OPINIÓN



PACO OBRER ARCANOS MENORES: BILL GATES

 

 

Tiene cara de hombre corriente y moliente; de estar molido, vaya. Picasso tenía cara de mono corriente y también era un genio. Si las apariencias engañan, hay algo en el fondo de Bill que resulta todavía más enigmático. Detrás de esa cara de buen padre de familia metodista, detrás de esa percha de medio hombre medio, detrás de esos trajes de representante del pequeño comercio vestido de domingos hay un algo de guasa que brilla como la polar del genio. La divina inteligencia tiene ese aire de infancia. Como Emilio Aragón, pero en inteligente de verdad.

Bill es quizá el hombre más rico del mundo, se habla de sus 6 billones de no se qué, pero este es un dato de contable y maruja, insignificante en la grandeza del personaje. Estamos ante el Gutenberg y, si me apuran, ante el Leonardo del siglo XX, y eso es mucho.

Si uno otea en internet, la cantidad de cosas que encuentra sobre Bill asusta. Unos payasos de la falsa cábala, posiblemente satánicos (ser satánico hoy es como ser del Opus en los años sesenta) se empeñan en asociarle con la Bestia bíblica o Anticristo. Para ello echan cuentas sin parar a su nombre, al www, multiplican y dividen, etc. Todo hasta que el pobre Bill se convierte en lo peor del mundo. Envidia y pura envidia. Bill parece un buen cristiano que viene con un software bíblico debajo del brazo a saludarnos y a hacernos felices. Esclavos, eso sí, pero felices.

Cuentan que a los trece años, en sus horas libres, en lugar de robar revistas porno y romper farolas, en lugar de voltear vaquillas y hacer lunas, Bill soñaba con máquinas y programas para facilitar la vida a los demás y conquistar un destino. Pobre gran hombre. Pobre monstruo. Cuando los idólatras de la informática hacían sus altares con los computadores -qué puta y grande es esta palabrota- a él se le ocurrió algo tan sencillo como hacer la informática al tamaño y al servicio de la persona. Simple y genial, querido Leonardo. A pesar de tus malas artes comerciales que está purgando la Justicia.

Cuando aquí estaba reventando el siglo XIX y Franco estiraba la pata de Santa Teresa, él fundaba Microsoft. Entonces iba con un grupo de iluminados que parecían del GRAPO y de los que dicen las malas lenguas que no estaban lejos de la cultura de los visionarios californiana. Leyenda o no, Bill no perdió un minuto en su carrera leonárdica y humanista. Empezó a inventar, vender, gestionar. Y pensó, y pensó, y pensó...

Pero lo cierto es que aquel jovencito Frankenstein sigue sin convencernos a los cabrones de los europeos, que somos más viejos y retorcidos que las furcias mesopotámicas y no nos creemos lo de la grandeza espiritual de América pese a que Nietzsche nos hablara de la era del niño. Puro resentimiento europeo.

¿No hay algo en esa imagen que asusta? ¿Será la fealdad del beato monopolista? Tras tanta filantropía (millones de dólares al año) y tanta expiación, tras una familia feliz y un hombre genial, algo tiene que fallar. No en vano pensamos, imbéciles y miopes, que la envidia y no el amor mueve el mundo.