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pacoobrer@mixmail.com
Muchos pensamos que se le ha ido la olla pero, para nosotros los
patafísicos, es lo mismo que decir que es un gran cuerdo.
Unos dicen que le ha salido un gorro invisible de Napoleón,
otros que hay que erigirle una escultura en la Castellana, a lomos
de un caballo, aunque quede un poco paticorto: "A Ansar I el
Batallador". Igual que ocurriera a González, la Moncloa
tiene algo que hace perder la cabeza a cualquiera. ¿Qué
será? Personalmente soy partidario de recortar los mandatos
presidenciales a dos días y de que sean rifados entre los
manicomios de toda España, como el resto del Estado disuelto
en opio.
Visto lo visto uno se hace más ácrata y más
abstencionista que nunca, aunque ya sé que ahora los otros
van de buenos y quieren tener su oportunidad, pero yo no les creo
del todo, aunque les vamos a necesitar en la nueva geopolítica
que está naciendo en Europa y que posiblemente limitará
la feroz explotación de los darvinistas sociales.
Ansar I, montado en su caballo, lo tiene claro: volvemos a ser un
Imperio. Claro que ahora está un poco triste porque resulta
que sólo le llaman para hacer paripés. Piensan que
nuestro Cid en pantunflas sólo sirve para llevar cafés
y vendas a la guerra y eso le tiene muy preocupado. En la galería
del esperpento patrio he oído estos días que sólo
los americanos pueden salvarnos de la ETA, que el mundo hablará
inglés y español
Hay algo de criptonacionalismo
en la decisión imperial de nuestro gobierno. La vieja España
pinta algo ahora que está herida por los minipatriotas nacionalistas.
Y mientras aparece en el horizonte un nuevo europeismo, Ansar I
mira hacia otra parte y el cabreo del pueblo va en aumento y la
cosa se pone batasuna hasta en el Congreso, donde rumian las fuerzas
vivas de esta Segunda Restauración llena de jóvenes
con banderas republicanas al viento. La que viene es buena.
Ansar I nos prometió cordura y nos trae locura. Muchos le
votaron para librarse del otro loco y de los tenderos convergentes,
que han saltado como pumas porque han robado un jamón en
unos grandes almacenes. Quien siembra guerras recoge multitudes.
He oído que en el partido empiezan a pensar en voz baja que
el jefe está majara y querrían incapacitarlo, pero
nadie se atreve ni siquiera a desmarcarse. Si Gallardón (el
androide) hubiera ido a las manifestaciones habría salvado
al partido, pero parece que la Guardia Republicana no le deja. Piensan
que el desgaste será lento y que ya lo arreglarán;
pero esta guerra la dan por la tele y los gritos de las víctimas
nos hielan el corazón.
La cosa tiene bigotes. Esta es una guerra de machos mostachos y
nuestro Ansar I es un minicaudillo al que la gente no entiende.
¿Se puede gobernar contra la opinión pública?
Yo creo que no. Si para salvar el mundo hunde su proyecto político
y desprecia lo que pueda pasar en las urnas, es que algo no marcha
en esa azotea que es una verdadera tea. Por las noches, Ana Botella
reza como Felipe II por el bien de la humanidad entera en su idílico
nuevo orden sin partidarios, pero los elementos no están
con nosotros y el papado amenaza con excomunión. La conciencia
de la humanidad entera ha chocado con el funcionario de la Moncloa
¿Despertará?
En el bar de la esquina he oído su epitafio político
entre brindis, consignas y carcajadas: ni la botella ni el botellín.
Cuando España está de guerrillas no hay emperador
que valga.
Que espere a las urnas.
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