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La gente experimenta un extraño placer cuando cae un semidiós (Ángel
era un semidiós del franquismo, donde hasta los dioses eran bajitos).
Nos gusta pensar que tenemos algo en común con la desgracia, pero
que ésta pasa siempre rozando, y ésa y no otra es la madre de todos
los morbos.
Ese consuelo tan insano es el que alimenta la masiva audiencia
de la lobotomía televisiva en estos tiempos. Ahora le ha tocado
pasar por su purgatorio mediático a Ángel Cristo, a quien Dalí llamó
digno domador del emperador Trajano.
Ángel tiene un aire de viejo gladiador púnico que provoca tristeza
y melancolía. Este viriato jubilado, dicen los sindicalistas, es
una víctima más del neoliberalismo que todo lo puede en estos tiempos
y que no respeta ni a los leones. Eso de enriquecerse y arruinarse
sin que medie una reencarnación suele ocurrir en los USA, que funcionan
a golpe de darwinismo y si uno se descuida se lo traga el WC de
la competitividad, que es el peor inodoro, se pongan como se pongan
en la escuela liberalcatólica austríaca.
Ahora resulta que los leones de Ángel no tienen donde quedarse
y los ecologistas se le han echado encima, con cierta razón y mucha
tardanza. Que se los lleven a las Cortes. Cuando uno se cae en esta
sociedad, lo primero que miran es por salvar a sus viejos leones
o arrancarle las muelas de oro. Otro consuelo.
Me cuentan que Ángel pesó seis kilos y medio al nacer. Que llegó
a pedir limosna para sobrevivir, y que de la mano de una gran alemana
montó, con coraje y éxito, sus propios circos. Cuando ella murió
encontró a Bárbara, que fue la leona a la que nunca pudo domar.
Un día se presentó a buscarla con una pistola en un bingo, otro
la sacaba el látigo y echaba gritos al aire, pero jamás pudo domarla.
Ya sabemos que Bárbara no se achanta ni con el CESID, que Bárbara
hace honor a su nombre.
Con Ángel declina algo del viejo circo hispano-romano, ese circo
destartalado al que parece que se le ha escapado el tiempo. El circo
tiene algo de triste y de demonio de provincias: con sus tartanas
y animales melancólicos, con sus payasos narcotizados, con sus personajes
demasiado humanos. El mundo -y esto es lo que no soportamos ver
reflejado en el circo- es un terrario lleno de explotación, crueldad
y tiempo muerto. Si el viejo circo está en extinción, uno nuevo
viene a nacer. Ya lo decía Durruti.
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