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LOS NIETOS DE CELA Y DELIBES

Por Pedro Maestre

Es un hecho que en la década de los noventa se ha producido en la literatura española un cambio generacional, un natural, necesario y deseado cambio generacional. Los nuevos escritores, cuya fecha de nacimiento es posterior a 1960, han ido saltando al coso literario desde finales de los ochenta hasta hoy, que hay tantos que quizá ya no se ve venir al toro, o se le ve venir enseñado. Pero empecemos por donde dicen que hay que empezar, por el principio, con los escritores que iniciaron este cambio. Hay que destacar a Martín Casariego, a Ray Loriga con su novela Lo peor de todo, a José Ángel Mañas con Historias del Kronen, a Francisco Casavella con El triunfo y a Belén Gopegui con La escala de los mapas. Después vinieron Benjamín Prado con Raro, un servidor, Pedro Maestre con Matando dinosaurios con tirachinas, Juana Salabert con Arde lo que será y Varadero, Lucía Etxebarria con Beatriz y los cuerpos celestes, Juan Manuel de Prada con Coños y Las máscaras del héroe, y más recientemente Marcos Giralt con París y Lorenzo Silva con, entre otras, La flaqueza del bolchevique y El alquimista impaciente, novela ganadora del último Premio Nadal.

Por cierto, Destino, la convocante del Premio Nadal, ha sido la editorial, con Plaza y Janés y Lengua de Trapo, que de alguna manera ha capitaneado el relevo generacional. Otras como Espasa, Anagrama y Planeta se han subido al carro cuando han visto que se quedaban fuera del juego, literaria y económicamente, porque si hay algo que ha avalado, más que la crítica, siempre maximalista y reticente a lo recién llegado, a la nueva horda de escritores, esto ha sido el éxito de ventas de algunas de las novelas antes mencionadas. Alguien puede decir que una buena campaña publicitaria que tiene en cuenta el afán de lo novedoso que todos tenemos ya hace o puede hacer mucho, y sí, tiene razón, pero hay que considerar también otros factores no tan superficiales. Partimos de la base de que la gente no es tonta (que vuestra opinión crítica haga un esfuerzo), por tanto, si se siguen, u o seguís, interesando por la literatura de los, por edad, que es un decir, jóvenes escritores, ¿ no será que hay algo más hondo que lo novedoso? ¿ No será que algunas de estas novelas han echado raíces porque hablan a los lectores de una manera que entienden, hablan con un tono cómplice, desde una mirada compartida, de problemas comunes? ¿ No será que los lectores se sienten identificados por lo que se cuenta o por cómo se cuenta? Las editoriales que apostaron por los noveles vieron esto, tuvieron la suficiente sensibilidad para darse cuenta de que la sociedad estaba cambiando y que había que estar atentos a los nuevas voces que la reflejaran de una manera o de otra.

Cualquiera que haya leído sólo tres o cuatro novelas ( si lee más tampoco le va a pasar nada, no va a sufrir ninguna mutación genética) de las que he destacado, u otras de los mismos autores o de otros ( la nómina sería interminable: Antonio Álamo, Juan Bonilla, Fernando Royuela, Care Santos, David Trueba, Paula Izquierdo, Luis Mangriyá, Espido Freire,etc.), habrá comprobado que tal novela no se parece a tal otra, y ninguna de las dos a una tercera, y… Si hay una característica común aplicable a todos los nuevos escritores es la que insinúo, la variedad de estilos. Prima la individualidad y cada uno de nosotros tiene un estilo personal e intransferible, más verde o más maduro pero marca de la casa, y, por tanto, sus particulares preferencias e influencias literarias. Se puede decir que a algunos les influye más la literatura americana (Loriga, Mañas,etc.), a otros la francesa ( Salabert, Giralt,etc.), a otros la española ( De Prada, Royuela, etc.) …, pero no sigamos por este camino que por ser pedagógicos corremos el peligro de simplificar. El abanico de influencias literarias que confluyen en un autor siempre es variopinto y a veces difícil de detectar, incluso para el autor mismo.

En cuanto a las influencias no literarias, es decir, cine, música, televisión, etc., son más fácilmente rastreables y reseñables, sobre todo sí las hay o no. Es evidente que las literaturas de De Prada, Espido Freire o Gopegui tienen influencias casi estrictamente literarias, y, en cambio, las de Casavella, Mañas o David Trueba, beben tanto de los libros como de las pantallas de cine o los cedés de música. Si se permite la ironía, unos escriben con traje y corbata, y otros con pantalones vaqueros, lo que quiere decir que unos hacen una literatura " literaria" y los otros una más cotidiana, más pegada al tiempo que vivimos y a su mitología. Los editores y críticos cuando se inclinan por autores de una u otra corriente se meten, como es habitual en el mundo cainita del arte, con los de la otra: si para unos los otros más que literarios son retóricos y escriben novelas que son auténticos tostones, para los otros "los hunos" son diletantes y escriben novelas sin densidad literaria, bosquejos sociológicos. En mi opinión, este reduccionista análisis de la literatura de los que hemos empezado a publicar en los noventa, su estéril maniqueísmo, no lleva a ninguna parte. Lo que hay que valorar es que hay autores prometedores con obras ya interesantes en ambas corrientes ( ¿de verdad existen esas dos corrientes? ¿ si Bonilla hace una literatura literaria con densidad cotidiana, Silva qué hace, una literatura cotidiana con densidad literaria?; más adelante hablaremos de esto), y que, teniendo en cuenta que la literatura no es una carrera de cien metros sino el maratón, el futuro se presenta esperanzador.

Pero no nos vayamos tan lejos, pensemos en el momento actual de la literatura española. El panorama es inmejorable, la riqueza y variedad de voces, que reflejan una sociedad heterogénea y plurisignificativa, dice mucho sobre el potencial literario que no había, por ejemplo, en la década de los ochenta, y sí ahora, donde conviven vacas sagradas y lobeznos con talento, sus nietos o sobrinos o hermanos pequeños se quiera o no, porque nada surge de la nada y la literatura que no se inserta en una tradición está muerta. Los abuelos podrían ser Cela, Delibes o Matute, los tíos Umbral, Marsé o Aldecoa, y los hermanos mayores Muñoz Molina, Almudena Grandes o Landero.

Como lo prometido es deuda, hablemos otra vez de la dos corrientes o bandos que diferencian; no se enteran, si existen no son excluyentes una de la otra como lo demuestran Bonilla, Silva, Prado y otros. Es obvio, como ya he dicho, que a unos escritores jóvenes sí le influye exclusivamente los libros y a los otros además de las literarias tienen otro tipo de influencias "antiliterarias", pero esto no significa que unos vayan en serio porque buscan una densidad literaria y los otros sean unos aficionados porque rechazan esa densidad literaria que consideran obsoleta, impropia para reflejar el tiempo que les ha tocado vivir. Defendamos a los criticados: si se analiza sin prejuicios y con rigor esa literatura escrita "con pantalones vaqueros", se verá que en ella hay una perfecta adecuación entre lo que se cuenta y cómo se cuenta.Un estilo cotidiano, incluso espontáneo, para retratar con verosimilitud mundos y personajes con los que los lectores inmediatamente se siente identificados. A este tipo de literatura, que ha sido el motor principal del relevo generacional por haber encontrado eco en los lectores de una manera contundente, algunas novelas han tenido ocho, diez o más ediciones, la han llamado con claro matiz peyorativo costumbrista, pero sería más justo denominarla realista, de testimonio, realista basándose en un tono testimonial. También sería justo reconocerle que ha aireado el anquilosado panorama de la literatura de los ochenta y que está abriendo puertas sin parar.

Para terminar, como crítica, o autocrítica, decir que no se miren el ombligo y caigan en estereotipos, esto a los autores de esta literatura realista-testimonial ( éste es el peligro de este tipo de literatura, el de imitarse a sí mismo; una y no más santo Tomás), y a éstos y al resto que eviten el narcisismo reinante, que arriesguen, que faltan novelas, no sólo interesantes como las que ha habido hasta ahora, sino buenas, que, por una parte, asienten definitivamente el cambio generacional, y, por otra, cuestionen el podrido modelo de sociedad.

© Pedro Maestre