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Almunia es una de las caras de Belmez de nuestra democracia: el
buen segundón tiene algo de España de los setenta, de orgía pasada
en kilos y responsabilidades, de hippy cebado y terminal que se
ha convertido en un si
mpson made in spain, un poco cuarto trasero y algo sanchopancista.
Nuestro líder de la oposición, lo mismo tiene un sosia en un burdel
que en la cabina de un pegaso, en un Instituto o en una comisaría
de la policía nacional. Y en eso, precisamente, reside el milagro
de ser popular, elegible, representante de ropa interior o destripador
de Moncloa, lo mismo da.
Almunia es nuestro Zelig: maestro de la mimetización es el más
felipista entre los felipistas, el más liberal entre los liberales
y el más socialista entre los socialistas. Lo que pasa es que Almunia
no puede quitarse esa mancha de haber perdido contra Borrell, y
luego habérselo quitado de enmedio a golpes de aparato urinario.
Es cierto que un partido solo podrá ser popular cuando represente
a todo quisqui, de lo que está bastante lejos el PP y algo menos
el PSOE, pero de ahí al marketing hueco del señor Almunia hay una
distancia: la de la credibilidad.
Otra cosa que no se sabe es qué pasaría si el bueno de Almunia
ganara: la reacción del felipismo sería encontrada, sorpresiva,
cuartelera: o la sombra de la bestia es enterrada por siempre y
este hombre bueno que es Almunia se abre paso como un torpe Claudio
barbudo y enorme o bien el poder oculto gobernará haciendo de Almunia
una cartelera de cine costumbrista con derecho a cambio de sábanas.
La mediocre derecha, no obstante, está tranquila, pues con el enterrador
que lleva por compañero, el triste y digno muerto de Frutos, es
difícil que ganen. Y ello a pesar de que la pobreza, la injusticia
y consecuentemente la demagogia tienen un gran porvenir en España.
Por otra parte, la gente no quiere ser yanqui del todo y desconfía
de las recetas liberales con dentaduras postizas que día a día se
imponen con horror realista contra la parroquia socialdemócrata
(más de lo mismo en peor estado)
Cuando Almunia era ministro de trabajo, la cosa se puso muy mal...
y por mucha buena intención que llevara casi nos hunde. En aquellos
tiempos el dinero se les iba de las manos por las cloacas del Estado
y demás magistraturas.
¿Alguien recuerda cómo se llama de nombre éste Almunia?
¿Entregaría usted a su hermana pequeña en adopción a este hombre
o a Aznar?
Sinceramente, yo preferiría que se criara como Rómulo y Remo, mejor
entre lobas que amamantada por la partidocracia, que tiene las ubres
envenenadas.
Almunia, no es menos cierto, parece un buen hombre al que el poder
ha transformado, que diría Rousseau. El problema es que él puede
trasformarnos a nosotros, los que ni creemos en su democracia ni
creemos en su Estado. Consecuentemente, no votamos a nadie.
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