Por Paco Obrer
pacoobrer@mixmail.com
Los americanos se llevaron
una gran sorpresa cuando Yeltsin (elefante alcohólico) dejó
el poder y un agente secreto enjuto y modesto se hizo cargo de Rusia.
Se habían acabado los títeres como Gorbachov, los
disminuidos como Yeltsin, los golpistas como Tejerov. Un hombre
nuevo (madelman) surgido de las cloacas del Estado soviético
iba a tomar las riendas. Era frío y calculador, con pocas
pasiones y escasos vicios. Solo quería poder, como los vampiros.
No pestañeaba, el funcionario de aluminio. Y nunca se sabía
lo que pensaba.
Ese homo sovieticus llamado Putin haría del terrorismo su
mejor argumento para desarrollar un poder que venciera la anarquía
reinante tras la caída del Sistema. Cien millones de muertos
parecían pocos a la última utopía planetaria.
Por eso Rusia volvió a mirar para atrás y a soñar
ser un Imperio de barbudos popes y señoras bien. Lo primero
era arreglar su patio trasero, "devolver la dignidad "
(esa palabra llena siempre de mierda) a los rusos y a las rusas.
Para ello era necesario aplastar al nuevo Estado checheno y por
eso mandó a sus coronelitos, asesinos profesionales, a reducir
a los rebeldes a los que, por cierto, habían concedido la
independencia previamente. La matanza costó cincuenta mil
muertos. Putin (el nombre suena a turrón) decidió
entonces acabar con cualquier forma de disidencia interna. Y lo
consiguió. Mientras el terrorismo se cebaba con la población
de ambos países, el mundo civilizado miraba para otra parte.
Rusia tenía y sigue teniendo barra libre en Chechenia. Por
eso muchos chechenos se echaron en brazos de los porcachones saudíes,
siempre cachondos por ver sangre cristiana derramada y niñas
rubias desnudas. Putin permaneció impasible ante los golpes
de terror, que por otra parte legitimaban y ampliaban sus extrapoderes,
como habían hecho antes Stalin o Lenin.
Era frío por escuela. Ni las madres ni los niños
achicharrados le conmovían
Era el hombre que necesitaba
la sufridora Rusia.
Un neofascismo gobierna Rusia mientras Occidente mira para otro
lado. Nacionalcomunismo con trajes de Cortefiel. Los generalotes
mafiosos han aprendido que con este tío no se juega. Putin
es el Estado y el Estado es Putin. Seguramente nos cae muy mal,
pero a los rusos les recuerda a sus antecesores sin lastres ideológicos.
Es poder en estado puro. Cada ruso lleva dentro un obediente ruso.
A los anarquistas los mató la revolución. Por eso
Rusia encuentra irresistible al inmutable. Sinceramente incomprensible
para un occidental, Putin es un centrista por aquellos lares.
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