OPINIÓN



PACO OBRER DON JOSÉ BOVÉ

 

Una mezcla de Astérix y Walesa: bigote caído en forma de u invertida, nariz roja de bebedor de vino, camisas a cuadros y jersey paisano color mostaza en pico. Este tío es el Paco Martínez Soria de la antiglobalización. Hoy está en París y mañana en los Estados Unidos. Se enfrenta a la policía y arrasa McDonals, apedrea laboratorios y rezuma tradición y revolución al mismo tiempo. Todo un tipo.

José ha dormido en casi todas las comisarías del mundo civilizado, ha chupado talego varias veces, pero el valiente galo -ya lo suponían- no se rinde. Y hace bien.

Dice la CIA que José no se dedica mucho a las cosas de la granja, que no ha ordeñado una vaca desde hace unos lustros, que es un liberado de una organización política. Como si un granjero pudiera pasar de la teta de la vaca y el pajar a la CNN de un salto. Qué cosas tiene la CIA.

Cuentan otras fuentes que los papás de José estudiaron en California en los sesenta, y que de allí trajo la idea de montar una comuna llamada "Flower Power" y hacerse insumiso. Años después, tras pasar por prisión por actos antimilitaristas, se vengó aprendiendo lecciones revolucionarias en un campo de entrenamiento en la Libia de la faraona Gadafi. De allí se vino directo a montar su comuna para producir queso roquefort por el método tradicional. Lo que se dice la típica vida de un campesino.

Pero para crearse una imagen cosmopolita y garrula al mismo tiempo y

convertirse en un símbolo de la resistencia contra la modernidad plástica y las zanahorias con condón, hay un paso mágico que nadie explica en su biografía y que en realidad no es otra cosa que el destino.

Bové es aparentemente un revoltoso agricultor familiar que produce queso de roquefort, que es el pariente maricón del cabrales. Pero Bové es en realidad un arquetipo revolucionario, un paleto universal que representa la agricultura que ahora llaman orgánica, que es la de toda la vida (un poco orgánico, por lo demás, si parece el hombre).

Sus enemigos de Bové son en realidad los tuyos o los míos: el capital, las multinacionales, los supermercados y las patatas fritas y la carne de perro de los burguer.

No puedo decir que alabe el gusto del paisano ni su paladar ideológico, pero aquello que hace y come me cae bien.

Tu guerra, querido José, está perdida del todo. Sin embargo hay que luchar para que las generaciones futuras tengan un referente y puedan comer pimiento de piquillo y zarajos de oveja. Y además, !que coño¡, ordeñar la vaca te quedaba pequeño. Que ordeñen ellos.