Por Paco Obrer
pacoobrer@yahoo.es
Tras conocer el resultado de las elecciones en
Cataluña han mandado desde Madrid un camión de bomberos
para apagar las llamas de no se sabe qué incendio, metiendo
miedo a la gente bien. Dicen que es el acabóse, pero a mí
me parece vertebrador lo que allí sucede, que no es otra
cosa que una rebelión de las clases medias contra los tenderos
de toda la vida y sus aliados imperiales, que querían convertir
a Cataluña en una delicatessen corrupta con derecho de admisión.
A los de toda la vida se les ha pasado la butifarra.
El artífice de todo este jaleo es un cabezón de
Tarragona llamado Carod Rovira. Filólogo que confiesa su
gusto de pasear, ver castillos, comer sepia con patatas y coleccionar
“pins”. Más despacio. Si le gusta pasear y construir
castillos, el hombre tiende a sentimental. Si le place disfrazarse
con “pins”, significa que es un poco veleta y hombre
flexible, que su inteligencia actual no es demasiado ideológica
y que busca construirse una identidad, como la nueva Cataluña.
Pero lo más genuino en él es lo de comedor de sepia
con patatas, porque de lo que se come se cría, y él
es un poco sepia con patatas.
Carod no viene del abrevadero de la política institucional
sino del desierto de lo extraparlamentario, y eso le da un toque
de interés y proximidad que exacerba su cara de vecino listo
y amable, que es lo que al final va a ser para Madrid si no se nos
sube la cosa de Valladolid (aznaridad) a la cabeza.
La vocación de este hombre es la cultureta, y su nacionalismo
es el de la izquierda, es decir, un nacionalismo trufado de civismo
y no etnicista, lo que ya es un poco menos nacionalismo. El nacionalismo
de la sepia con patatas tiene algo de internacionalismo de fish
and chips y un poco de ajoaceite del bajo Aragón, pero echa
mucha tinta y llena los periódicos.
Hay que relativizar lo que allí está pasando en lugar
de mandar un coche de bomberos desde Valladolid para hacer el ridículo.
El independentismo es escaso en Cataluña porque ninguna metrópoli
(Barcelona) abandona sus colonias (del Ebro para abajo). Pero además,
si prima lo solidario, imagino que estos señores se acordarán
de Aragón y Extremadura y la utopía de una España
con diecisiete suegras, en lugar de practicar el egoísmo
nacionalista. De otra manera habría que recordarles que en
las Generales el PP les triplica en votos en Cataluña.
Dicen sus detractores (los otros nacionalistas) que Carod es hijo
de un Guardia Civil de Teruel del que heredó el mostacho,
pero esto de ser hijodalgo en la nueva Cataluña de la modernidad
es lo de menos. Carod ha hecho la psicopatria que necesitaba Cataluña,
que consistía precisamente en que un hijo de un Guardia Civil
fuera algún día Conseller en Cap. Este señor
no tiene cuatro apellidos catalanes, pero es un buen filólogo
que apunta un programa regeneracionista centrado en la cultureta,
cargos familiares millonorarios, las embajadas y mucha sepia con
patatas para todos. Dice que Cataluña necesita tantos embajadores
como tienen algunos landers alemanes, para darse a conocer; pero
lo tiene difícil con su doble bandera de España y
su lengua romance tan parecida al castellano. Yo creo que a Carod
Rovira, como se descuide, puede tentarlo el poder y el bacalao con
butifarra en lugar de la sepia con patatas, perdiendo la cosa interclasista
del alioli. Maragall puede anestesiar a copazos a cualquiera: es
otra vieja Cataluña la que gobierna la oligarquía
del PSC y no sé si van a dejar crecer a esta criatura, que
es el hijo prometedor de los dos grandes partidos enfermos. Del
republicanismo de Ezquerra queda poco más que el nombre,
lamentablemente.
Pujol confiaba en aquello de que las cosas cambiaran para que nada
en realidad cambiase. Su olfato mediterráneo ha fallado,
tal vez porque en la vida las primeras intuiciones son las que valen
y Carod venía del internacionalismo. Un ilusionado y hambriento
socialismo nacional y democrático es lo que llega a Cataluña.
O sea, barra libre de sepia con patatas.
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