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El chico se ha salido, de ahí que pueda yo hacer lo propio y dejar
de caricaturizar a los famosos de la tele. Santiago no necesita
la caja tonta, la crítica bien y correcta. Su película es un plebiscito
donde todas las moscas comen mierda. Su secreto ha sido adaptar
las costumbres de una comedia española -la de Almodóvar-, que se
jubiló con el felipismo. La realidad, buena parte de ella, es así
de fea y patética y eso no lo podemos cambiar por más que queramos,
así que el costumbrismo al final nos devuelve a lo que pasa en las
calles. No se hasta qué punto esta peli es autobiográfica, banalizadora
de lo ultrafamiliar: Creo que Santiago aqueja un problema de personalidad,
poseído por Torrente, en una posesión, por cierto, poco demonizadora.
Círculos concéntricos sobre lo grotesco, que se hace costumbre en
una sociedad encanallada. Sospecho que Santiago no puede distinguir
su papel, que Torrente es un futurible de Santiago, que iba para
madero.
Yo he reconocido a muchos de sus personajes como propios, cosa que
ha sucedido a tanto espectador, cansado de la monserga del cine
comprometido, testimonial, de ideas, etc. Esta cosa de película
en descomposición es nuestra olla podrida: sus ingredientes están
ahí, en un cine de costumbres vivas y sucias, en la estética feísta
y cruel del último Estado del bienestar donde pululan las moscas
del tardoespañolismo. El guión de Segura no tiene altibajos, entre
otras cosas, gracias a Neus, gran sostenedora, y al propio Tony
Leblac, pasado presente de un galán al que abandonó su desodorante
franquista. La diferencia entre "Pepi, Luci y Boom
"
y "Torrente" es cuantitativa y cualitativa: el desarraigo
estético y de costumbres con el que ha conectado la masa generacional
de dos millones de cinéfilos que querrían triunfar como Santiago
Segura apunta, de acuerdo con Platón, a un cambio social bastante
imprevisible. Este heterodoxo del cine coprófilo va a hacer temblar
muchas cosas. Es el espejo roto de una sociedad en descomposición.
© Paco Obrer
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