OPINIÓN



PACO OBRER MERCEDES MILÁ: MANTIS DEL PERIODISMO

 

Para cualquier hijo de vecino, ver a Mercedes en la tele era como tener delante a la dama desnuda en plena anorexia. Mercedes era la erótica -y hasta la mecánica- de una nobleza que vino a fastidiar un desalmado paparazzi en una playa perdida, aquella mañana de privacy rota por las fotos que pretendían mostrarnos las ubres de una capra hispánica paciendo en el mare nostrum.

Mercedes, la original, era fiel, sin saberlo, a la consigna del primer Mussolini (que era un macho sociata y nietzschano al que interpretó muy cojonudamente Antonio Banderas): id en moto a todas partes y no frecuentéis las cafeterías…

Mercedes iba de motorista pija y dura, a lo Isabel Tocino -que tras lo de Doñana parece todavía más hija natural de John Wayne-, pero en cueros. Lo que pasa es que no se puede ir tanto en la moto, porque luego se le cae a uno lo mejor que tiene y hay que tirarse de la moto, sutituta mecánica y sin alma de lo ecuestre. Mercedes será siempre la inteligente niña maleducada y contestaria, progre, que se fuga con la luna; alfiler masoquista que pregunta y adivina con punta de diamante, convulsionaria víctima de los pellizcos de mil monjas yemeras y alcahuetas, grande carolingia entre euromoros, compromiso desde la crítica, entrevistadora mantis, morbo del felipismo y todo eso. Maravillosa Mercedes. ¿Por qué vuelves en la grupa de un caballo viejo?

Mercedes, que sufrió un largo exilio televisivo, ahora vuelve. Lástima que lo haga disfrazada de primera dama del mayordomo Hermida, quien busca pareja para amenizar su vejez hueca de tómbola benéfica, casino y discoteca de la tercera edad; Hermida se confunde con Mercedes, inteligencia de Sade. Lo mejor que podía hacer Hermida es darse una vuelta en el Titánic; aunque las marujas de las Españas erigieran un monumento por suscripción pública a nuestro saltamontes sin límites. Mercedes, a la que descubrió Tola -que era un tío capaz de matar un burro a güisquis por puro existencialismo- no se merece estar dominada por el patético Hermida, represor de la inteligencia y lidiador de la nada; Mercedes merece que llamemos al caballero Lanzarote otra vez, ahora reencarnado en algún ángel del infierno, y venga de nuevo a rescatarla de las cámaras. Por su bien.