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Un mandado gobierna el mundo.
El poder ha escogido a este hombre para representar todo lo que,
en realidad, no es un Presidente de los Estados Unidos. Así como
Putin cumple a la perfección con su papel de androide post-bolchevique,
Bush se identifica con el común de los mortales americanos, que
no son precisamente los que mandan. Jorgito es sólo la calavera
-que no el calavera- del contubernio USA. En realidad, los Estados
Unidos están en manos de un aparato político que necesita un actor
cada cuatro años para representar el drama de la elección popular
y legitimar su mandato sobre su pueblo y el dominio para el resto
del mundo. El verdadero milagro de la democracia USA consiste en
que siempre sale el que tiene que ganar. Tal es la sabiduría de
sus gentes.
El caballo de Calígula era un intelectual en comparación con este
hombre. La elección de un inferior tiene en este caso un significado
particular. Me cuenta mi psiquiatra que el cuélebre Clinton se aparece
desnudo a las americanas cuando duermen, y eso es intolerable. Los
americanos necesitan inconscientemente un sacristán castrado y ulceroso
al mando de la nave, porque nadie puede asegurar que la farsa de
las elecciones no depare un sátiro, un zombie, un clonado, un caballo,
un Aznar o qué se yo. Más allá de las urnas, cualquier atisbo de
identificación o ejercicio de vitalidad entre el actor y el pueblo
debe ser controlado por los hombres del aparato USA. Sólo así se
entiende la continua elección de los peores para la presidencia
americana. El presidencialismo tiene los días contados.
Lo de Bush es más grave, si cabe, por todo lo que tiene detrás:
papá Bush y la vieja oligarquía armamentística y clonadora. Eso
combinado con el viejo puré moralista que destila el muñeco que
sustituye al prepucio mundi clintoniano (y clitoriano), es una bomba.
El fantasma de la Levinski - la Lucía Etxebarría de allí- debe
ser borrado del inconsciente americanoide. Por eso los guionistas
yanquis han decidido colocar a este subnormal de dios al frente
del manicomio. Es la primera vez que un dibujo animado
-los Simpson- conforman la realidad de un imperio mundial. Y eso,
creedme, tiene su mérito. Dicho de otro modo: Cada vez que en Tejas
electrocutan a un pobre canalla, la América profunda sufre un orgasmo.
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