|
Este antropófago nietzscheanoide con dos toques de colonia Satán
Nº 5 es un típico producto del imaginario colectivo USA. No me refiero
tanto al sutil personaje del libro como a su vulgarización a través
de la pantalla. Hannibal ejerce sobre la población el terror de
los sacerdotes, de los médicos y de los psiquiatras al mismo tiempo,
pero además guarda en su corazón una bestia primigenia que se destapa
debajo del doctor apolíneo y que va cortando intestinos y testículos
en medio de la Florencia de los Médicis.
Hannibal es la elite fustigadora que asusta desde la Edad Media
a los siervos de la gleba, la pesadilla de las clases medias urbanas
actuales, pero también un sofisticado caballero supergentelman-
que tiene un toque de seductor sin el cual sería simplemente monstruo.
Una parte -supuesta elite- del público se identifica necesariamente
con este vampiro del bisturí y su deliciosa educación, gustos culinarios
y sexuales incluidos. La filosofía de Hannibal no está lejos de
Crowley y de su simpático lema: Haz lo que quieras, es toda la
ley.
Un señor luciferino de los que tanto gustan en nuestro tiempo,
que es un tiempo de enfermedad mental colectiva que posiblemente
no es transitoria y tampoco apocalíptica.
Las acompañantes femeninas de Hannibal son siempre como Caperucita,
pero en feministas: chicas hechas a sí mismas que se levantan contra
la falocracia vigente, a la que vencen en un morboso juego de equipo.
Hannibal destapa lo que Jüng llamaba sombra, eso que todos llevamos
dentro y que a unos se nos nota más que a otros, pero que todos
ocultamos.
En esta su segunda película, Hannibal se ha vuelto un poco más
casquería, siguiendo el feísmo que destila Occidente, como concesión
al gallinero. Se ha hecho más actual y viene a poner un contrapunto
gore a la tendencia rosa de la Nueva Era.
Hay miedo para rato.
|