Por Paco Obrer
pacoobrer@yahoo.es
Es verdad que muchos respiramos con el cambio de Gobierno, pero negras tormentas agitan los aires. Alerta, librepensadores.
El ejemplo más claro de lo que digo en el terreno de la cultura (mercado cultural, quiero decir) se ha producido en esa Casa con tantas chicas caras y sanchopanzas con carné que ha sido siempre RTVE.
Un golpe de talante provocó la purga de un programa mítico de las letras. ¿Lo recordáis? Blanco sobre Negro, de Sánchez Dragó, con el que disfrutamos durante años los anarcas y culturetas de este país, desapareció durante el verano para renacer en el exilio provincial de Telemadrid con el nombre de Las Noches Blancas. Lástima. Es cierto que Dragó coqueteó, sin llegar a la devotio iberica, con el anterior locuelo de la Moncloa, pero también llevó a todo dios de la cultura (incluidos socialistas, republicanos, progres, carcas, anarquistas y nacionalistas al programa). Dragó, caerá bien o mal, pero es un buen escritor, un excelente lector y el mejor periodista cultural de este país. ¿Quieren saber el motivo real de esta defenestración? Paco Obrer ha estado investigando.
Pese al ataque de buen rollo y democracia que vivimos, resulta que la cultura debe ser controlada -cómo no- por el partido de turno y su grupo correspondiente. Como lo leen. Uno de los hombres de confianza de los que ahora mandan en RTVE es un cosechero de la literatura llamado Javier Rioyo. Javier parece un hombre simpaticorro y seguramente bueno (y hasta obediente), pero lleno de limitaciones y taras culturales. Sinceramente, lo veo incapaz de acometer lo que pretende: ser Sánchez Dragó.
Pésimo comunicador, ha convertido el mítico programa en un menú para oficinistas del VIPS (todo queda en casa): Música de los viejos compañeros, pelis de los sesenta, libros banales, invitados domesticados y por supuesto de la cuerda: apolillado progresismo y falsa izquierda, pensamiento tópico, divulgación mediocre, banalización de la literatura, cultura LOGSE y bodeguillera. No es estravagario. Es extrapatético.
Como Javier no es un hombre superleído (posiblemente haya leído unas veinte veces menos que Dragó y haya vivido unas cien veces menos), ha tenido que destruir el programa para poder conducirlo como un cosechero que guía un rebaño de colegas a golpe de bastón (introduce como un arriero, no conoce los temas y destruye cualquier intento de profundizar en ellos).
No hay debate, no hay sutileza, no hay ideas, no hay información: no hay derecho. Por mucho dinero que los contribuyentes nos gastemos en este programa (yo se lo daría a Vicente Ferrer) no lo ven ni en Moncloa. Ha pasado del 5 por ciento de audiencia que tenía Dragó, a un dos por ciento si llega. Gasta mucho más, pero no sabe hacerlo. Tiene barra libre, pero no cuaja entre las gentes del libro. Para colmo, cuando trata de imitar a Dragó, la sombra del caballero lo convierte en un enanito de vivero. Para intentar acabar con El Caballero del escarabajo ha permitido que se programe el mismo día, pero a mejor hora, justo antes, claro, que el programa de Dragó, que para el bueno de Rioyo es de confianza. El Estravagario será definitivamente eclipsado por el fantasmata de Dragó, que viene de la escuela de la vida y no de la del poder.
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