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¿Cómo están usteeeeedes?
Somos la generación de había una vez un circo. El más joven de
ese circo pobretón, maravilloso, hortera, desarrollista y aperturero
era Emilio Aragón.
Emilio sobrevivió a todo aquel tinglado, enterró al pobre Fofito
y se hizo músico. Un músico un poco insulso, pegadizo y paleto que
hacía millones con melodías facilonas y letras de lobotomía. El
chico estaba tocado por el destino y todo lo que tocaba lo convertía
en oro del que cagó el moro. Pero ¿de qué manantial surgía su estrella?
Decíamos que su paso por la música fue tan intrascendente como
lucrativo: unos cuantos gritos que resonaban en los garajes del
pop españolazo donde hemos envejecido todos. Sea como fuere, Emilio
supo hacerse popular con sus pachangas mucho antes de decidirse
por la tele, que es de donde venía. Emilio se volvió un pesado,
se hizo omnipresente, palmarés y récord familiar... Pero con todo,
Emilio nunca ha dejo de ser un tipo neutro, soso, medio. Emilio
es un poco nuestro último hombre, nuestro consumidor consumido,
español de la caja tonta y sumidero mediático. Hemos tenido que
castrar y dar vaselina al macizo de la raza para llegar a esto.
Son muchas generaciones de suavizante, condón y comprensión marital,
de psicólogas voraces y feas.
Así nació Medico de Familia ¡ese espanto es el pan nuestro de la
clase media! Nuestros Simpson en tontos, para entendernos. A los
Simpson españoles, que antes parecían cosa de Forges, ahora los
representa de miedo Emilio Aragón. Con su Médico de familia, Emilio
ha puesto el termómetro en el centro del pompis de la sociedad española.
Justo en el culete de esos nuevos españoles, un poco afeminados
y progres, pero a su vez completamente conservadores y políticamente
correctos. Emilio ha sabido situarse en el ojete de la tercera vía,
vamos. A medio camino entre el Psoe y el Opus, o sea en la pomada
de Venus. Me dicen que este Emilio es nuestro Tony Blair y yo me
lo estoy pensando. Pienso en Aznar representando su papel con termómetro
y todo y me cabe la cosa.
Creo que mientras existan programas como el de Emilio Aragón nuestra
gran democracia está garantizada. Tal vez por eso proliferan las
teleseries y uno puede ir al Súper, al Instituto, al Bar o poner
los cuernos a su Sansón sin salir de casa. España padece un narcisismo
televidente asombroso. En medio de todo eso, Emilio es el chico
que triunfa, seduce y entretiene; el perfecto yerno superior
incluso a Gallardón el milagro español de hombre de provecho
social. Emilio es el payaso que ha dejado de ser nómada para hacerse
votante.
Yo personalmente prefería a sus ancestros, los de la tartana.
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