OPINIÓN



PACO OBRER EL EJIDO

 

España es un país de frontera y Almería un espagueti western. Así se explica lo sucedido en El Ejido estos días. Es posible que, como dice Umbral, cada español tenga unas gotas de sangre mora y judía, pero también lleva dentro un matamoros codificado. Ello explica que los senegaleses o los rumanos se hayan librado del salvaje motín popular que estos días, tras años de incubación y con la puntilla de una serie de violaciones y asesinatos, ha vivido el poniente almeriense.

Las escenas recordaban aquéllas de hace algunos siglos, cuando tras continuos enfrentamientos fueran violenta y cruelmente expulsados los moriscos de España, tal y como cuenta con el corazón en la mano don Miguel de Cervantes en El Quijote. Con aquellos moriscos, muchos de ellos de origen español, con su imposible destino (casi todos los muladíes fueron vejados y exterminados en Africa) se fue para siempre un pedazo del corazón de España, y ojalá no, la posibilidad de convivir.

Conociendo nuestra Historia, parece mentira que nos creamos eso del brote de xenofobia, que debe ser una enfermedad muy rara que afecta siempre al vecino, por cierto. Como si los de El Ejido fueran extraterrestres. Creo que los extraterrestres e hipócritas son los fantasmones de la clase dirigente (sindicalistas, politicastros, burócratas y mamones) que ahora, y tras su secular penosa actuación, van a colgarse las medallas de la paz.

Primero permiten una explotación de hecho de mano de obra inmigrante, en condiciones inenarrables, para el solo enriquecimiento de un campesinado correoso y de una administración parásita que paga sus sueldos. Luego, defienden con desparpajo la necesidad de la llegada de millones de hombres desposeídos, sin trabajo, y su asentamiento en España (lejos, por supuesto, de sus buhardillas y chalets, donde solo llega la carne tersa de alguna joven africana) en condiciones inciertas (sólo un cuarenta por ciento de los inmigrantes de Almería tiene trabajo asegurado). Finalmente, se muestran incapaces de evitar, pese a las pacíficas primeras manifestaciones del pueblo, la violación y el asesinato de algunos naturales del lugar, que viven con miedo desde hace años (esto no lo cuenta la Tele). Para colmo y fin de fiesta, son incapaces de impedir, de brazos cruzados, que la chusma arrase vilmente con los enseres de los inmigrantes y que se líe a palos con ellos. Vomitivo, todo vomitivo...

Pero luego, resulta, sale a su favor la clase periodística, que ve fantasmas racistas detrás de todo y criminaliza a un pueblo entero sin tener ni puta idea de lo que allí esta pasando. No puedo estar contigo, genial Malagón, que coronas con tus dibujos esta columna, ni con el criterio de mi director, porque lo de El Ejido, así en verso, se me antoja un aviso apocalíptico del apóstol Santiago contra la demagogia y la Ley de Extranjería, que sólo beneficia al capitalismo explotador y a la clase demagógica que nos gobierna. En lugar de ayudar a aquellos países, explotamos a sus gentes mientras envejecemos sin que ningún sátrapa se preocupe de la continuidad de nuestro pueblo (natalidad, divino tesoro). Lo de El Ejido no tiene nombre. Aunque haya otros culpables, nuestros gobernantes, queridos lectores, son los responsables. Lo que ocurre es que en España, decía Ortega, todo lo ha hecho el pueblo...