REPORTAJE |
Una
historia de leones
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UNA HISTORIA DE LEONES
Por Luis del Palacio
Hace más de veinte años que la acacia que salvó la vida de Adabe
Kela fue hendida por un rayo.
La cabaña de Adabe Kela es un poco más grande que las otras. Las
paredes están encaladas y no hay ventanas. Dobo nos hace pasar a la habitación
principal. Arden unos tarugos de leña en el hogar, situado justo en el centro de la
estancia. Frente al fuego, se halla un anciano enjuto y calculo que muy alto dada la
esbeltez de sus miembros y las proporciones de su torso. Al oírnos entrar vuelve la
cabeza y sonríe. Su hijo hace las presentaciones y nos sentamos ante él: es Adabe Kela,
el "guerrero león", patriarca de los masai de Mothi.
Una taza de té es aquí un signo de bienvenida. Adabe Kela nos estaba
esperando con el agua ya preparada.
Todos estamos pendientes de Adabe Kela, quien comienza así su relato:
"Era yo muy joven cuando mi padre decidió que asistiera a la
escuela que los Padres de Verona regentaban en la misión de Dankuru. El hecho era
insólito y fue necesario reunir al consejo de ancianos. Ningún masai había tenido antes
contacto directo con los blancos. Durante mucho tiempo, después de las luchas que hubo
tras la muerte de la Vieja Reina, unos y otros aprendimos a mantener las
distancias. Nosotros temíamos el fuego de sus rifles y ellos el poder de nuestras lanzas.
La tierra que habitábamos era inhóspita: no había oro, ni carbón, ni bosques. Y, sin
embargo, abundaban las fieras, las serpientes y los espíritus de los guerreros muertos.
Así que pactamos una paz basada en el mutuo temor. ¿Por qué habría de tener un miembro
de la familia Kela, contacto con alguno con los blancos? ¿Qué teníamos que aprender de
ellos? La respuesta de mi padre a los ancianos fue tan breve como sabia, y desde entonces
mi suerte estuvo decidida: "Tanto como ellos de nosotros" Pronto comencé
a asistir a las clases de la misión. Con el padre Adriano aprendí eso que llaman
"las cuatro reglas" y el padre Antonio me enseñó a leer y escribir. Aunque
nunca he salido de esta tierra, he conocido el mundo por los libros y mi imaginación ha
vagado por lugares a los que nunca iré. Hablo inglés e italiano, lo que me ha sido muy
útil en la vida, aunque ahora se hallan tan enmohecidos como mis rodillas... Los
misioneros nos trataban bien: nos daban buena comida aparte de educación, pero también
nos exigían trabajo. Yo tenía que sacar agua del pozo: hasta cuarenta cubos al día. Mis
brazos en aquel tiempo podrían haber partido el espinazo de un búfalo.
La misión se encontraba a 50 millas al norte de Narok, en el Gran
Valle del Riff, en el que cada tarde se apostaba un grupo de leonas. Desde este
observatorio escudriñaban los movimientos de gacelas y cebras, y elegían con calma a la
que habría de ser su presa. Mi primo Juma Ng´ombe y yo salíamos siempre de la escuela
hacia nuestra manyata una hora antes de la puesta de sol . Con frecuencia
llevábamos hortalizas recolectadas en la samba que cultivaban los padres
italianos. Nosotros les llevábamos leche de cabra todas las mañanas, con la que hacían
una pasta blanca y compacta, muy sabrosa, que llamaban formaggio. Nunca olvidaré
aquella tarde, tan fresca y luminosa. La época de las "lluvias largas" había
terminado y la sabana estaba cubierta por un manto verde brillante. Al dejar atrás la
boma de la misión, observamos a las leonas que nos miraban impasibles desde su roca..
Parte del camino lo hacíamos siguiendo un sendero, pero a una milla escasa de nuestro
pueblo teníamos que bajar un pequeño barranco y cruzar la cuenca de un riachuelo.
Remontando el lado opuesto se veía ya, a lo lejos, nuestra manyata. Fue al iniciar
el descenso de la pequeña garganta, cuando Juma calculó mal el tamaño de una grieta y
al saltarla cayó de bruces al otro lado. Me acerqué a él y se rió: un tropiezo lo da
cualquiera. Pero al ir a levantarse notó que no podía poner el pie izquierdo en el
suelo. Su tobillo estaba dislocado. Le ayudé a incorporarse y con su lanza a modo de
bastón, apoyándose en mí, bajamos lentamente hacia la corriente. Entonces fue cuando la
vimos: su silueta dorada reflejaba los últimos rayos de la tarde. Era Stella, una vieja
leona que el padre Antonio había recogido y cuidado de cachorra, para devolverla después
a su mundo. La "huérfana Stella", como todo el mundo la conocía, era ahora
nuestra amenaza. Sabíamos que nos había seguido desde la roca de Tong-Ka... y que
nosotros éramos el manjar que había elegido para su cena. Nos quedamos muy quietos,
mirándola: nunca hay que dar la espalda a un león. Era cuestión de muy pocos minutos,
tal vez de segundos. "¡Vete! ¡Corre! gritó Juma- Vendrá a por mí
y yo la esperaré con la lanza" El miedo también anida en el corazón de un
masai, pero la lealtad es más fuerte. Cuando cargó, la esperamos con las lanzas
dispuestas: la mía erró el blanco y se clavó en el suelo, muy cerca del animal. La de
Juma se alojó en el costado de Stella, probablemente horadando un pulmón. Pero ya era
tarde. Mi primo Juma Ng´ombe había caído al suelo y se debatía entre sus garras. Miré
con horror y corrí, volé con las alas de un águila. Atravesé el riachuelo, empecé a
subir el otro lado del barranco y sentí que la leona me perseguía. Vi a lo lejos el
cuerpo ensangrentado de mi amigo. Corrí. Ya estaba arriba. Mi pueblo se divisaba en la
distancia, pero los veinte minutos que me separaban de él eran menos de los que me
separaban de la eternidad. Mi dios o quizá el vuestro- puso en mi camino aquella
acacia solitaria, como una isla en el mar de la sabana. Trepé a ella y sentí el sabor de
mi propia sangre, al entregarse mi cuerpo a sus púas. La leona quiso alcanzarme pero
estaba malherida. Merodeó durante un buen rato bajo el árbol, emitiendo gruñidos de
dolor y de rabia, y al fin la vi marcharse.
Tardaron aún varias horas en encontrarme, inconsciente. Casi un año
después, recuperado ya de las heridas de mi acacia salvadora, hicimos una batida para
encontrar a Stella que, vieja y tullida a consecuencia del lanzazo, se había cobrado la
vida de casi una veintena de pastores. La maté y en sus ojos noté la sorpresa: recordaba
a quien ahora venía a cobrarse una vieja deuda.
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La Vieja Reina: Victoria de Inglaterra
Manyata: Poblado masai
Samba: Huerto
Boma: Empalizada de espinos
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