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Semanario interactivo universitario

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Reportaje

 

REPORTAJE

arrow.gif (79 bytes)Una historia de leones

 

 

 

 

UNA HISTORIA DE LEONES

 

 

Por Luis del Palacio 

Hace más de veinte años que la acacia que salvó la vida de Adabe Kela fue hendida por un rayo.

 

La cabaña de Adabe Kela es un poco más grande que las otras. Las paredes están encaladas y no hay ventanas. Dobo nos hace pasar a la habitación principal. Arden unos tarugos de leña en el hogar, situado justo en el centro de la estancia. Frente al fuego, se halla un anciano enjuto y calculo que muy alto dada la esbeltez de sus miembros y las proporciones de su torso. Al oírnos entrar vuelve la cabeza y sonríe. Su hijo hace las presentaciones y nos sentamos ante él: es Adabe Kela, el "guerrero león", patriarca de los masai de Mothi.

 

Una taza de té es aquí un signo de bienvenida. Adabe Kela nos estaba esperando con el agua ya preparada.

Todos estamos pendientes de Adabe Kela, quien comienza así su relato:

"Era yo muy joven cuando mi padre decidió que asistiera a la escuela que los Padres de Verona regentaban en la misión de Dankuru. El hecho era insólito y fue necesario reunir al consejo de ancianos. Ningún masai había tenido antes contacto directo con los blancos. Durante mucho tiempo, después de las luchas que hubo tras la muerte de la Vieja Reina, unos y otros aprendimos a mantener las distancias. Nosotros temíamos el fuego de sus rifles y ellos el poder de nuestras lanzas. La tierra que habitábamos era inhóspita: no había oro, ni carbón, ni bosques. Y, sin embargo, abundaban las fieras, las serpientes y los espíritus de los guerreros muertos. Así que pactamos una paz basada en el mutuo temor. ¿Por qué habría de tener un miembro de la familia Kela, contacto con alguno con los blancos? ¿Qué teníamos que aprender de ellos? La respuesta de mi padre a los ancianos fue tan breve como sabia, y desde entonces mi suerte estuvo decidida: "Tanto como ellos de nosotros" Pronto comencé a asistir a las clases de la misión. Con el padre Adriano aprendí eso que llaman "las cuatro reglas" y el padre Antonio me enseñó a leer y escribir. Aunque nunca he salido de esta tierra, he conocido el mundo por los libros y mi imaginación ha vagado por lugares a los que nunca iré. Hablo inglés e italiano, lo que me ha sido muy útil en la vida, aunque ahora se hallan tan enmohecidos como mis rodillas... Los misioneros nos trataban bien: nos daban buena comida aparte de educación, pero también nos exigían trabajo. Yo tenía que sacar agua del pozo: hasta cuarenta cubos al día. Mis brazos en aquel tiempo podrían haber partido el espinazo de un búfalo.

 

La misión se encontraba a 50 millas al norte de Narok, en el Gran Valle del Riff, en el que cada tarde se apostaba un grupo de leonas. Desde este observatorio escudriñaban los movimientos de gacelas y cebras, y elegían con calma a la que habría de ser su presa. Mi primo Juma Ng´ombe y yo salíamos siempre de la escuela hacia nuestra manyata una hora antes de la puesta de sol . Con frecuencia llevábamos hortalizas recolectadas en la samba que cultivaban los padres italianos. Nosotros les llevábamos leche de cabra todas las mañanas, con la que hacían una pasta blanca y compacta, muy sabrosa, que llamaban formaggio. Nunca olvidaré aquella tarde, tan fresca y luminosa. La época de las "lluvias largas" había terminado y la sabana estaba cubierta por un manto verde brillante. Al dejar atrás la boma de la misión, observamos a las leonas que nos miraban impasibles desde su roca.. Parte del camino lo hacíamos siguiendo un sendero, pero a una milla escasa de nuestro pueblo teníamos que bajar un pequeño barranco y cruzar la cuenca de un riachuelo. Remontando el lado opuesto se veía ya, a lo lejos, nuestra manyata. Fue al iniciar el descenso de la pequeña garganta, cuando Juma calculó mal el tamaño de una grieta y al saltarla cayó de bruces al otro lado. Me acerqué a él y se rió: un tropiezo lo da cualquiera. Pero al ir a levantarse notó que no podía poner el pie izquierdo en el suelo. Su tobillo estaba dislocado. Le ayudé a incorporarse y con su lanza a modo de bastón, apoyándose en mí, bajamos lentamente hacia la corriente. Entonces fue cuando la vimos: su silueta dorada reflejaba los últimos rayos de la tarde. Era Stella, una vieja leona que el padre Antonio había recogido y cuidado de cachorra, para devolverla después a su mundo. La "huérfana Stella", como todo el mundo la conocía, era ahora nuestra amenaza. Sabíamos que nos había seguido desde la roca de Tong-Ka... y que nosotros éramos el manjar que había elegido para su cena. Nos quedamos muy quietos, mirándola: nunca hay que dar la espalda a un león. Era cuestión de muy pocos minutos, tal vez de segundos. "¡Vete! ¡Corre! –gritó Juma- Vendrá a por mí y yo la esperaré con la lanza" El miedo también anida en el corazón de un masai, pero la lealtad es más fuerte. Cuando cargó, la esperamos con las lanzas dispuestas: la mía erró el blanco y se clavó en el suelo, muy cerca del animal. La de Juma se alojó en el costado de Stella, probablemente horadando un pulmón. Pero ya era tarde. Mi primo Juma Ng´ombe había caído al suelo y se debatía entre sus garras. Miré con horror y corrí, volé con las alas de un águila. Atravesé el riachuelo, empecé a subir el otro lado del barranco y sentí que la leona me perseguía. Vi a lo lejos el cuerpo ensangrentado de mi amigo. Corrí. Ya estaba arriba. Mi pueblo se divisaba en la distancia, pero los veinte minutos que me separaban de él eran menos de los que me separaban de la eternidad. Mi dios –o quizá el vuestro- puso en mi camino aquella acacia solitaria, como una isla en el mar de la sabana. Trepé a ella y sentí el sabor de mi propia sangre, al entregarse mi cuerpo a sus púas. La leona quiso alcanzarme pero estaba malherida. Merodeó durante un buen rato bajo el árbol, emitiendo gruñidos de dolor y de rabia, y al fin la vi marcharse.

 

Tardaron aún varias horas en encontrarme, inconsciente. Casi un año después, recuperado ya de las heridas de mi acacia salvadora, hicimos una batida para encontrar a Stella que, vieja y tullida a consecuencia del lanzazo, se había cobrado la vida de casi una veintena de pastores. La maté y en sus ojos noté la sorpresa: recordaba a quien ahora venía a cobrarse una vieja deuda.

 

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La Vieja Reina: Victoria de Inglaterra

 

Manyata: Poblado masai

 

Samba: Huerto

 

Boma: Empalizada de espinos