OPINIÓN



PACO OBRER JAVIER BARDEM

 

De macho ibérico a poeta gay. De matajamones a pecador hombre ilustrado ¿Érase un actor a un falo pegado?

Una cosa es que nuestros jóvenes embutidos pongan cachondo al puritano, blanco y grasiento inconsciente americano, que los españoles tengamos que entrar a Hollywood por el ojete del cine como si fuéramos la raza del orgasmo mundi, y otra, que detrás de ese gran actor que es Javier Bardem se esconden cuatro generaciones de cómicos y actores bien trabajados, de profesionales excelentes de la vieja Europa. Que Javier pertenezca a la estirpe de arquetipos que viajan en tartana y beben vino.

Javier Bardem ha tenido que pasar por ser un incubo para llegar a donde está y así poder desarrollar otros músculos en la pantalla. Un poco dionisiaco y un poco Príapo sí que resulta este españolito.

Hasta el siglo pasado, a los cómicos se los trataba como a perros. Los actores dormían fuera de las posadas y eran una especie de apestados. Bardem fue portero de discoteca (un avatar) antes de que Bigas lo descubriera en su Jamón-jamón, aquella película que sirvió para exportar ibérico en tiempos de la peste porcina y otras conjuras antiespañolas. Pero Javier no se quedó en producto de la tierra y su último papel, de mano de la rosa nube, lo ha elevado al Olimpo de la cinematografía: ese lugar hortera, esa fábrica de aromas y hormonas que es Hollywood.

Cuentan que a Bardem un día se le acercó un mostrenco en una discoteca, le preguntó por su nombre, y al reconocer quién era, le partió la cara de un puñetazo sin más explicación. Esas cosas - uno piensa- sólo le pueden pasar a un arquetipo. Los actores han pasado de ser perros a ser dioses.