por fin son algo en la vida.
No creo en las ideas; ni creo que un militante nihilista de las SS, un etarra o un estalinista fueran algo demasiado distinto de un frutero que vuela trenes llenos de embarazadas, niños y oficinistas.


Los media hacen el resto en la feria de la vanidad. Sin su poder amplificador, el terrorismo sería una extraña patología onanista, no una herramienta de poder.


Cuando el hombre-bomba se inmola desaparece el vacío de su vida.