GABRIEL ALBIAC

|
|
MILENIOS: NADA.
No hay milenio. No, al menos, sus tristes, convenidas, mitologías. El
mundo es monótono; aun sus horrores aburren más que enojan. Pervive la
ciudad, su cielo lácteo, su ciclo de cristal ajeno al tiempo, su excesivo
lirismo sin sentido, hojas secas, derrotas resignadas. Todo lo vimos ya,
todo lo ha visto alguien. Lo volveremos a contemplar alguien volverá
a contemplarlo sin gana, como siempre. Como siempre, asistiremos,
diciéndonos fascinados, al milagro trivial de sus repeticiones. Esa inercia
es la vida, a eso llamamos, con retórica ingenua, nuestra historia, pero
no es sino hibernada pereza. "Todo visto": Rimbaud, como cualquiera.
Dejo a Coltrane sonar en la luz excesiva del otoño. Nada sucede de lo
que quepa huella memorable. La calle es un silencio congelado, After the
rain sucede en otro tiempo, o tal vez en ninguno, que es el tiempo, dice
Borges, propicio a la metáfora: a la música pues, la poesía, el juego,
las pocas cosas que algo cuentan. Las que no son del tiempo. Releo a un
Malraux que es ya material de archivo en Panteón de hombres ilustres,
una pena: "Si el hombre no opusiera a la apariencia mundos sucesivos
de verdad, sería sólo un mono". Tal vez, con el fin del segundo milienio,
haya llegado, al fin, el momento de ser impecablemente monos. Es la sospecha
primordial de nuestro tiempo. Lo era quizá, hace cosa de medio siglo ya,
para el mismo André Malraux deslumbrante y opiómano, golfo y aventurero
y sapientísimo, atónito ante Djoser, piedra de la tercera dinastía
o Edipo ante la repetida y siempre misma Esfinge, si se quiere:
"No tenemos con el autor de esa estatua en común nada; ni siquiera
el sentimiento del amor o de la muerte; no tenemos tal vez siquiera el
modo de mirar su obra; y, sin embargo, ante esta pieza, el acento de un
escultor cinco milenios olvidado nos aparece tan invulnerable a la sucesión
de los imperios cuanto el acento del amor materno".
Nada, rigurosamente nada, es eso a lo cual llamamos milenio. Salvo nuestra
miedo de decir que es nada. El tiempo: el mal. Malraux. También, el tan
distante Borges: "sólo perduran en el tiempo las cosas que no fueron
del tiempo". Mas la ciudad persiste, indiferente. Sumergida en su
gris cielo de estaño. Y esta ciudad es de repente todas. Fría y gris y
lejana y luminosa y fascinante. Eterna. Es la ciudad que Poe vio sumergida,
la que añorara Ovidio hasta la muerte, la que cifra el deseo y el exilio.
Ciudad de Baudelaire, amable infierno donde se abre la luz a cuchilladas.
La eternidad, sabe Malraux, está en ella, en ella la belleza aun de lo
ausente: "Yo, que he visto en el océano malayo constelar las medusas
fosforescentes tan lejos cuanto el ojo puede sumergirse en la bahía, estremecerse
luego la nebulosa de las luciérnagas sobre las colinas hasta el bosque,
desvanecerse al fin en la gran difuminación del alba
" La eternidad,
sabe, es nada en esos ciclos tenues del infinito. Nada más la palabra
que la dice. Nada sino esta ficción, el lugar del hombre, su forma, la
ciudad, "el hombre muerto que comienza su vida imprevisible... Un
día, ante las extensiones áridas o reconquistadas por la selva, nadie
adivinará cuanto la inteligencia humana impuso a las formas de la tierra
Nada quedará de esos palacios que vieron pasear a un Miguel Ángel exasperado
por Rafael. Nada del París donde Renoir se sentaba con Cézanne, Van Gogh
con Gauguin
" Lo intemporal será un mudo latir en las ruinas
de los milenios.
(c) Gabriel Albiac
|