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pacoobrer@mixmail.com
¡Almohades, almorávides, almodóvares!
Este genio con nombre de tribu mora es un grande universal con más
sensibilidad que una paciente de Freud. Tiene al mundo revolucionado
por su perplejidad estética y su tacto aterciopelado, que
es más sutil que el azafrán que guardan como tesoro
los cofres en su tierra para cuando se casa la niña o le
dan a uno un Óscar. Almodóvar es ser humano universal,
un caballero andrógino que sintetiza el mito de Quijote y
Sancho en un solo cuerpo. Una criatura cervantina, libertaria y
espléndida que explora la deshumanización del arte
y la vida mientras lucha contra la obesidad y la guerra. Almodóvar
es un cosmopolita con raíces con el que se ha cometido una
gran injusticia por parte de ese inconsciente colectivo cineasta
que son los chicos de la Academia. Últimamente, la Academia
hace competencia a esos otros actores de segunda que son los políticos
porque ya está bien de tanto funcionario con canonjía
parlamentaria y mentira por profesión.
La Academia se equivocó al mandar un retrato obrero a Hollywood
por tres cosas. Primero, porque su temática es intraeuropea
y está llena de óxido del estado del bienestar; todo
ello muy humano, justo y necesario, pero muy localizado. Segundo,
porque allí no entienden de estas cosas, que les producen
cierta urticaria a los neoliberales y a los pijos y no les vamos
a obligar a comer sardinas en lata por mucho que nos pongamos cabezones.
Tercero, y fundamentalmente, porque no es comparable con el film
de Almodóvar, obra maestra que pasará a la historia
del cine cuando no quede un Astillero en pie. La de Fernando León,
siendo una buena película, está llena de buenos sentimientos
de la margen izquierda o por ahí, que además deprime
un poco y sabe a sardina rancia sin glamour.
El cine de compromiso o el realismo social es un viejo producto
ideológico y un lujo en períodos de libertad y una
obligación como la sardina en lata- en dictaduras.
Por eso en Hollywood han flipado creyendo que esas cosas ya no existían.
Con ello no cuestiono la calidad de esa película, aunque
reconozco que me salí de Solas, mismo género, como
un día escapé horripilado de El Hombre Elefante.
El cine que valoran fuera -aparte del propio- es necesariamente
universal y es arte total (el olfato lo ponen los ambientadores).
Hable con ella cumple estas dos premisas que no cumple Los lunes
al sol. Es así de simple, al margen de la distancia que creo
que separa ambas obras.
Hay algo en esa decisión de la Academia de rancio nacionalsindicalismo:
querer imponer nuestro bocata de sardinas por ahí fuera,
aparte de ayudar a otro magnífico director, es como querer
que den un Oscar al cine iraní. Hay algo de caspa con subvención
en aquella decisión que hoy se ve sumamente equivocada y
terca. El cine del compromiso lo tiene difícil en un mundo
como éste; como el cine español en general, con tradicional
tendencia al petardo comprometido y a la exhumación guerracivilista.
Diez años más de subvenciones y acabaremos como el
cine francés actual, de manera patética.
Confundir el compromiso con la oportunidad no hace ningún
favor a nadie. Empiezo a sospechar que no sólo están
oxidadas las sardinas.
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