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Por Paco Obrer
pacoobrer@yahoo.es
Aunque a simple vista parece un funcionario del
bien, dirige, con hilos invisibles, la resistencia de una nación
invadida y sojuzgada.
Cuando tenía dos años, un feúcho
y pequeño campesino fue reconocido como la reencarnación
del anterior Dalai, que no es otra cosa, al parecer, que una emanación
de Avalokitesvara o el Buda de la compasión.
Sobre la técnica de buscar reencarnados
podría escribirse un divertido tratado. La reencarnación
para los españoles es como la Lotería de Navidad:
aquí nos gustaría reencarnarnos por peñas o
por bares, un poco en forma de tribu, que es como ir al cielo de
excursión en un autobús de la UGT.
Dicen que este señor se ha reencarnado
para servir a todos los seres "sintientes". Un poco servicial
sí que resulta, pero el hombre debe tener su genio para aguantar
lo que aguanta. Poner siempre buena cara es algo que ninguna escuela
de restauración del mundo ha conseguido. A eso me refería
con lo de que el hábito hace al Lama. Así como muchos
presbíteros ingleses son sospechosos de la Interpol y sudan
semen a menudo, los lamas tienen una aire distinto y parece que
lo suyo va en serio. Aquel patito feo es hoy Su Santidad.
Aquí en España no interesa demasiado
eso de la espiritualidad, que para nosotros es un sucedáneo
para marquesonas y visionarios. A base de obedecer, producir y ver
la tele, hemos convertido el alma en un filete de pollo de “Pascual
hermanos”. Comenzamos domesticando a los herejes priscilianistas
y hemos terminado por ser el pueblo más hipotecado del mundo,
pero aquí viene Dalai a vender simpatía para liberar
a su peña y, de paso, ayudarnos un poco, que falta nos hace.
Mientras en el Tíbet se sigue torturando
y reprimiendo en el nombre de la Revolución y del progreso,
los demás países miran para otro lado y continúan
comprándoles Todo a un euro a los invasores. Ahora que el
Dalai se nos ha hecho demócrata, ya no existe la excusa de
que allí mandaba un señorito andaluz para justificar
el genocidio maoísta. El techo del mundo está lleno
de demonios invasores que prometían la reforma agraria y
han llenado aquel país de bingos y puti-clubs rojocapitalistas.
En un mundo de imágenes como éste,
el Dalai parece un vendedor de perfumes o un exiliado de Loewe.
La zapatería de mi calle ha llenado el escaparate de Budas
y botas de cocodrilo sintético, y hoy me han confirmado que
los del Inserso están haciendo meditación y yoga en
masa en las instalaciones municipales. Esto de la Nueva Era es una
plaga curiosa donde lo único que parece como de verdad es
el Dalai Lama.
El sesudo de las religiones Mircea Eliade decía
que la diáspora de los tibetanos se podía comparar
con la llegada a Occidente de los sabios de Constantinopla. Algo
de eso hay, a decir de las colas y enchufes necesarios para poder
entrar en una conferencia de Su Santidad. El budismo crece como
higiene del mundo, pero llega tarde.
A Su Santidad se le ve con esa cara de funcionario
del bien aguantando al personal, y no se sabe si está contando
moscas o pensando en el nirvana. Una estrella del pop, me dice Leopoldo
Alas.
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