OPINIÓN



PACO OBRER
SADAM SIN TAPUJOS

 

Obrer@hotmail.com

Yo quiero ser feliz como Sadam Hussein, como Sadam Hussein. (Canción infantil abulense. Letra de F. Ballesteros & C. Cobo)

La prensa occidental lo muestra como a un animal mitológico: Una bestia tosca que disfruta cagándose (literalmente) en los muertos. Visita los campos de tortura y luego consuela a las viudas de sus víctimas enjuagándolas con su lengua áspera y sucia. Tiene tres mil retratos y ejerce una dictadura psíquica que llega hasta aquí, donde su bigote ha cuajado.

Cuentan que el monstruo prepara un arsenal de terribles armas químicas que harán sufrir a muchos inocentes. Pero ante todo es una amenaza para nuestros aliados en la zona, como Israel. Estos son los cargos. He llegado a leer que remata las ejecuciones y mete el dedo en el agujero que dejan las balas, para sentir el pálpito de sus enemigos. Y luego encima llora como un gorila deprimido, cuando le piden clemencia las viudas.

Es un híbrido de Hitler y Stalin pero sin desodorante marxista o wagneriano. Un frankenstein del progreso que se vuelve contra su progenitor Occidente.

Lo que nos fastidia de verdad es que hace tiempo que dejo de ser útil a las potencias del progreso, la libertad y la justicia. Enfrente: nosotros (la libertad guiando al mundo) esperando agazapados como en Perejil, para salvar a ese pueblo al que previamente hemos dejado morir sin medicinas y alimentos. Los humanistas de izquierdas como Blair o de derechas como Aznar, no consideraron jamás que Occidente tenía por viejo aliado a un asesino. Más bien lo construyeron ellos mismos (madre América y sus pequeños) cuando le daban armas químicas para matar a una millón de iraníes porque se escapaban de la senda de la libertad y había que castigarlos... echando encima líquidos abrasivos, bombas letales, ácidos, espermicidas, productos abortivos y otras lindezas. Lo que pasa es que aquellos seres humanos eran de segunda calidad por ser creyentes. Sadam era ya el monstruo que es hoy. Pero entonces era un monstruo fiel. Hasta que se lanzó a por la presa de Kuwait mordiendo la mano a su dueño y echando de allí a cuatro gorrinos petroleros. Le perdonaron porque pensaron que era necesario que aquella bestia pusiera orden frente al enemigo iraní. Y allí sigue, amenazando a Israel, lleno de petróleo y sin desodorante.

La subasta ha comenzado. En lugar de una acción limitada para acabar con el monstruo parece que hay que usar los tres mil nuevos cazas que hemos comprado después del 11-S, porque el complejo militar industrial quiere su parte de la tarta. ¿No podía limitarse a un magnicidio?

Como ven, este columnista liberal no duda en matar, pero no es una excepción entre los miles de demócratas de toda la vida. Hay que matar por una buena causa, como dice André Gluksmann en nuestras páginas. La subasta ha empezado y el reparto de petróleo avanza imparable. Cualquier migaja es buena. Caído Irak limitaremos el poder de los cochinos saudíes y luego daremos el zarpazo final a los locos de los iraníes. El mundo será casi perfecto.

La doctrina fundacionista norteamericana (nuestros intelectuales) legitiman todo esto. El tratado de Westfalia es una ruina y la soberanía nacional es cosa de hipócritas y de cursis europeos. La civilización superior debe mandar, como en tiempos de Tordesillas. Además necesitamos ese petróleo para calentar nuestras guarderías.

La libertad se abre paso, y un mundo nuevo saluda en una bella mañana de otoño a los racimos de bombas que caen con vuelos de paloma.