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Cruce de ganado bravo navarro y ganadería sentimental galaica con
algo de starlux: Mitad vaca, mitad buey: Cencerro y yugo: Palo y
¡arre burro, arre! Un demócrata de toda la vida, Fraga siempre ha
estado cabeceando: franquista, ultra, liberal, conservador, gallegista
y demás gaitas. Dicen que en su cabeza cabe el Estado, y por su
tamaño es más que posible. Ha tenido la astucia de retirarse allí
donde todo, hasta una comedia bárbara, es posible. Donde
hasta él y su gobierno de varios lustros pasan inadvertidos y se
hacen indispensables.
Fraga, como Fidel Castro, su excelente amigo, es uno de esos hombres
que adapta las cuestiones de su pueblo a las de su reloj biológico;
el sueño secreto de todo gobernante loco es ser indispensable.
Como buen conservador, Fraga ha echado raíces como uno más de los
patriarcas celtíberos, como un hombre hortaliza de aquellos de las
películas del mago José Luis Cuerda: tanto es así que hoy no desentona
entre Arzalluz y Pujol y ya anuncia a gritos la llegada de Beiras,
fauno de la tierra y político pánico.
Las ideas y actos de Fraga son ciertamente culpables de parte de
lo que tenemos, pero no precisamente de lo de la autonomías desbocadas
(fue de los pocos que vio los cuernos al toro), aunque sus ideas
sean tan palurdas como las de aquellos otros padrinos de la otras
mininaciones españolas. Fraga no deja de ser un autonomista imperial
toledano. Ganado nacional con tirantes y denominación de origen.
A Fraga -que ya no tiene que reprimir a nadie ni mofarse de que
corten el pelo a las mujeres de los mineros ni explicar la muerte
de aquellos obreros en Vitoria- el ocaso de su carrera le sonríe
rodeado de caciques, contrabandistas maqueados y señoras bien (putas
incluidas) de la España céltica, del bosque animado de la derecha
española.
Fraga es toda una muestra de que aquí no hubo sustitución que valga
de los que mandaban entonces, sino el más taimado de los pactos,
por mucho que nos quieran hacer ver con los vergonzosos 25 años
de paz del presente régimen. Es irónico y hasta metafórico que Fraga
sea el primer ejemplar de gobernante aquejado de la pasmosa enfermedad
de las vacas locas, pues fue el primer franquista mutante.
La enfermedad de las vacas locas es una enfermedad de gobierno
que tiene un antecedente en la de las ovejas locas, que tuvo a bien
descubrir Tomás Moro en su Utopía, así que puede decirse
que esta enfermedad es un castigo científico para una civilización
tecno-utópica:
"Vuestras ovejas, que tan mansas suelen ser, y que con tan
poco suelen alimentarse hasta ahora, han empezado a mostrarse tan
feroces y famélicas que hasta engullen hombres, y devastan y despueblan
casas, campos y ciudades"
Mientras tanto, los sueños de la razón arden en la queimada bajo
un cielo de plata.
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