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pacoobrer@mixmail.com
Rappel resulta un poco primitivo porque se ha quedado en la fase
arcaica y mágica, polimorfa y perversa, que es la más
importante del ser humano, que no dejará jamás de
ser niño.
Rappel es como el brujo de los famosos, y con eso se le ha contagiado
la fama, que es ese espejo con dos caras que da de comer a artistas
y comediantes de toda condición, pero que se apodera de uno
y que se acaba pasando tributo lleno de arrugas, como en Dorian
Grey. No hay crema que pueda con la fama.
Como no conozco personalmente a Rappel escribo de él desde
fuera, con cierta distancia y con una pincelada etológica,
casi de curiosidad mamífera, pero sin repulsión alguna,
ya que digo que este homínido me resulta muy simpático,
quizá por pícaro. Tiene un aire como de mono Magila
salido del armario.
Algo de magia debe saber este gran farsón cuando se gana
la vida entre convite y convite, con unas predicciones más
falsas que las de Crowley o Rasputín, otros simpáticos
sinvergonzones. Es de la estirpe de los titiriteros, los trileros,
los ocultistas mercaderes y los bufones, pero vestido de sacerdote
independiente, y con buen rollo. Lo que no quiere decir que este
tipo de granujón no exista en el circo de la iglesia, donde
abundan.
Si la psicología es como la Pepsi de la psiquiatría
(verdadera Coca-cola de los saberes humanos), la parapsicología
es como la zarzaparrilla, lo que ya es decir. Lo que pasa es que
estas gaseosas parapsicológicas dan mucho dinero, porque
nos tocan en el corazón, y todavía somos primates
supersticiosos que quieren ser transpersonales y estar fundidos
con la divinidad como si fuéramos sándwich de jamón
y queso o yemas de Santa Teresa en el paladar de Dios. Que a todo
puede llegar uno, pues esa confitería que es la mística
está en nuestra naturaleza.
Los sacerdotes oficiales son otra cosa (burocratización y
ritos huecos) y siempre han hecho de intermediarios, que es lo que
deja plata y medallas, o sea, inmortalidad de la buena: de la que
pellizca carnes prietas y visita Marbella. Por eso han surgido -y
los habrá siempre- estos chamanes de andar por casa en batín.
Rappel es como un Prisciliano rosa en la iglesia pagana española,
que es la de toda la vida (hasta hace dos mil años). Todo
lo humano es caricaturizable y por eso mismo divertido. Los dioses
se ríen de él a carcajadas, pero a él le da
igual. Rappel sabe vivir.
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