Por Paco Obrer
elobrer@hotmail.es
La política es cosa de señoritos y gentes ociosas, idealistas difusos, fantasmatas vocacionales, personalidades volubles y egos con catapultas. Uno se hace político y se separa de la gente más y más hasta llegar al poder. Estar en el poder implica no saber cuánto vale un condón, una barra de pan o un café. El poder es un preservativo existencial que te aleja de tus vecinos, amigos y aficiones. Como la fama, te convierte en un impostor de ti mismo, rodeado de fieles y pelotas. La libertad de un político es muy relativa. Aunque no quiera el político tiene que disimular y dejar de pagar los cafés, salvo en cenáculos seguros y blindados donde el café está subvencionado.
Creo que el karma del político es el peor de todos porque la política es una fama basada en la seducción y el engaño de salvar a los demás. El idealista cuando llega al poder no se apea del burro y hace lo que sea para permanecer en él porque es un esclavo de su máscara. El político, como cualquier vendedor, debe primero engañarse a sí mismo para poder engañar a los demás. Lo de que los políticos se alejan de la realidad es un hecho incontestable y una consecuencia más que una anécdota. Franco, que daba siempre a la gente el cínico consejo de que hiciera como él y no se metiera en política, jugaba a las quinielas y hasta las ganaba para no alejarse del pueblo. Azaña acabó pelando geranios mientras la gente se reventaba el bazo a palos.
Yo no sé qué hará Zapatero para no alejarse de la gente, pero alguna papiroflexia debería hacer de manera urgente. Lo de la tele estuvo genial, pero no es suficiente. No hace mucho tiempo, cuando las hipotecas estaban al 4%, el entonces presidente de Cataluña, nuestro señorito Maragall, dijo lleno de gravedad que la gente joven lo tenía muy difícil con la vivienda porque las hipotecas estaban al 16%. La mujer de Aznar, tres días después de la matanza del 11 M, dijo que cuando se casó su hija se dio cuenta de que fuera de la Moncloa pasaban cosas… Visto así, ser político es una desgracia importante. Anécdotas, lapsus y confesiones como las del precio del café deben entenderse como propias del oficio más idiota del mundo: El personaje que las protagonice es lo de menos.
“Estar en el poder implica no saber cuánto vale un condón, una barra de pan o un café”
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