OPINIÓN



PACO OBRER EL SUBCOMANDANTE

 

Leo ilusionado que el Caudillo de Chiapas estuvo trabajando, en sus tiempos de estudiante por España, en El Corte Inglés de la esquina. Esta anécdota cachonda pone un poco tristonas a las viejas marujas y mitómanas de la izquierda caviar, que como Montalbán, siguen con la lengua fuera las peripecias de este personaje. Algunas de estas señoras -y otras muy católicas-, llegaron a pagar ciento cincuenta mil pesetas (que en Méjico son millones) para poder ver desde un balconcito el carnaval que montó el valiente Marcos en la Plaza del Zócalo.

Marcos ha inventado la Revolución mediática, y vaya espectadoras que le han salido.

Todo lo que rodea al subcomandante tiene un toque de película de Buñuel, lo que no quiere decir que manche su inmaculada causa, que es la causa de los oprimidos más la teoría de ese comunista patriótico que fuera Mariátegi: comunismo indígena frente a capitalismo criollo. Revolución y emancipación frente a pigmentocracia hortera latinoamericana.

La paradoja de que el subcomandante sea criollo, a mi juicio tampoco quita gracia a su causa. Ni siquiera el que haya sido un estudiante jesuita o un licenciado o doctorcito en filosofía. Sebastián Guillén – así se llama el subcomandante- es un mito mitómano, un guevariano Guevara con ancestros en Zamora y en la zapatería del Corte, un héroe hispano por satélite y un pirao con corazón al que quieren meter una bala.

Un solo hombre al frente de millones de oprimidos contra todo ese sucio aparato de intereses que dispone del poder en Méjico -la nación más bella, divertida e indigna del mundo-.

La dignidad es el motor de Chiapas, como la almorrana y la mala conciencia son el motor de todos esos intelectuales divinos que sufren por Chiapas y mitifican el gesto sin par del otrora encargado de un gran almacén. Confunden zapatista con sección de zapatería, y hacen moda de lo que es sangre y viento del pueblo, camiones atropellando guardias y pacífica marcha con cortejo de cabras priogresistas y mariachis.

Ahora parece que Marcos vuelve a la selva, lejos de tanta palmadita en las espalda y señora rosácea, lejos del mundanal ruido, sin haber conseguido lo que quiere para los diez millones de indígenas que le apoyan. La suya es la utopía de Bartolomé de Las Casas, pero un poco mejorada, ya que aquél recomendaba la importación de esclavos negros para salvar a los indios.

Marcos tiene delante al demonio y detrás a la progresía. Que el Ché le pille confesado.