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España envejece con la tele puesta: Entrada en años,
un poco sorda y medio tarada, la sociedad televidente se traga lo
que le echen. Desde que la derecha está en el poder y Pedro
Ruiz es un existencialista, las cosas no han mejorado.
Dos series de Policía Nacional, una de Guardia Civil, procesiones
y casquería monárquica televisada a tope... Sólo
faltaba el récord de audiencia de "Cuéntame"
¿Nostalgia? ¿O será que cualquier tiempo pasado
fue mejor porque el proceso de globalización estaba menos
avanzado?
Cuando a alguien sólo le queda pasado -tocino agridulce en
este caso- es que está muerto. La televisión, además
de un formidable dispensador de basura y una máquina de control
ciudadano, es un espejo de la sociedad que la produce.
El que los servidores del orden sean lo cotidiano es ya todo un
síntoma de decadencia e inseguridad creciente, pero que nos
den la sopa de fideos tardofranquista llena de edulcorante demócrata,
puede resultar letal. En realidad no hay mucha diferencia entre
el tardofranquismo, el tardofelipismo y el tardoaznarismo. "Cuéntame"
es ricino socialdemocristiano televisado: es consenso desde la caja
tonta. Un ricino dulzón que gusta, porque dicen que entonces
la gente ambicionaba menos: La clase media existía, el cura
no metía mano a mansalva, el barrio no tenía inmigrantes,
la gente iba bien peinada en el metro y aspiraba a poder bañarse
en Benidorm, aquel paraíso para el metalúrgico de
Manchester o Düssedorf.
Imanol Arias se ha identificado muy bien con el padre franquista
porque lo lleva dentro, su señora es en realidad una costurera
existencial, el niño progre es un niño yeyé,
y la pija del PCE es una pija del PCE. En realidad no les hace falta
actuar, porque fueron y son así, de natural. Y ahí
el secreto de la serie. Es costumbrismo en vena. Como aquel detective
que se hacía pasar por Alfredo Landa en "El Crak".
Los arquetipos del españolito se apoderan de los actores,
y no hace falta que estos actúen, ni el público tampoco.
El pueblo aplaude como el conejo que anuncia pilas. Éste
es el milagro de la serie, que no es otro que el milagro español
de los sesenta. Casi todos los españoles de cierta edad están
viviendo esta serie como una experiencia de psicólogo de
barrio, verdadero trauma perinatal franquista o taller de la muerte.
Y ello dice muy poco del presente. Lo que en Europa son triunfos
electorales de la extrema derecha, aquí son campanazos televisivos
de series de orden, pero que tienen la misma lectura. La audiencia
se hace carca, se hace mayor por momentos. Vuelvo a preguntarme:
¿Cualquier tiempo pasado fue mejor o es que el proceso de
globalización estaba menos desarrollado?
Más del ochenta por ciento de los españoles de aquella
época fueron felizmente franquistas, como hoy son felizmente
monárquicos o Chiraquianos. No sé si cada pueblo tiene
la televisión que se merece, pero pasadas las primeras jornadas
de la Revolución Francesa, me temo que sí.
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